lunes, 2 de noviembre de 2015

Animal político: animal lírico





Creo mucho en la poesía que, sin renunciar a la invención (el desdoblamiento, el absurdo cotidiano, la destilación de situaciones apócrifas) mantiene un vínculo isotópico con el devenir y, a la manera realista, se solaza en alusiones que nos sirven para metabolizarla, quizás de manera oblicua, como textos sentenciosos donde la sentencia se debe derivar de una lectura cómplice, aunque no solo para los avisados sirva.

Creo mucho también en una poética –quizás más afincada en la tradición anglosajona que en la hispánica– donde el verso, con la contundencia de la frase rotunda gana implicaciones, más a través de la síntesis expresiva y el juego de espejos que del desborde barroco o la elegancia modernista. La ironía y el cinismo, este último al modo de la escuela de Antístenes de Atenas, despojado de la impronta peyorativa con que lo vemos hoy, son rasgos visibles en la expresión lírica de este corte, sobre todo cuando cuestiona –lo más frecuente– la hipocresía, la demagogia, la tozudez política, los falsos (o desgastados) paradigmas que nos negamos obcecadamente a desactivar para recomponer.

Con todos estos nutrientes, pero también con un lenguaje poético que leo musical en su desnudez y sonoro en su cuidada prosodia, compuso Sergio García Zamora su breve e intenso cuaderno Animal político, galardonado con el premio Regino E. Boti en 2013 y publicado por la editorial El Mar y la Montaña, de Guantánamo, en 2014. También con lo anecdótico, marca frecuente en sus otros libros, construye el joven poeta un encofrado estructural sobre el cual sustenta la lógica de sus mensajes. Poesía de entregas y escamoteos, nunca nos remite a la lectura directa, pues en todas un subtexto avisa de cierta realidad paralela, halada por el mensaje en apariencia intrascendente, gracias al cual captamos el verdadero fondo trágico que la alienta.

Vendedor de cuchillos


Disimulado en el vano de una puerta
de la calle independencia,
un hombre vende cuchillos.
Salido al paso con su mercadería,
las magníficas hojas
esplendieron frente a mí.
Turbado, por un momento pensé
que me ofrecían algo terrible.
Pero después reí por lo bajo
mientras seguía la calle.
Ciertamente algunas personas
me han propuesto
con semejante inminencia
otras cosas e ideas
de mayor filo.
 
La mirada incisiva del poeta se posa sobre cada hecho, lugar o situación y los somete a una lectura corrosiva donde cada falsedad queda al desnudo, éticamente desconchada por la acción de los dobles discursos (¿doble moral?) que proponen darle carácter esencial a las coyunturas. Esta característica puede tornar un tanto incómoda la lectura de Animal político, sobre todo para aquellos que lejos de asimilar las críticas como avisos, como registro o testimonio de una sensibilidad, las archivan como ataques, como traiciones y hasta como actos de comunión con lo que hasta ayer estuvimos llamando “el enemigo”. Los descarnados planteamientos exponen a este libro (y a su autor) a interpretaciones de sesgada y extremista comezón política que pudiera atribuirle una negatividad riesgosa.

Pese al escepticismo del sujeto lírico y al descrédito en que se han disuelto algunas de las más caras utopías –no desmanteladas por el poeta por sino una praxis social cada día más enfática en sus enunciados pragmáticos– aprecio en los textos de Animal político un llamado (áspero para que sea efectivo) al respeto por el imaginario colectivo de honda raíz humanista en que se formaron las sucesivas generaciones de cubanos. La crítica a una plataforma simbólica, que se autodestruye mientras niega que lo hace es el abismo de donde quiere apartarnos Sergio García Zamora. Si nos atenemos a lo fáctico, en ese acto reside la utilidad de su descarnada propuesta:

Terrenos para campos de golf


En los sitios donde se peleó por Cuba
ha crecido la hierba prodigiosa y verdísima
casi planta artificial, casi planta de laboratorio.
Un empleado la corta, la mantiene a raya.
Un empleado hay para cuidar el césped.
Otro cargará la bolsa con los palos
mientras el extranjero golpea la pelota
casi color hueso, casi hueso nuestro.
Si te dicen que bajo ese campo
jamás sucedió batalla alguna,
no expliques el sentido del poema
pues inútil será como inútiles han sido
los sitios donde se peleó por Cuba. 
Por dura que sea la conclusión. Y hasta por los cuestionamientos que pudiera enfrentar, donde se argumente que no vivimos un desmontaje de asuntos esenciales sino superfluos, el poeta tiene el derecho (y el deber) de dejar constancia de la magnitud de esos golpes que “abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”. Y más aún si lo hace con la maestría y el sobrio e inteligente manejo de los recursos y las herramientas de que disponemos los que trabajamos con la palabra.



Ricardo Riverón Rojas