martes, 24 de enero de 2012

Al equilibrio de la Giraldilla


PRÓLOGO

Cada vez que leo las palabras de Víctor Fowler Calzada, que encabezan este libro, enseguida me viene a la mente una descripción de algunos barrios habaneros hecha por Don Fernando Ortiz en su libro “Los negros curros”, con la única diferencia que la de Fowler es en la época actual y la que hacía el sabio cubano era referida al siglo XIX, en esencia lo mismo.

Un deterioro social y moral que el poeta José Valle Valdés (Pichy) nos recrea con fina sugerencia poética (...)

Las calles se desnudan a caminos
largando el viejo asfalto
cuando ya no hay adoquines
ni chinas pelonas;
sólo piedras feas –vulgares-
que la indolencia repican.

Y a medida que el lector avanza en la lectura, notará como avanza lentamente la decadencia de la ciudad (...)

mientras infelices soluciones
me arrancan la ciudad
de mis memorias.

pero no todo es malo para el poeta y como poeta al fin abre su sensibilidad a grito, a otros valores sacados de la manga de un mago, lo bello de la naturaleza expresada alrededor del recio malecón que bordea la bahía, (...)

Semeja la anchura
del lenguaje de la bahía
en la garganta de sombras
que le configuran
guardián sobre el muro
de sal y piedra.

Y es en ese mismo malecón donde resalta lo más importante, la idiosincrasia del cubano. Y el poeta no desea adjudicarse el mérito de ser el gran testigo de la decadencia social y humana de una ciudad sino que recurre, a alguien que ha perdurado durante siglos de forma incólume ante diferentes gobiernos y avatares naturales, de forma estoica (...)

el equilibrio audaz
de la habanera Giraldilla.

Por igual equilibrio desea transitar el poeta al estar exiliado en las mismas calles que defiende...
.....
 
MALECÓN


I (1960)

En cada golpe de ola
contra el nostálgico muro
se juega la melancolía
por introvertidos atajos
que recalan en la juventud
de acumuladas generaciones,
cuando los ánimos
abandonados a la mar
se trastornan a la intemperie.

A ramalazos de la conciencia
cada cual a su delirio se adjudica
los mejores tiempos;
preeminencias de lo frívolo
y estrepitoso
en las charlas inconscientes.



II (1965)

El paisaje le tiene ya,
realmente
presunto signo
de cualquier sospecha.
Semeja la anchura
del lenguaje de la bahía
en la garganta de sombras
que le configuran
guardián sobre el muro
de sal y piedra.
Retrato
a la tarea de sostener la vara
-cancerbero al gesto impasible
y callado silbo.

¿Contemplará
la soledad de su sombra
o disfrutará
de altos vuelos
-más allá del paisaje
con el instinto
en la mano endurecida,
o le arrebata el ocio
a la tranquilidad de hacer?

Lanza la colilla
-junto a un mal gesto mascullando
a la inminencia de las luces.

Arrastra las decepciones
o se desliza ufano
enarbolando la ensarta,
ajeno de las noticias
y rumores sombríos
que le repiten la ciudad;
ante el deseo pertinaz
de recogerse
a la incertidumbre acuosa,
en las orillas de su mundo.



III (1970)

Callejero espiritual,
invasor del infinito
rumor de la bahía:
queda en contemplación
de las aguas y los barcos.

(Extravío circular
que subyuga.

Lacayos del desbarajuste,
sin preceptos, denuncian
su estricta apatía,
en época de auténtico extremismo.

(La astucia acostumbra colusiones
de los unos contra los otros.

En su condena
atisba la vida y dice…

El viento sórbico
golpea duro
las altas palabras
y él discursa,
mientras los sabios
enmudecen.



IV (1980)

Todas las noches
hay luna llena de muchachas
en el malecón habanero,
donde ríen al marino deleite
que les crece el ánimo
gozosas al disfrute sin medidas
-por naturaleza-
en una temperatura sanguínea
que les retoza las carnes
al íntimo deseo
de complacerse en el uso;
sin las modernas extrañezas
de otros lares
-sin necesidades químicas
para liberarse las ganas.

Siempre a la luna hay muchachas
-por suerte-
repartidas en salteados azares
por la ciudad,
que tan a bien les luce
en sus frescuras tropicales;
fáciles a la astucia de abrirse
a los vientos, latinas velas
catadoras del brío justo
para sofocar las incontinencias
en astrales cuidos de sus lozanías
-que a los jaleos no pierden-.
Sabias mozas del disfrute sano
en que se disipa el idílico verso;
para el audaz
crecimiento de la materia
al alma de la ciudad.



V (1985)

Vientos cazan las velas
de las raudas nostalgias
a su patricio llegar dominante
para cristalizar
los posibles bienhechores
de los alisios
y hacernos los sueños
a golpes de mar y sol
en la sobriedad del náutico muro,
que sabe de las esperas
-por bañarse de astros-
de los ansiosos sin ternuras
en sus miserias existenciales;
para reír al borde
en las orillas de la ciudad.
Líricos de hacerse
a los destemplados gritos
que les agrian los días;
en el vivir abiertos al azul
y no alcanzarse los cielos.



VI (1990)

Torna el susurro de la noche
se expanden las formas
de la primavera que anuncian.

Estrenuo sol de mayo
desmenuza las detenciones.

Arde el aislamiento
se inflaman los afanes.

Mujeres solitarias
poco se cubren al crepúsculo.
Bailan
ríen
cantan
dulces canciones de requiebros
para el sueño de los marinos.



VII (1995)

Pervivo en una costa con espejos
de galeones fabulosos,
donde se gusta la intemperie
la lobreguez de la contemplación.

Se aparea la mar a la bahía
en el borde de los mundos.
Los sagaces, orgullosos, se recrean
de ganar a sus posibilidades
mujeres gaviotas, sin residencias,
romeras que se engatusan
a los vaivenes de la suerte
-cándidas, en disimulo,
por las penurias.

Mientras las sirenas
de profesionales colas
gustan de lucirse
bajo las mayores luminarias
emulando la vista de algún turista
que les compre sus visibles placeres
o les regale el futuro que sueñan.

Todas abiertas al mínimo escape
a otros horizontes,
sin preocupar latitudes
desenfadadas
al ruedo de aciertos gelatinosos.

Divago imaginándome otros tiempos
entre la brisa y lamentables suspiros
que esparce el soplo desconsolado
-cual derrelicto en mínimas aguas.

No adormezco mi expresión
desnuda
ante la voz oficialista,
que corta las alas y somete
a los mástiles
de los compromisos sociales;
por la mudez de los indecisos
y la prudencia, lucrada,
de los incondicionales;
enredados en el viento
de mutables filosofías
sobre los fulgores
de las inducidas auroras.

Oigo de este puerto que calla
lo que mi garganta grita,
tiritando al limbo del sol
entre evocaciones y presente...

Ronda en la mar una denuncia;
como nube de presagios.



VIII (2000)

Éxodo vertiginoso a la especulación
-desnudos experimentados;
añorados desvaríos

evolución espontánea
a socorrida facultad,
alucinación sigilosa
quimérica e inexorable.

Marineros más allá
de los fondeados buques.

Vulgares ojeadas
a las sirenas ribereñas.

Fauna privilegiada por afinidades
de espeluznantes embates, transgresores,
insegura la desamparada dársena.

Ofrecimientos que apaciguan
desesperados ambientes
que atesoran los vicios
de la destrucción abismal.

Concernimos a un ámbito
de retraimientos.

Alguien sobrevivirá, para historiarlo.




CUPIDO

Ruge a la noche
y salta
desprendido de abalorios.
Necio a los brillos
que le atontaron al día;
impidiendo la faena.

Va travieso, pobre de ropas,
riendo las posibles víctimas.
Racionado de flechas…
maldiciendo del bloqueo.