JOSÉ MARTÍ

Biografía mínima




José Julián Martí Pérez nació en la calle Paula No. 41, La Habana, el 28 de enero de 1853.

En 1866 matricula en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Ingresa también en la clase de Dibujo Elemental en la Escuela Profesional de Pintura y Escultura de La Habana, más conocida como San Alejandro.

El 4 de octubre de 1869, al pasar una escuadra del Primer Batallón de Voluntarios por la calle Industrias No. 122, donde residían los Valdés Domínguez, de la vivienda se oyen risas y los voluntarios toman esto como una provocación. Regresan en la noche y someten la casa a un minucioso registro. Entre la correspondencia encuentran una carta dirigida a Carlos de Castro y Castro, compañero del colegio que, por haberse alistado como voluntario en el ejército español para combatir a los independentistas, calificaban de apóstata.

Por tal razón, el 21 de octubre de 1869 Martí ingresa en la Cárcel Nacional acusado de infidencia por escribir esa carta, junto a su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez. El 4 de marzo de 1870, Martí fue condenado a seis años de prisión, pena posteriormente conmutada por el destierro a Isla de Pinos, lugar al que llega el 13 de octubre. El 18 de diciembre sale hacia La Habana y el 15 de enero de 1871, por gestiones realizadas por sus padres, logró ser deportado a España. Allá comienza a cursar estudios en las universidades de Madrid y Zaragoza, donde se gradúa de Licenciado en Derecho Civil y en Filosofía y Letras.

De España se traslada a París, por breve tiempo. Pasa por Nueva York y llega a Veracruz el 8 de febrero de 1875, donde se reúne con su familia. En México entabla relaciones con Manuel Mercado y conoce a Carmen Zayas Bazán, la cubana que sería su esposa.

Del 2 de enero al 24 de febrero de 1877 estuvo de incógnito en La Habana como Julián Pérez. Al llegar a Guatemala trabaja en la Escuela Normal Central como catedrático de Literatura y de Historia de la Filosofía. Retorna a México, para contraer matrimonio con Carmen el 20 de diciembre de 1877, regresando a inicios de 1878 a Guatemala.

Concluida la Guerra del 68 vuelve a Cuba el 31 de agosto de 1878, para radicarse en La Habana, y el 22 de noviembre nace José

Francisco, su único hijo. Comenzó sus labores conspirativas figurando entre los fundadores del Club Central Revolucionario Cubano, del cual fue elegido vicepresidente el 18 de marzo de 1879. Posteriormente el Comité Revolucionario Cubano, radicado en Nueva York bajo la presidencia del Mayor General Calixto García, lo nombró subdelegado en la Isla.

En el bufete de su amigo Don Nicolás Azcárate conoce a Juan Gualberto Gómez. Entre el 24 y el 26 de agosto de 1879 se produce un nuevo levantamiento en las cercanías de Santiago de Cuba. El 17 de septiembre Martí es detenido y deportado nuevamente a España, el 25 de septiembre de 1879, por sus vínculos en la Guerra Chiquita. Al llegar a Nueva York, se establece en la casa de huéspedes de Manuel Mantilla y su esposa, Carmen Miyares.

Martí logra traer a su esposa e hijo el 3 de marzo de 1880. Permanecen juntos hasta el 21 de octubre, en que Carmen y José Francisco regresan a Cuba. Una semana después resultó electo vocal del Comité Revolucionario Cubano, del cual asumió la presidencia al sustituir a Calixto, quien había partido hacia Cuba para incorporarse a la Guerra Chiquita.

Entre 1880 y 1890 Martí alcanzaría renombre en la América a través de artículos y crónicas que enviaba desde Nueva York a importantes periódicos: La Opinión Nacional, de Caracas; La Nación, de Buenos Aires y El Partido Liberal, de México.

Posteriormente decide buscar mejor acomodo en Venezuela, a donde llega el 20 de enero de 1881. Fundó la Revista Venezolana, de la que pudo editar sólo dos números. Tras chocar con el caudillismo, tiene que retornar a Nueva York.

A mediados de 1882 reinició la labor de reorganizar a los revolucionarios, comunicándoselo mediante cartas a Máximo Gómez y Antonio Maceo. El 2 de octubre de 1884 se reúne por vez primera con ambos líderes y comienza a colaborar en el Plan Insurreccional Gómez-Maceo; posteriormente desistió de su empeño por estar en desacuerdo con los métodos de dirección empleados.

El 30 de noviembre de 1887 fundó una Comisión Ejecutiva, de la cual fue elegido presidente, encargada de dirigir las actividades organizativas de los revolucionarios. En enero de 1892 redactó las Bases y los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano. El 8 de abril de 1892 resultó electo Delegado de esa organización, cuya constitución fue proclamada dos días después, el 10 de abril de 1892. El 14 de marzo fundó el periódico Patria, órgano oficial del Partido.

En los años 1893 y 1894 recorrió varios países de América y ciudades de Estados Unidos, uniendo a los principales jefes de la Guerra del 68 y acopiando recursos para la nueva contienda. Desde mediados de 1894 aceleró los preparativos del Plan Fernandina, con el cual pretendía promover una guerra corta, sin grandes desgastes y destrucciones para los cubanos. El 8 de diciembre de 1894 redactó y firmó, conjuntamente con los coroneles Mayía Rodríguez (en representación de Máximo Gómez) y Enrique Collazo (en representación de los patriotas de la Isla), el plan de alzamiento en Cuba. El Plan Fernandina fue descubierto e incautadas las naves con las cuales se iba a ejecutar. A pesar del gran revés que ello significó, Martí decidió seguir adelante con los planes de pronunciamientos armados en la Isla, en lo que fue apoyado por los principales jefes.

El 29 de enero de 1895, junto con Mayía y Collazo, firmó la orden de alzamiento y la envió a Juan Gualberto Gómez para su ejecución. Partió de inmediato de Nueva York a Montecristi, en República Dominicana, donde lo esperaba Gómez, con quien firmó el 25 de marzo de 1895 un documento conocido como "Manifiesto de Montecristi", programa de la nueva guerra. Ambos líderes llegan a Cuba el 11 de abril de 1895, por Playitas de Cajobabo, Baracoa.

Tres días después del desembarco, hicieron contacto con las fuerzas del Comandante Félix Ruenes. El 15 de abril de 1895 los jefes allí reunidos bajo la dirección de Gómez, acordaron conferir a Martí el grado de Mayor General por sus méritos y servicios prestados.

El 28 de abril de 1895, en el campamento de Vuelta Corta, en Guantánamo, en unión de Gómez firmó la circular "Política de guerra". Envió mensajes a los jefes indicándoles que debían enviar un representante a una asamblea de delegados para elegir un gobierno en breve tiempo. El 5 de mayo de 1895 tuvo lugar su encuentro con Gómez y Maceo en La Mejorana, donde se discutió la estrategia a seguir. El 14 de mayo de 1895 firmó la "Circular a los jefes y oficiales del Ejército Libertador", último de los documentos organizativos de la guerra, la que elaboró conjuntamente con Máximo Gómez.

Siguiendo la marcha hacia el oeste de la provincia oriental, llegaron a Dos Ríos, cerca de Palma Soriano. El 19 de mayo de 1895 una columna española se desplegó en la zona y los cubanos fueron a su encuentro. Martí marchaba entre Gómez y el Mayor General Bartolomé Masó. Al llegar al lugar de la acción, Gómez le indicó detenerse y permanecer en el lugar acordado. No obstante, en el transcurso del combate, se separó del grueso de las fuerzas cubanas, acompañado solamente por su ayudante Ángel de la Guardia. Martí cabalgó, sin saberlo, hacia un grupo de españoles ocultos en la maleza y fue alcanzado por tres disparos que le provocaron heridas mortales. Cuando se conoció lo sucedido, resultó imposible rescatar su cadáver, el cual fue conducido por los españoles y, tras varios enterramientos, fue finalmente sepultado el día 27, en el nicho número 134 de la galería sur del Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.



Versos Sencillos

 I


Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.

Alas nacer ví en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros,
Volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

Rápida, como un reflejo,
Dos veces ví el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez - en la reja,
A la entrada de la viña,-
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: - cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.

Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, - es
Que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto.-
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.


III


Odio la máscara y vicio
Del corredor de mi hotel:
Me vuelvo al manso bullicio
De mi monte de laurel.

Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar.

Denle al vano el oro tierno
Que arde y brilla en el crisol:
A mí denme el bosque eterno
Cuando rompe en él el Sol.

Yo he visto el oro hecho tierra
Barbullendo en la redoma:
Prefiero estar en la sierra
Cuando vuela una paloma.

Busca el obispo de España
Pilares para su altar;
¡En mi templo, en la montaña,
El álamo es el pilar!

Y la alfombra es puro helecho,
Y los muros abedul,
Y la luz viene del techo,
Del techo de cielo azul.

El obispo, por la noche,
Sale, despacio, a cantar:
Monta, callado, en su coche,
Que es la piña de un pinar.

Las jacas de su carroza
Son dos pájaros azules:
Y canta el aire y retoza,
Y cantan los abedules.

Duermo en mi cama de roca
Mi sueño dulce y profundo:
Roza una abeja mi boca
Y crece en mi cuerpo el mundo.

Brillan las grandes molduras
Al fuego de la mañana,
Que tiñe las colgaduras
De rosa, violeta y grana.

El clarín, solo en el monte,
Canta al primer arrebol:
La gasa del horizonte
Prende, de un aliento, el Sol.

¡Díganle al obispo ciego,
Al viejo obispo de España
Que venga, que venga luego,
A mi templo, a la montaña!


V


Si ves un monte de espumas,
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas.

Mi verso es como un puñal
Que por el puño echa flor:
Mi verso es un surtidor
Que da un agua de coral.

Mi verso es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo.

Mi verso al valiente agrada:
Mi verso, breve y sincero,
Es del vigor del acero
Con que se funde la espada.



VII


Para Aragón, en España,
Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón,
Franco, fiero, fiel, sin saña.

Si quiere un tonto saber
Por qué lo tengo, le digo
Que allí tuve un buen amigo,
Que allí quise a una mujer.

Allá, en la vega florida,
La de la heroica defensa,
Por mantener lo que piensa
Juega la gente la vida.

Y si un alcalde lo aprieta
O lo enoja un rey cazurro,
Calza la manta el baturro
Y muere con su escopeta.

Quiero a la tierra amarilla
Que baña el Ebro lodoso:
Quiero el Pilar azuloso
De Lanuza y de Padilla.

Estimo a quien de un revés
Echa por tierra a un tirano:
Lo estimo, si es un cubano;
Lo estimo, si aragonés.

Amo los patios sombríos
Con escaleras bordadas;
Amo las naves calladas
Y los conventos vacíos.

Amo la tierra florida,
Musulmana o española,
Donde rompió su corola
La poca flor de mi vida.


XXIII


Yo quiero salir del mundo
Por la puerta natural:
En un carro de hojas verdes
A morir me han de llevar.

No me pongan en lo oscuro
A morir como un traidor:
¡Yo soy bueno, y como bueno
Moriré de cara al sol!



XXV


Yo pienso, cuando me alegro
Como un escolar sencillo,
En el canario amarillo,-
¡Que tiene el ojo tan negro!

Yo quiero, cuando me muera
Sin patria, pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores, - ¡y una bandera!



XXVI


Yo que vivo, aunque me he muerto,
Soy un gran descubridor,
Porque anoche he descubierto
La medicina de amor.

Cuando al paso de la cruz
El hombre morir resuelve,
Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
Como de un baño de luz.



XXVIII


Por la tumba del cortijo
Donde está el padre enterrado,
Pasa el hijo, de soldado
Del invasor: pasa el hijo.

El padre, un bravo en la guerra,
Envuelto en su pabellón
Alzase: y de un bofetón
Lo tiende, muerto, por tierra.

El rayo reluce: zumba
El viento por el cortijo:
El padre recoge al hijo,
Y se lo lleva a la tumba.


XXXIV


¡Penas! ¿Quién osa decir
Que tengo yo penas? Luego,
Después del rayo, y del fuego,
Tendré tiempo de sufrir.

Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!

Hay montes, y hay que subir
Los montes altos; ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir!


XXXVIII


¿Del tirano? Del tirano
di todo, ¡di más!; y clava
con furia de mano esclava
sobre su oprobio al tirano.

¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.

¿De mujer? Pues puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!


XXXIX


Cultivo una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo la rosa blanca.


XLIV


Tiene el leopardo un abrigo
En su monte seco y pardo:
Yo tengo más que el leopardo,
Porque tengo un buen amigo.

Duerme, como en un juguete,
La mushma en su cojinete
De arte del Japón: yo digo:
“No hay cojín como un amigo.”

Tiene el conde su abolengo:
Tiene la aurora el mendigo:
Tiene ala el ave: ¡yo tengo
Allá en México un amigo!

Tiene el señor presidente
Un jardín con una fuente,
Y un tesoro en oro y trigo:
Tengo más, tengo un amigo.



XLV


Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!
Mudo, les beso la mano.

¡Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: “¡Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
¡Que hablan la lengua podrida
De sus rufianes! ¡Que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!
!Que pierden en lengua inútil
El último fuego! ¡Dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!”

Echame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luca
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: ¡del soclo
Saltan los hombres de mármol!



XLVI


Vierte, corazón, tu pena
Donde no te llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.

Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amorosa,
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.

Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.

Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.

Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.

Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti te desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;

Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,

Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte,

¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca me deja?

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!


Versos libres: Forma fascinante hecha de pasión, naturaleza y experiencia trágica


Caridad Atencio, Cuba, 23 de mayo de 2012

Cierto crítico de mi generación1 refería que los Versos libres de José Martí no tendrían centenario, ni enmarcaciones de fecha cerrada, dada su condición de libro no publicado por el autor, y mucho menos concertadas jornadas para homenajearle bajo la égida de instituciones que se encargarían de ello; lo cual resulta cierto, pero en verdad, no le hace falta. Despojado de génesis exactas, de las perfecciones que supone una edición facsimilar y de los festivales académicos marcados, donde investigadores y profesores aprovechan para dar a conocer el artículo o el ensayo hace tiempo escrito y sin lugar viable para su difusión, el poemario martiano convoca con emoción y sello de gran literatura las ansias eruditas de los más variados estudiosos: investigadores, ensayistas, críticos, periodistas, escritores, profesores, estudiantes y a ciertos intelectuales, más cercanos a la enunciación teórica de la literatura que a tejidos ensayísticos comunes en la norma.i

Asumir el estudio de la recepción canónica de Versos libres ha supuesto un intenso proceso de lecturas y análisis de diversos y numerosos ensayos, donde la mayoría eran realmente significativos, pero aún así sentí el regocijo que se experimenta cuando se está frente a una obra clásica: el campo de conocimientos no estaba agotado. De mi lectura de los poemas se desprendían ilaciones, tránsitos, consecuencias, procedimientos no apuntados o insuficientemente explorados; tejidos que entregaban su secreto. En diez años de trabajo no me había traicionado la intuición. Si el deseo primero, al dedicarme a la investigación, había sido estudiar sus connotados versos, el tiempo, el azar y las vías certeras de los estudios poéticos sobre Martí no impidieron, a fin de cuentas, el acercamiento, lo volvieron ineludible. Los estudios previos realizados por quien escribe alumbraron esta zona la llenaron de evidencias e inquietudes. La peculiar textura de este objeto de estudio la conforman la plenitud de unos poemas y la abundancia de acercamientos enmarcados y reveladores.

Tan lejano el año de su publicación en forma de libro (1913), y pensando en la naturaleza y procederes de los acercamientos, nos damos cuenta que podemos sostener juicio sin mediaciones de aquellos poemas que aparecen en el índice manuscrito y mecanuscrito del autor. Luego comienza la recepción de la recepción, el eterno ir y retornar. La deslumbrante y suprema aventura del lector donde se ordenan las huellas vistas y renovadas que suelen hacer el estilo. En tal sentido la recepción supone un intenso proceso de asimilación junto a un singular proceso de creación, y se lee —se estudia y se escribe— con todas las lecturas acumuladas circulando en espiral.

En las siguientes líneas fijaré mi atención en aquellos aspectos que estimo han sido insuficientemente visitados, como varios, referentes al estilo del libro y los márgenes de despliegue de más de un elemento de poética en el mismo, así como trataré de describir las huella que en mi pensamiento ha dejado semejante lectura. También he de referirme a las más destacadas contribuciones analíticas sobre el poemarioii y no a la polémica historia de sus ediciones.iii Dejo claro que no voy a hacer una valoración ni un estudio de ellas, y que para mis enfoques personales sobre el proyectado libro escojo su edición más completa hasta el momento: la edición crítica de su poesía, publicada por un equipo de investigadores del Centro de Estudios Martianos; así como que me atengo, en cuanto a los criterios sobre la recepción, a estudios que hagan una valoración integral o parcial de aspectos verdaderamente trascendentes del poemario.

Si se fueran a escribir algunas notas sobre el prólogo a Versos libres, estas bien podrían ir precedidas del título: «"Mis versos”: el sentido de la sinceridad martiana». Si en el dedicado a Versos sencillos, luego de referirse al contexto y pasar, sin gradación, de hablar de los sucesos que tienen que ver con la escritura del libro (cómo lo hizo, cuándo, por qué) a hablar del estilo del poemario, se produce el asomo de una intertextualidad nada inocente y se esbozan las razones de la publicación del poemario, en el de Versos libres nos describe los trazos vibrantes y arrebatados de su identidad:

Primer párrafo - Presentación de sus versos:

. su naturaleza
. su condicionalidad
. su autenticidad
- Enunciación del verso que prefiere. Descripción del que cultiva.
- Condicionalidad general del verso, de la que hace participar a su propia poética.

Segundo párrafo - Insistencia en la naturaleza y autenticidad de su verso.

Última oración del segundo párrafo y oración final - breve diálogo cifrado con el lector.

Comprobamos que Martí tenía la convicción, como Charles Baudelaire, que “la franqueza absoluta era un medio de originalidad".iv El prólogo en cuestión exhibe una idea que bien puede erigirse como uno de los principios rectores de su poesía: “El verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el sol se rompe en alas”.v

Imagen cegadora, de tan brillante, a un tiempo irradiadora, aún más allá de la percepción visual, con lo que alude a la capacidad de proyección, o expansión de la poesía, a su cualidad irradiante e insufladora —lo fulgurante que conduce a la belleza— y a su carácter traslaticio, su poder sinecdóquico. Esa “espada reluciente”, como el verso, es un elemento punzante y luminoso, objeto de defensa, testigo de una difícil, pero purificadora misión. El párrafo sugiere el viaje o ruta de la imagen —léase poesía en el sentido conceptual—, una vez salida de la pluma del escritor, hasta la captación luminosa por parte del lector, acaso el enigma de lo inefable.

Luego de la primera lecturavi, tras el acercamiento a su poesía de formación y a los Versos sencillos, comprendí que en estos poemas lo filosófico y lo metafísico serpean para iluminar lo ético. Lo ético renace del espanto que experimenta el poeta ante el descalabro del mundo. Renace a modo de chispazo, y siempre está; aunque a veces se escuda para entrar abruptamente. Resaltan la adjetivación hercúleavii y los cambios marcados de tono del clamor ético al visionario y de este al tierno, creando luego todas las variantes posibles. Esa variedad o “eclepticismo” del tono, unido a lo poderoso de la expresión, en sus más diversos niveles, y a la multiplicidad del plano ideotemático, crean lo hirsuto, lo extraño, lo genial.

Los poemas de Versos libres son una particular mezcla de elipsis, hipérbatonviii, aguijoneados por encabalgamientos, de símiles, ejes —aspecto en el que profundizaremos más adelante—, de abiertos planteos analógicos, que también saben obviar el “como"ix; de punzantes versos, de deslumbrantes y potentes imágenes como la siguiente:

Para que el hombre los tallara, puso
El monte y el volcán Naturaleza,
El mar, para que el hombre ver pudiera
Que era menor que su cerebro.x

(“Mujeres”, Poesía completa, t. I, p. 96.)

Como apuntábamos más arriba, en la poesía de Martí y específicamente en Versos libres es frecuente la utilización, a un tiempo, de hipérbaton y encabalgamientos, lo que crea una gran tensión sintáctica y poética, y un extrañamiento en la expresión que singulariza los procederes del autor en el libro. En ese sentido innova al interior de la lengua, como también lo hace en el final de “Académica”, donde utiliza el verbo echar, que es transitivo, sin complemento directo –aquí singular sinónimo de “correr” o “volar”–, con lo que otorga más relevancia y potencialidad a la imagen final:

Ven, mi caballo; con tu casco limpio
A yerba nueva y flor de llano oliente,

[...]

Y al sol del alba en que la tierra rompe
Echa arrogante por el orbe nuevo.

Pueden señalarse entre las características generales del poemario la presencia de motivos románticos, empleados como puntos de partida para insuflarle elementos nuevos que le permiten a los textos alcanzar carácter transgresor. En “Bosque de Rosas”, Martí toma el motivo romántico de la visita de una pareja de amantes a un bosque y el solaz que los mismos han de experimentar ante la naturaleza (flores, vegetación) como base para introducir el elemento ético y su concepto del amor: he ahí lo novedoso, lo original. El poema pasa de un comienzo bien romántico a un verso magistral, de raigambre ética al tiempo que trascendente:

Allí despacio te diré mis cuitas;
Allí en tu boca escribiré mis versos!-
Ve, que la soledad será tu escudo.

Posteriormente, además de hacer un enjuiciamiento ético del amor, es decir, ir del plano amoroso al plano moral, trata de subvertir un concepto. La idea extendida de ver como natural, y no como una afrenta, el sufrimiento femenino por la infidelidad masculina:

Sufrir ¡ tú a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal y tú, mi amada, el lirio roto?
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos.

Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa,
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
Un pilón labremos, y en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos.

(Op. cit., t. I, p. 75.)

Más adelante en tono sentencioso queda expresado su concepto del amor y, por extensión, su condena del adulterio:

Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, las que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce.
Del buen obrar ¡ qué orgullo al pecho
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no roces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! Pues hay tormento
Como aquel, sin amar de hablar de amores!

Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
Ven, que la soledad será tu escudo!

(Op. cit., t. I, pp. 75-76,)

Martí estima que el amor, esa pureza de sentimiento es singular o única, es una prenda escasa y rara entre los hombres, por eso termina con ese verso magistral que los poetas entendemos bien; es la soledad quien lo protege.

En “[Con un astro la tierra se ilumina]” asistimos a la personificación del universo en la amada, característica netamente romántica. Este poema está emparentado en su proceder con el poema “Carmen”, escrito en México en 1876, donde el poeta, luego de emparentar los dones celestes y los de su amada, queda vencido por ese amor que todo lo cobija en suprema paradoja. En el texto aludido de Versos libres logra expresar lo mismo con mayor eficacia, en menor cantidad de versos; el poema es cualitativamente superior. Comienza sugerente, con varios complementos y acciones que tienen su fundamento en la existencia de la mujer amada —cuya identidad no se revela hasta el fin del poema—, aquí cantada en provocativos versos de estructura inusual y complejísima sintaxis, bastante alejada, en dicho sentido, de las creaciones románticas de este corte. Una vez más el motivo romántico ha sido empleado como base para la transgresión.

Los tensos comienzos, que parten como de diálogo, de los poemas “Canto de Otoño” y “Bien: Yo respeto”, coinciden con los utilizados por el poeta romántico mexicano Manuel Acuña (1849-1873) en sus textos emblemáticos “Nocturno” y “Ante un cadáver”. Esta reflexión parte del criterio oral de varios estudiosos de la poesía martiana. La fuerza del arranque, que en Acuña es desahogo que no espera más, es retomada por el Martí maduro de Versos libres en los dos poemas aludidos. En el caso de “Bien: Yo respeto”, la confesión expresa una verdad nueva que quema: el respeto por los que sufren, por los que trabajan, por los inmigrantes –la arruga, el callo, la joroba-, con lo que asistimos a la irrupción de lo feo y deforme en la poesía, característica incorporada por los modernistas; la estructura general del poema también es inusual. Comienza con una pausa para un desbordamiento, lleno de enumeraciones, complementos y polisíndeton. Martí introduce dicho recurso estilístico en una nueva esencia, lo rescata en un texto transgresor para su época, de mayor eficacia artística, como también lo es “Canto de Otoño”.

Notas:
1. Sánchez Aguilera, Osmar: «Versos libres: notas para un centenario conjetural ». En: El Gallo Ilustrado. Sem. Cult. de El Día, México, 1718: 8-9, 28 de mayo de 1995.
i. Recuérdese que en el caso de la recepción de Versos sencillos, los autores de acercamientos verdaderamente relevantes eran en su mayoría poetas.
ii. “La polémica en torno a Versos libres ha sido de las más apasionantes en el ámbito de los estudios filológicos de la literatura cubana. Todavía hoy, en que ya puede considerarse zanjada la cuestión en sus aspectos capitales, queda, al examinar el proceso histórico-literario de los diversos puntos de vista sustentados, un relumbre de emocionante aventura, en la que investigadores y críticos se empeñaron en recuperar para nosotros, el rostro inacabado de ese libro extraordinario de Martí. El afán tesonero en esa labor, acompañado simultáneamente por la ponderación minuciosa, permite hoy disponer tanto de una edición orgánica de los Versos libres como de afinadas valoraciones que no desmerecen, en su calado y resonancia, de las ejercidas sobre los poemarios clausos que publicó el propio autor: Ismaelillo y Versos sencillos.
(Luis Álvarez Álvarez: “Pro Captu Lectoris: Los Versos Mínimos de José Martí”, Cuaderno Patria, año 2, n. 2, enero de 1989.)
iii. Este tema constituye uno de los campos insuficientemente transitados, o de camino errático y poco fructuoso dentro de los estudios sobre la poesía de José Martí. A mi entender requeriría de un equipo multidisciplinario integrado por lingüistas, paleógrafos y archivistas, y por supuesto, un poeta.
iv. Charles Baudelaire: Diarios Intimos, Ediciones Coyoacán, México, 1999, p. 17.
v. En Versos libres esta imagen luminosa tiene variados ecos, entre ellos:

Él, de un golpe de ala, barre el mundo
Y sube por
la atmósfera encendida
Muerto como hombre y como sol sereno.
Así ha de ser la noble poesía:
(“[Contra el verso retórico y ornado]”, Poesía Completa, t. I, p. 121.)

En “Águila Blanca”, el águila:
Al alba universal, las alas tiende
Y camino del sol emprende el vuelo –
(Op. cit.., t. I, p.88.)

[...] astro y llama, y obelisco

De fuego, y guía al Sol, el verso sea!
“[Por Dios que cansa]”
{Op. cit.., p.137.)

También en el importante poema “Cual incensario roto”, perteneciente a Versos Varios utiliza una imagen afín al prólogo de dicho libro:

Y subiré en la sombra hasta que pueda
Mi acero en pleno sol dejar clavado.
(Op. cit.., t. II, p.173.)

vi. Quien redacta estas líneas ha escrito un libro de ensayos bajo el título Génesis de la poesía de José Martí y el cuaderno Recepción de Versos sencillos: Poesía del metatexto, Edit. Abril, La Habana, 2001.
vii. Recuérdese, al menos, un ejemplo supremo: “Listo estoy, madre Muerte: el juez me lleva”.(El subrayado del autor). En: “Canto de Otoño”, Poesía Completa, t. I, p. 72.
viii. Una simbiosis particular conforman los hipérbaton tensos y los símiles. Sirva la siguiente como ejemplo: “Tal como el hierro frío en las entrañas/ De la virgen que mata se calienta”. (“Banquete de tiranos”, Op. cit.., t. I, p. 107). En una sintaxis comunicativa se leería: Tal como se calienta el hierro frío en las entrañas de la virgen que mata.
ix. Y en el pino
Rumor y majestad mi verso aprenda.
« ( « "Oh Margarita", Op.cit., t I, p.87.)
x. Qué parecido hay entre esta idea y la de Emily Dickinson:

El cerebro
Es más amplio que el cielo.
[...]
El cerebro es más hondo que el mar.
Emily Dickinson: 60 poemas, (trad. de Silvina Ocampo), p. 51. Ed. Grijalbo Mondadori, Madrid, 1998.
Lo que quizá pueda ser explicado por la afinidad de ambos escritores con el pensamiento emersoniano.



Concepto martiano de crítica

“Criticar no es censurar, sino ejercitar el criterio. La crítica no es la censura; es sencillamente y hasta en su acepción formal –en su etimología– es eso, el ejercicio del criterio. La crítica es siempre difícil y sólo una vez noble: cuando señala defectos pequeños de un carácter que vale más que sus defectos; cuando, en vez de limitarse a débiles exigencias de gramática, censura las ideas esenciales con alteza de miras, e imparcialidad y serenidad de juicio.  Criticar no es morder, ni tenacear, ni clavar en la áspera picota, no es consagrase impíamente a escudriñar con miradas avaras en la obra bella los lunares y manchas que la afean. Señalar con noble intento el lunar negro, y desvanecer con mano piadosa la sombra que oscurece la obra bella. Criticar es amar: y aunque no lo fuera, no está en que iniciemos época favorable a la agitadora y dura crítica: que en las horas de riesgo y de combate, cuando las penas de la lucha vienen y tintan el ánimo sereno, cuando no sobre firme tierra sino sobre arena movidísima, fresca a trechos y oscura, descansa el pie agitado, es ley suprema, urgente y salvadora la hermosa ley de amar”.




Síntesis del Ensayo "Nuestra América" de José Martí

El contenido del Ensayo "Nuestra América" está presente en gran parte de la totalidad de la obra de "José Martí", pero es en él donde aparece sintéticamente sistematizado. Un discurso pleno de humanidad, fundado en la revelación del ser de Nuestra América y en propósitos políticos-culturales de largo alcance y proyección social. Sencillamente, "ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con las copa cargada de flor, restallando o zumbando, según lo acaricie el capricho de la luz, o la tundan o talen las tempestades; ¡ los pueblos se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!. Es hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes".
La revelación del ser de Nuestra América, y su latinoamericanismo se concretan realmente con el antimperialismo martiano. La presencia del imperialismo norteamericano deviene antítesis de la eficaz realización del "hombre natural" y de la América Nuestra. Es necesario unir fuerzas y lograr el equilibrio para lograr nuestra propia existencia independiente como pueblos.
El ensayo "Nuestra América", con una escritura que "ve con las palabras y habla con los colores", temátiza un discurso suscitador de múltiples aprehensiones de índole identitaria. Aprehensiones donde cultura y política se despliegan en unidad inseparable. Para el Maestro, la política es una zona de la cultura y fructifica cuando se afinca en las raíces con vocación ecuménica. "La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales — enfatiza Martí- han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas".
No hay en Martí regionalismo estrecho, antinorteamericanismo, antieuropeísmo. Hay, simplemente, latinoamericanismo que se resiste, y lucha por no ser eco y sombra de culturas exógenas. Un latinoamericanismo que defiende la cultura del ser, como condición de su universalidad. Martí no admite ni concibe la universalidad de Nuestra América como un proceso de inserción de lo propio a lo otro. Revela la universalidad por la creciente humanidad del hombre natural, concretada en su cultura de resistencia. En su filosofía, la universalidad de la cultura de nuestra América, deviene de su ser esencial, como parámetro legitimador de su autotenticidad. Por eso exige pensar nuestra realidad por y desde nosotros mismos. En su concepción, "no hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza (...) El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país."
Si ciertamente la toma de conciencia latinoamericana posee toda una historia, con cauces definidos en la primera mitad del siglo XIX, es indudable que la contribución martiana resulta novedosa. "Fue el cubano José Martí- escribe Noel Salomón- sin duda alguna, el primero que construyó línea a línea, una teoría consecuente y coherente de la personalidad hispanoamericana capaz de afirmarse por sí misma, ajena a los modelos exteriores, antes de la hora de las profesiones de fe latinoamericanas del "arielismo-modernismo", de 1900 (José E. Rodó en Ariel, Rubén Darío en Cantos de vida y esperanza). De José Martí data, en verdad, la "toma de conciencia" que ha derivado, en relación con un vasto movimiento histórico (de la revolución mexicana a la revolución cubana y a las nuevas formas de los movimientos liberadores de hoy), hacia las grandes corrientes culturales e ideológicas discernibles en el siglo XX en la superficie del inmenso fragmento de tierra de allende el atlántico.
El ensayo "Nuestra América, (1891) constituye una síntesis concreta, de la revelación de nuestro ser esencial y sus formas aprehensivas (sentimientos y conciencia histórica). Es un manifiesto-programa del ser existencial de nuestra América incluyendo sus perspectivas de desarrollo. Es un programa científico de lucha, cuyo paradigma prefigurante se mueve ante dos alternativas: ser o no ser. Pero afirmando el primero (ser) con optimismo se despliega un discurso con gran hondura, vuelo teórico y previsión fundado en premisas reales. Es un compendio creador de la identidad nacional de nuestros pueblos y las formas y medios para preservarla y enriquecerla. Es la autoconciencia de nuestra América mestiza, con sus culturas nacionales, henchida de vocación de universalidad, que preludia como ideal la América nueva.
Una América nueva, que aunque proyectada como deber-ser- Martí está consciente de ello y de los prejuicio y peligros que la median- se funda en premisas reales. Es un humanismo utópico realista que asumiendo la identidad en la diferencia, tiene como raíz central la dignidad plena del hombre y la bondad que le es inmanente al hombre natural. En su concepción político-cultural —humanista en esencia-, "se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad".
Este humanismo se proyecta así porque Martí cree en el hombre y en los pueblos, premisa sin la cual resulta estéril cualquier teoría social, o proyecto emancipador. Sin embargo, establece mediaciones, pues si bien impugna el "azuzar a odios inútiles —refiere al adjetivo inútiles- también propone una picota" para quien no les dice a tiempo la verdad. En su lógica discursiva exige concreción, establece diferencias. Es la bondad afirmada en la dignidad y la justicia. Ya ética y política marchan unidas, ideología, ciencia y humanismo sirven de pivote a su teoría social. Bien, verdad y belleza pensados culturalmente no resultan arquetipos de la realidad, sino expresiones reales y contradictorias del ser esencial en que se funda la identidad.
Una identidad propia, forjada en la historia y con sujeto reales, (hombre natural) cuya existencia implica asumir creadoramente lo nuestro y no aferrarse a modelos extraños que en realidades nuevas envilecen y desvían. Lo nuestro, lo autóctono, lo legítimo, en tanto expresión de nuestra existencia real es fuente de progreso y creación. No se trata de nacionalismos regionalistas, ni negación nihilista de la cultura y los valores universales. Se trata de asumir creadoramente todo lo útil y productivo, pero con bases nuestras.
Estas nuevas ideas en sistema, enunciadas ocasionalmente en trabajos anteriores, en "Nuestra América", se integran a un cuerpo teórico ideológico sintetizador. Resumen etapas transitadas y abren perspectivas nuevas. Para Martí, la situación real de nuestra América; el carácter débil de las repúblicas surgidas, el mimetismo imperante en los gobiernos y el peligro del imperialismo para la independencia, exige indefectiblemente la remisión a la historia, a la tradición y a todos los componentes estructurales que conforman la identidad nacional de los pueblos de Nuestra América. Es necesario el estudio de los factores reales del país. "Conocer es resolver. Conocer el país y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías", porque de lo contrario "....viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país".
Nuestra América, como ensayo- resumen de la teoría sociofilósofica de Martí, en torno a la identidad latinoamericana, constituye un programa rector del quehacer, de nuestros pueblos, y al mismo tiempo instrumento desmistificador de conciencia y conceptos y prejuicios obsoletos.
De modo elocuente muestra la necesidad de partir de nuestra realidad, de conocerla y asumirla como creación nuestra y base del porvenir, pues "ni el libro europeo, ni el libro yanki, daban la clave del enigma hispanoamericano... Los jóvenes de América entienden que se imita demasiado y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación".
En Martí, crear, cultivar "la semilla de la América nueva deviene imperativo ineludible del espíritu americano, pues "el tigre espera detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina". Es hora ya porque el tiempo apremia, y no es posible dejar de ser, que "lo que queda de aldea en América despierte..." Estos tiempos no son para acostarme con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada.... las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra".
El propio ensayo "Nuestra América", resulta trincheras de ideas en tanto síntesis teórica que fundamenta el lugar de Hispanoamérica en el continente. Es una teoría crítica, que recorriendo la historia y afincada en nuestra cultura presenta un proyecto de afirmación y rescate de la identidad de nuestros pueblos. Proyecto que nace de toda una experiencia rica vivida por Martí en América Latina y en los Estados Unidos.
En marcada síntesis se despliega la teoría filosófica social de Martí en la revelación de nuestra América. Hace gala de erudición y previsión políticas al criticar los modelos liberales de las repúblicas latinoamericanas y la ineficacia de sus proyectos. Critica el mimetismo copista y exige adecuar los proyectos a nuestras realidades, pero no a través de una lógica externa que obligue a la realidad a corresponder con ella, sino a la inversa. "La incapacidad —señala Martí no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los E.U. de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es —enfatiza Martí- allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y como puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas.
No se trata de una reflexión pasajera. En trabajos anteriores la idea vibra y está latente, pero aquí se inserta en el cuerpo teórico de su teoría social, incorporando nuevas definiciones de cómo debe regirse y desplegarse nuestro ser existencial latinoamericano en su identidad en sí y como agente y sujeto.
Nuevas realidades, experiencias, contextos, cambios y transformaciones se han sucedido. Su humanismo revolucionario independentista en despliegue constante, deviene conciencia crítica de la esencia misma de los modelos liberales que se han impuesto en nuestras repúblicas. El hombre "natural", nuestros pueblos oprimidos, por derecho deben ser dueños de su destino. Destino que debe forjarse en nuestros propios esfuerzos. El espíritu de acá, hacedor, creador, y digno debe fundarse en su propia obra si no quiere sucumbir. Y este es el gran legado que hace de "Nuestra América", trincheras de ideas. Trincheras de ideas, devenidas autoconciencia teórica de la identidad de la América nuestra, en un momento crítico de la historia.
En este sentido, el artículo Nuestra América, compendia y sintetiza una historia, una cultura, una política, que insertadas en una teoría filosófica social de la revelación de nuestro ser esencial, expresa también un momento cumbre de radicalización del teórico-ideólogo que le dio realización concreta. En "Nuestra América", latinoamericanismo, antirracismo y antimperialismo se funden indisolublemente y dan coherencia y organicidad conceptual a la teoría sociofilosófica más avanzada de su tiempo latinoamericano. Su trascendencia y contemporaneidad dimana de su propia función: ser autoconciencia del ser esencial de los pueblos de nuestra América, en tanto lógica dimanante de su realidad concreta en sus múltiples mediaciones, determinaciones y condicionamientos.
En "Nuestra América" el pensamiento de José Martí adquiere diversas concreciones, sin embargo, existen dos determinaciones concretas que lo integran, sintetizan y definen en tanto tal su discurso creador. Merefiero a: 1) la revelación de Nuestra América; 2) al despliegue de su pensamiento en la comprensión y tematización de la subjetividad humana, incluyendo la axiología, en tanto núcleo fundante, y los atributos cualificadores en que deviene en el movimiento sociohistórico-cultural.
El paradigma martiano y el ideal de racionalidad que le es consustancial tiene su primera concreción en la revelación de "nuestra América", cuya expresión sintética se encarna en el ensayo homónimo del Maestro. Esta obra, resultado de todo un proceso de desarrollo de su pensamiento, deviene lógica, conciencia histórica y más aún autoconciencia de nuestra América, de su cultura, en la más amplia acepción del concepto. México, Guatemala, Cuba, Venezuela y otras realidades nuestras estudiadas por José Martí, incluyendo los Estados Unidos, constituyen el objeto central, en torno al cual su pensamiento se desenvuelve y concreta, hasta afirmarse como autoconciencia o "ser consciente" de la realidad de nuestra América, y la razón de su identidad y autoctonía propia.
A partir de un discurso, devenido "letra con filo", y capaz de cincelar con expresiones poéticas, con un estilo que en el decir de Sarmiento, en español no tiene igual, "a la salida de bramidos de Martí", el Maestro penetra en la realidad americana, consciente que sólo lo genuino es fructífero y que la América nuestra es la esperanza de la humanidad. A ella se orienta con pupila crítica, a revelar el ser existencial de nuestra América, su grandeza, exuberancia y valores, que es al mismo tiempo, rescatar su memoria histórica, su confianza en sí misma, su identidad como fuerza fundadora, catalizadora de energías y creación para realizarse como pueblo libre y próspero en el concierto mundial de las naciones.
Su pensamiento, encarnado como conciencia histórica del ser de nuestra América y de su cultura posee un carácter sintético- integrador. Es un ideario, una lógica concentrada de ideas y conceptos en torno al hombre y a la realidad social latinoamericana. Las imágenes — muy propias de su estilo- además de ser destellos de su imaginación y sensibilidad creadoras, emanadas de la realidad y la actividad social, son ideas aprehensivas de la razón que captan esencias. Ideas que en su contenido integran en síntesis conocimientos y valor y en el discurso siempre impregnan y despliegan espíritu cogitativo porque revelan esencias en el devenir humano. Esencias que no resultan de poner como a priori las ideas a las cosas, sino las devela y descubre, porque las ideas, en Martí, dimanan de la realidad en relación con el hombre.
La revelación de nuestra América en el pensamiento filosófico — social de Martí, no se reduce sólo a fijar la memoria histórica, a descubrir la fuerza telúrica de su identidad, sino además a develar todo lo que se opone a su realización efectiva. Tanto en lo interno- el caudillismo, el mimetismo — como en lo externo — el imperialismo que acecha — son descubierto por Martí, como antítesis del ser esencial de nuestra América.
En la vasta obra de Martí domina un sentido de futuridad que guía una perpetua tendencia hacia el deber — ser, como progresión y perfección humanas. Precisamente este motivo central que lo anima y hace trascedente y siempre contemporánea su obra, encuentra medios idóneos de realización en los valores, en tanto definen y expresan con más sustancialidad la naturaleza humana, el verdadero sentido de la vida, en fin, la humanidad del hombre en su magnánima espiritualidad.
La trascendencia de su obra fundadora, reside en gran medida en sembrar y cultivar utopías y encontrar en los valores humanos cauces necesarios para su acercamiento a la realidad. Valores cimentados en la realidad y la acción comunicativa y no en procesos mentales puros.
Hay en Martí un corpus idearum muy propio y específico, a través del cual piensa al hombre y la realidad. La axiología, integrada en él, como su núcleo, deviene vía cultural de realización social, pero no como patrón inmóvil al margen de las tradiciones culturales concretas, sino como modelo que norma y regula insertado en la cultura propia. Por eso su humanismo se constituye en paradigma de nuestros pueblos. Pero antes, su hacer fundador se afincó en la realidad de nuestra América, incluyendo su memoria histórica, la idiosincrasia del hombre americano y del cubano en particular. El, el Maestro, está consciente que la humanidad del hombre que busca, la identidad humana, sólo es posible por medio de la realización cultural de los valores, incluyendo los ideales, que acicatean la acción humana.
La asunción martiana de los valores en su naturaleza cultural de realización, impregna en su concepción historicidad, carácter procesual, concreción y actualidad. Con ello, Martí sienta una premisa esencial: la necesidad de afincarse en las tradiciones culturales como medio de vincular los valores hacia su encarnación real como norma de conducta y de convivencia humana y social. Estas ideas martianas, siempre explícitas y subyacentes en su obra, en su discurso, en su espíritu general, requieren de reflexiones profundas.
Al mismo tiempo su concepción de los valores, dimana del propio espíritu dialéctico que lo anima, lleva implícito su constante superación, en correspondencia con nuevas mediaciones que tienen lugar en su proceso evolutivo. En su etapa de madurez, a finales de la década del 80 y el primer lustro del 90 del siglo XIX, en la medida que su humanismo descubre la naturaleza del imperialismo y penetra más profundamente en el terreno de las clases, su concepción de la subjetividad humana y los valores, deviene más concreta. Asume nuevas aristas, establece diferencias específicas y el discurso se tematiza con nuevos matices. En fin, su radicalización política marcará nuevos derroteros de vital importancia, tanto desde el ángulo propedéutico como heurístico, en el abordaje, búsqueda y solución de los problemas.
Es indudable el carácter fundador de la obra martiana. Su obra emerge como autoconciencia de una época y una cultura de transición constante. Ella misma lleva en sí, el tránsito perpetuo hacia nuevas calidades de la sociedad. Concreta en su síntesis, tradición, historia y cultura para abrirse con fuerza indetenible hacia la contemporaneidad. Como obra de su tiempo no dio solución a todos los problemas emergentes, pero abrió nuevas vías de acceso. Como partió de las raíces y puso su pensamiento y acción en función de ellas, con vocación de universalidad y visión auroreal, abrió "caminos al andar" a las sucesivas generaciones con su concepción del devenir humano como expresión cultural, como magna empresa de las grandes masas, y en particular de los pobres de la tierra. Su ideal de racionalidad sentó nuevas perspectivas y cauces de realización efectiva.
En los momentos actuales, cuando el escepticismo histórico cunde y pulula en la arena internacional, cuando no faltan los intentos de negar la historia, los valores, la cultura, la tradición, la razón, los proyectos de emancipación social y el progreso, la racionalidad se impone como necesidad de preservar no sólo la identidad nacional, sino también la identidad humana. En tales condiciones, el paradigma martiano y el ideal de racionalidad que le es consustancial, adquieren más que nunca contemporaneidad y vigencia social.
Su pensamiento — una eterna poesía de amor, de lucha, de dación humana y consagración social — continuará alumbrando el camino del hombre. Su desbordante espiritualidad seguirá siendo fuente nutrícia de aprehensiones y sueños, ¡ Con luz de estrellas!




Nuestra América
José Martí

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre?, ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos "increíbles" del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!

Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con la mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las Universidades los gobernantes, si no hay Universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages: porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.

Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que había izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota-de-potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra, desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de uno sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.

Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen- por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.

Pero "estos países se salvarán", como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni en el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja, y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide "a que le hagan emperador al rubio". Estos países se salvarán, porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. "¿Cómo somos?" se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Danzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.

De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una bomba de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o el que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde resalta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas.  Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Zemí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!