martes, 26 de marzo de 2013

Antología Mil poemas a Miguel Hernández



                        El Poeta

                                                           El rayo que no cesa
                                                     Miguel Hernández
Amar lo desconocido fue su violencia
su enfrentamiento,
que los perfectos no le perdonaron,
y se esmeraron en ganarle culpas,
tergiversando a conciencia, sus utopías
de ser inquieto a las normas y las fronteras
—que establece la monotonía de los viles—.


Dijo su verdad al silencio de la noche.
No lo oyeron y siguió, desahogado,
el camino de las estrellas
rompiendo entre sus manos las espinas
de la última rosa que le despreciaron
las damas de la aristocracia.
Alarmadas en fingidos sonrojos
por sus viriles versos;
alejados de las huecas rimas
de amanerados elogios, de los bien pagados
al ruin oficio, de adular fortunas.

Fue mordiendo, a toda furia,
los versos más reñidos
que desgarraron la suerte de su pluma,
a merced de los bajos editores
negados al menor compromiso
dados a la mediocre tarea
de la complacencia oficialista
—en la banalidad—
de reiterar ensalces: para el seguro aplauso
merecedor al día de los premios que entorpecen.
Hacedores del verso débil
que se hace espuma, denigrante
al desgarrador oficio, de elevar al cielo
la palabra necesaria.

Lo acosaron en su camino,
al son de sutiles trampas;
diluvio oportunista
en el filo de la crítica hueca,
panfletaria de los más arcaicos dogmas
de pérfidos intereses
de los circunstancialmente instalados
al dominio -que se les repite-.
Mas no le desviaron…no le cansaron el verbo.
Y cuando de cuerpo se derrumbó
ya era su existencia astral …
las estrellas le tenían de la mano.

Es la voz merecida de las justas causas
es el rayo que no cesa
en la luz de los fuegos necesarios:
Es el Poeta.

Pichy