CUBA, FOLCLOR...Y ALGO MÁS

 

Picardía, parranda y discurrir anodino en la cuarteta folclórica cubana


La picardía sexual es uno de los tópicos más recurrentes a los que acude la cuarteta folclórica cubana, con su carga de prejuicios y apostillas morales, desde luego. Otro tópico frecuente, común al folclore universal, es la participación en la festividad, las aventuras parranderas y sus consecuencias.
Un elemento estilístico habitual, simpático y curioso, se focaliza en el discurrir anodino, en el cual los elementos asociados carecen de motivo evidente para la asociación, y aparentan no concebir siquiera ejercicios retóricos de poetización fácilmente asociables.
En el apartado de la picardía sexual hallamos una cuarteta del siglo XIX que trasciende la inmediatez del enunciado pícaro para convertirse en un desafío práctico, racional pero no conformista, a la discriminación:
Blanca, blasonas en vano
de tu triunfo y poderío:
el amo te dio la mano,
todo lo demás es mío.


El sujeto lírico es esclavo, lo cual se hace explícito en la referencia al amo, en tanto la mujer blanca es una interlocutora a la cual se desafía. La extensión relacional de la petición y concesión de mano como compromiso matrimonial, transita por un proceso de literalización de la frase que le imprime una resignificación física, corporal, estrechamente ligada a la praxis cotidiana. La esclava se hace dueña del disfrute corporal del amo en tanto el acto de abuso esclavista de arrogarse el derecho de posesión sexual de sus esclavas, en tanto simples objetos de su propiedad, queda también resignificado con la dominación simbólica mediante lo sexual. Se produce así una reconversión de ese dominio: la importancia de la blanca es solo institucional; el poder del sexo hace al amo una propiedad simbólica en tanto la esclava es menos objeto y más sujeto. Y esto a través de esa pícara cuarteta que no puede dejar de arrancar una sonrisa en el lector.
La ofensiva contrarrevolucionaria que siguió al cambio de 1959 en Cuba se extendió, también, al ámbito de la cultura popular y, desde luego, tuvo sus manifestaciones en la producción y reproducción de la cuarteta folclórica. Se acudió, sobre todo, a tópicos históricamente arraigados que, aunque podían revelar el estatuto de dominación clasista, lo canjeaban por la expresión vital de las necesidades y urgencias humanas inmediatas. Así tenemos este ejemplo que vincula la picardía sexual con el proceso de expropiación que llevaba al cumplimiento de la Reforma Agraria, que era uno de los cinco programas fundamentales de la Revolución ya desde los sucesos de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes:

Dice la vieja Macaria
que a su marido Perico
le intervinieron el pico
para la Reforma Agraria.


El carácter parónimo que se produce entre el instrumento de trabajo (el pico) y el órgano sexual masculino, concentra la información ejemplarmente. El trasfondo es político y se genera, gracias a las propias paradojas de reproducción de la cultura popular dominada, a partir de que los códigos de significación mantienen como patrón de juicio que la expropiación de los terratenientes por parte de las nuevas fuerzas de transformación no es una intervención legítima, ni natural. Como lo natural y placentero es el sexo, quedará intervenido por el proceso revolucionario. Hay, pues, un desiderátum ideológicamente generado y proyectado.
Más directa y vulgar es esta otra:

Dice la vieja Dominga
que la dejen divertir,
que ella no se va morir
porque le metan la pinga.


Aunque en la cuarteta no se hallan elementos de ubicación geopolítica que puedan relacionarla con el motivo anterior, su etapa de reproducción sí coincide con las medidas de transformación de los primeros años de revolución. La picardía en este caso se reduce al elemento del disfrute y sus naturales consecuencias. Los elementos restrictivos de la moral burguesa, disfrazados de libertinaje popular, consiguen infiltrarse como elementos que deslegitiman los cambios que la moral revolucionaria se ha impuesto proponer.
Anterior a este periodo es esta cuarteta, en la que el elemento pícaro convierte al adulterio en el objeto riente:

La vida del panadero
es una vida agitada,
no puede comer a gusto
ni dormir de madrugada.


El hecho de que el panadero deba estar fuera de casa en horarios nocturnos hace que buena parte del imaginario popular lo convierta en víctima del adulterio. La picardía va de fondo, relacionada con el sexo y, desde luego, con su práctica adúltera. No obstante, son inversos en sentido las cuartetas que convierten al panadero en un Don Juan, ya sea ocasional o sistemático:

En La Habana hay una torre
y en la torre una ventana,
en la ventana una niña
que a los panaderos llama.

Mamita, los panaderos
no sirven para casados,
porque son enamorados
y un poquito parranderos.


En el acápite festivo, tan caro a la inmensa mayoría de las manifestaciones folclóricas, hallamos, por una parte, la diversión asociada a la ingestión alcohólica, como en estos ejemplos:

¿Qué te parece, Rufina,
lo que me ha hecho el muchacho?
Lo mandé a buscar cerveza
y se apareció borracho.

Yo no quiero ruñidera
ni capullo de alelí;
lo que quiero es Bacardí,
aunque mañana me muera.

Por otra parte, la bebida alcohólica se presenta como un posible enemigo, por su doble condición de motivo de disfrute y vicio. En este ejemplo, el empleo del retruécano, a través de la paronimia con que el habla cubana emplea el verbo acabar, sobredimensiona el acto inmediato de beber por encima de las consecuencias adversas, y reconocidas, del consumo de alcohol.

Yo contemplo la botella
del vino que es buen amigo;
si ella no acaba conmigo,
yo voy a acabar con ella.


El entregarse a la fiesta y al disfrute sin límites pasa a un plano de resarcimiento individual, que se entronca con un modo de filosofar popular que establece las diversas jerarquías de valores. Esta cuarteta, cuya composición acusa un origen de tonada, lo demuestra:

El día que muera yo,
el día que yo me muera,
póngame en la cabecera
maraca, güiro y bongó.


La picardía sexual, desde luego, se halla asociada a la festividad:

Una joven me invitó
a salir de fiesta un día
y como a los nueve meses
había aumentado la cría.

Adiós, comadre María,
¿Dionisio donde estará?
En casa de Justo Crespo,
revoloteando el compás.


También las diferencias clasistas y raciales se alían con el tópico festivo. En estos ejemplos, la ironía lógica inmediata define el tono humorístico de composición y deja de fondo los prototipos de percepción social que impulsan la creación:

Ese son de la rompida
¿quién fue que lo trajo aquí?
Una negra guarachera
que vino de Mayarí.

Familias de ringorrango,
como entonces se decía,
presenciaban el fandango
hasta amanecer el día.


Si atendemos al discurrir anodino, algo muy común en el área de la improvisación popular, sobre todo en la controversia espontánea que se hace en el marco de fiestas no institucionalizadas, podemos advertir un discurso paródico que, al mismo tiempo que nombra los referentes, desconoce su esencia. Se trata de un pretexto sonoro que se realiza a través de una finta en la atención. Veamos, por ejemplo esta cuarteta:

Miguel Cervantes Saavedra
en un escrito decía:
Era de noche, llovía,
y el sol rajaba las piedras.


El contraste del enunciado anodino es atribuido a Cervantes, no como si fuese adquirido de la tradición oral, sino como una parte de su obra pues, de acuerdo con el autor de la cuarteta, tal frase pertenece a “un escrito”.
Este otro ejemplo, conocido y difundido más allá de las zonas rurales de donde procede, acude a la ironía para recontextualizar el discurrir disparatado:

Ahora sí estoy sabroso,
estoy como yo quería,
como una puerca paría
en los brocales de un pozo.

La siguiente cuarteta es acaso el más blanco caso de ese discurrir:

La virgen se llama Juana,
el mundo se tambalea
y el que no tiene batea
se baña en la palangana.

Y en este último ejemplo que usaremos para el acápite del discurrir anodino, la enunciación se convierte en cápsulas ilocutorias desligadas del resto de las que aparecen en la estrofa. Únicamente el ritmo y la rima los asocian, al menos en el nivel del sentido esencial del dato presentado, pues todos los asertos tienen en común el carácter sentencioso que busca dejar sentado un hecho de sabiduría.

Sale el sol por el Oriente,
piña, plátano, boniato;
los sin narices son ñatos
y el tiburón come gente.


Tanto la picardía, como la alta valoración del parrandismo y la festividad, como ese discurrir anodino que se escuda en la banalidad aparente para buscar una sentencia de saber filosófico, transversalizan su función en la cuarteta folclórica cubana. Son recursos técnicos a través de los cuales se canaliza el mensaje. Y si bien hay ejemplos chatos y de escaso ingenio, abundan los que demuestran las posibilidades de la cultura popular, muchas veces iletrada, para expresarse en los más altos niveles de la creación. Del mismo modo en que la producción literaria altamente institucionalizada nos muestra inolvidables ejemplos y, a la par de ellos, obras que es mejor pasar por alto.

 

Bandoleros, salteadores y forajidos cubanos en la memoria popular


Hubo una etapa de la historia de Cuba, durante la cual determinados personajes fuera de la ley, alcanzaron una peculiar notoriedad en diversas regiones del territorio. Considerados delincuentes por unos y devenidos en una especie de “vengadores justicieros” por otros, pasaron la frontera de la historicidad, para ser recordados como leyenda.

Pero en realidad, ya desde los inicios de la conquista de Cuba el escenario antillano no era ajeno a la presencia de malhechores, pues la reina Isabel había autorizado la contratación de delincuentes en 1481, para asegurar el coloniaje de Islas Canarias. Unos cuantos años después, cuando Cristóbal Colón hizo escala allí, trajo consigo no pocos de aquellos como tripulantes. Es conocido además, que la Real Cédula de 1492, vigente hasta 1501, permitía el reclutamiento de delincuentes para la conquista y colonización de las Américas. El mismísimo Sebastián de Ocampo, quien se hizo célebre por el bojeo de la Isla, en su tierra natal había sido condenado a muerte por el delito de homicidio y después le fue conmutada la pena por el destierro en La Española.

Al bandolero el nombre le viene del proceder en bandas o grupos. “Bandido, se le llamaba en la época colonial, a quien se requería públicamente por un edicto o bando, donde le reclamaban las autoridades y forajido, del latín foras y exitus, “fuera” y “salir”, porque debían esconderse para no ser apresados”. (1) Entre los años 1867 y 68, el bandolerismo va aumentando en las regiones rurales, a la vez que se configura con cierto rumbo anticolonial, pues cada vez los mayores afectados eran personas con alguna vinculación al régimen español. (1)

Esta característica va a comenzar a brindar un nuevo enfoque a estos delincuentes por parte de grandes segmentos poblacionales, en los cuales se crea la concepción idílica de lo que hoy hemos dado en llamar bandolerismo social1. Según afirmaciones del autor del excelente ensayo y obra literaria El bandolerismo en Cuba: “bandolero social era generalmente un campesino fuera de la ley, a quien el Estado consideraba un delincuente, pero que se mantiene en su medio habitual, donde se le considera un héroe, admirado y por ser un vengador en busca de justicia, y hasta quizás, posible líder de una insurrección...” (1)

Para la época en ellos desarrollaron sus destinos, llenaban con creces estos personajes la figura arquetípica del vengador justiciero, que robaba a los ricos para darles a los pobres. En cada uno de ellos, muchos vieron al legendario Robin Hood criollo, que había abandonado los bosques de Sherwood, para instalarse en la manigua cubana.


Bandoleros “consagrados” en la memoria popular

“Pedro, el asturiano, en La Habana colonial”

En el Año del Señor de 1580, la villa de San Cristóbal de La Habana era poco más que un caserío, donde la mayoría de las viviendas aún eran de madera y techo de yaguas. Pedro había llegado de Asturias, en el vapor que recaló en puerto el mes anterior, y muy pronto constató que el primo segundo de su padre tenía pensado hacer de él, su esclavo. Aunque había conocido a Isabel, una bella habanera cuyo único defecto consistía en que estaba casada. Las delicias del amor oculto no se hicieron esperar y fueron disfrutadas con ardor por unas cuantas semanas. Pero un día, los amantes fueron sorprendidos in fraganti por el marido y el asturiano pudo escapar a duras penas de un filoso y gran cuchillo, lanzándose, tal y como llegó al mundo, a las frías aguas de la bahía cercana al bohío.

Logró llegar a un barco surto en puerto, donde algo le dieron de comer y un pantalón que ponerse. Pero al abandonar la nave, uno de los marinos se burló de él y le pisoteó las manos al bajar por la borda. Pudo llegar Pedro a “La Fortaleza”, un recinto de madera y piedra, más o menos amurallado, que en aquel entonces estaba enclavada en el lugar donde ahora se encuentra “El castillo de la Real Fuerza”. Explicó a la autoridad de la guarnición el cornamentado asunto, por el cual se encontraba en peligro de muerte y el alcalde, comprendiendo que eran “cosas de hombres”, le autorizó a permanecer allí temporalmente.

Una noche, decidió ir a saber de Isabel y cuentan que llegó en el momento que el marido le maltrataba. Penetró por la ventana en la vivienda y sacó al hombre, dejándole muerto a puñaladas. Con la misma regresó a “La Fortaleza”. Pero a los pocos días hizo otra incursión al puerto, esta vez para encontrarse con aquel marinero que se burlase de él. Una sola puñalada le bastó, para vengar la afrenta y regresar a toda carrera a susodicha fortaleza.

Las andanzas de Pedro el asturiano eran la comidilla diaria de los casi ochocientos vecinos de la villa de San Cristóbal de La Habana. A muchos le simpatizaba, por audaz y decidido, aunque los más le veían como el delincuente que ya había asesinado a dos hombres y continuaba protegido en aquel recinto fortificado.

El Capitán General se vio obligado a intervenir y le hizo conocer al rey los pormenores del asunto, mediante una carta que la historia registra con fecha 4 de marzo de 1583. Lo que dio por resultado que aquel internamiento voluntario en “La Fortaleza”, se convirtiese en su prisión particular. Mas cuentan que, aproximadamente a los seis meses de esta sanción, la máxima autoridad de la Isla encontró la celda vacía de aquel recluso natural de Asturias, sin que nadie hasta ahora supiera nunca más del paradero de Pedro el asturiano. (2)

“Manuel García, el Rey de los campos de Cuba”

Manuel García, más conocido por el “Rey de los Campos de Cuba”, fue hijo de españoles. Llegó al mundo un primero de febrero de 1851, en el antiguo poblado matancero Alfonso XII, actual “Alacranes”. Se cuenta que su primer tropiezo con las autoridades fue por una herida que hizo a su padrastro, quien acostumbraba a golpear a la madre. Después, tubo un altercado con una pareja de la Guardia Civil española, que había abusado de él y les causó la muerte a los dos. Desde este momento ya su historia se mezcla con la leyenda. Se había iniciado como salteador de caminos y podía aparecer en cualquier lugar, un día en Matanzas, al siguiente actuaba en Las Villas, al otro en La Habana. Descarrilaba trenes, asaltaba a los ricos, secuestraba y extorsionaba a los dueños de centrales y grandes haciendas. También cuentan que repartía a los pobres el producto de sus fechorías. Era perseguido con saña por el ejército español, pero siempre escapaba, burlando una y otra vez a centenares de tropas regulares, policías, voluntarios y todo tipo de colaboradores de la metrópoli. Algunos comenzaron a correr el rumor que Manuel era un cagüeiro. Muchos de sus enemigos participantes en inmensas y coordinadas redadas, aseguraban que tenía tratos con el demonio, pues siempre se les desaparecía de manera increíble.

Fue declarado Manuel, “enemigo público número” uno por las autoridades españolas en la Isla, incluso con pena de muerte para quién le ayude, pero siempre les fue extraordinariamente difícil hallar información sobre su paradero. Cesa García su actividad en 1885, con la amnistía declarada por la “Paz del Zanjón”. Luego emigra a los Estados Unidos. Según cuenta el investigador y periodista matancero Reinaldo González Villalonga, en Cayo Hueso establece contacto con los revolucionarios cubanos que se reorganizaban para continuar la lucha y escribe a Máximo Gómez poniéndose a su disposición como soldado. Regresa Manuel García a Cuba septiembre de 1887, con los grados de comandante del ejercito mambí, al frente de una partida de revolucionarios, esta vez a luchar contra el poder colonial.

De nuevo “El Rey de los Campos” retorna a la quema de sembradíos cañeros; los secuestros de personajes y hacendados, pero ahora se asegura que el botín sea empleado para adquirir armas y municiones para los mambises. Al final, en la madrugada del 24 de febrero de 1895, el mismo día en que Cuba se alzaba en armas contra el poder colonial, Manuel García era asesinado a traición por balazos de revólver. Y muchos piensan que por esta razón “El Rey de los Campos de Cuba”, no pudo reivindicarse de su fama de bandolero. Se cuenta que sus restos fueron escondidos por casi un siglo en la finca “La Julia”, en las cercanías del poblado de “Ceiba Mocha” y luego de muchos años de investigaciones, en el cementerio de esta localidad, el 24 de febrero del año 2000, se procedió al enterramiento, con los honores correspondientes a coronel del ejército libertador muerto en campaña. (3)


“Matagás”

El caso de José Álvarez Arteaga (Matagás) mulato oriundo de Matanzas, quien también comenzó a desarrollar sus operaciones en esta región de Cuba, aunque se movía por toda la zona central de la Isla y cuentan que tenía preferencia cobrarles determinadas “contribuciones” a los hacendados en vez de secuestrarles. Debido a una traición, Matagás estuvo fuera de actividad por algún tiempo y luego todo parece indicar que salió clandestinamente del país. Pues se comentó que resultaron infructuosos todos los esfuerzos para encontrar al bandido de las maniguas.

Se cree que Matagás no volvería a tierras cubanas hasta el año 1887, ya en funciones de oficial del ejército mambí, en que se adentraría en las costas para esperar una expedición que no se produjo. Pues todos parecen coincidir en que después del “Grito de Baire” también se unió a la insurrección, y por sus acciones en la manigua le dieron el grado de comandante y murió ya de teniente coronel, a principios de 1896.

“Polo Véliz, el bandido cienfueguero”

Se sabe que Leopoldo Véliz González nació en 1889, en las afueras del poblado de Cumanayagua, y desde muy joven se desempeñaba como carretero. Cuentan que cuando tenía 18 años, se enamoró de una muchacha de la zona. Pero un suboficial de la temida Guardia Rural, estaba encaprichado con la misma chica, se burló de él públicamente por su condición de hombre pobre y su baja estatura.

Ante los desesperados ruegos de ella, Polo dejó este asunto así, y luego decidió la pareja, quitarse a este individuo de encima, alejándose de la región, para asentarse en las montañas del Escambray. Aunque de nada les valió, pues fueron detectados por el militar y Polo fue conducido amarrado a la villa de Trinidad, donde este individuo logró se le condenase a un año de cárcel por presunto secuestro.

El verdadero punto de giro en la vida de Polo Véliz vino después, cuando aquella misma mujer, tal vez amedrentada por la venganza del militar, le dejó una carta en la que explicaba su determinación de alejarse de aquella tragedia, y unir su vida a la de un comerciante de la localidad de Cruces, a donde se presume se fue con su nuevo hombre. Esta acción marcó el destino y el futuro de este humilde campesino. Al salir de prisión, esperó Polo al guardia causante de su desdicha, en la salida de un baile, le convocó a un duelo a pistola y cuentan que ante la puerta del liceo lo hizo desnudarse y así lo dejó, en plena calle. Luego vivió escondiéndose y se hizo asaltante. Dicen que robaba a los ricos y con el botín compraba comida y enseres a los campesinos, también cuentan que repartía dinero entre los pobres. La población comenzó a incluir sus acciones en décimas improvisadas con gracia, Se dice que los residentes de la zonas rurales les avisaban de la llegada de las autoridades.

Dice la leyenda popular que Polo tenía por compañero de fechorías, a un hombre del cual nadie supo nunca el nombre. Al cual todos llamaban El Mejicano. Cuentan algunos que para realizar sus atracos, se disfrazaba especialmente. Hay quienes aseguraban que ya esta pareja de asaltantes tenía pensado retirarse y viajar a México, pero la traición les sorprendió un triste día. Afirman que el 27 de julio de 1937, acampó Polo en la hacienda de Lázaro Díaz de Tueste, en las cercanías de la ciudad de Cienfuegos, quien siempre guardaba el dinero del asaltante. Todo parece indicar que un hijo de Lázaro llamado Efrén, a traición le disparó a Polo en la cabeza, para robarle el dinero.

Aunque la prensa local desarrolló una versión, en la cual fue la Guardia Rural que sorprendió a Polo y al Mejicano, con quienes según cuentan ellos, sostuvieron un tiroteo por el que resultaron muertos. Dicen que colocaron al lado de su cadáver, una escopeta de siete tiros, cartuchos de balines, un cuchillo, dos amuletos y un revólver Colt 38. Muchos piensan que a Polo se le considera el último de los bandoleros cubanos de la primera mitad del pasado siglo. Mas algunos estudiosos de la historia afirman, que cuando sus acciones comenzaron a difundirse, ya otros personajes con similares características, como Manuel García, el llamado “Rey de los Campos de Cuba”, “Matagas”, “Arroyito” y “Congo Suárez” ya habían labrado sus leyendas en la memoria popular.


“Tina Morejón, la Reina de los bandidos”

Se cuenta que Tina inicia su vida de bandidaje en las cercanías del poblado de “Bohemia Nueva”, después llamado “Santo Domingo”, en la actual provincia de Villa Clara, región central de la Isla. Aunque al principio limitaba sus acciones a la orilla derecha del río “Sagua la Grande”, luego fue ampliándose, no solo geográficamente, sino también en osadía y temeridad, al punto de formar su propia banda, a partir de lo cual comenzó a conocérsele como “La reina de los bandidos”. El investigador y costumbrista Álvaro de la Iglesia, en sus “Tradiciones Cubanas” ubica los acontecimientos en derredor del año 1821.

Dicen que un joven terrateniente, conocido como don Silveiro y catalogado entre los más ricos de aquella región, acertó a pasar por donde Tina había puesto una emboscada. De inmediato fue conminado a ceder cien onzas de oro a los delincuentes a cambio de su vida. Aseguró no poseer tal cantidad encima. Dos de los bandidos le atenazaron con intenciones funestas, pero su jefa intercedió. Fue el momento que sus ojos se encontraron por vez primera y muchos creen que ya desde ese casual y fugaz duelo de pupilas destellantes, ambos quedaron profundamente enamorados.

Secretamente se encontraban los amantes, siempre custodiados por los hombres de la bandidesca partida. Tal vez don Silveiro se imaginaba estar desempeñando el rol de un personaje novelesco y no parecía estar muy consciente de la realidad, cuando en medio de su felicidad, le cuenta de su clandestino romance a un amigo. Ocurrió entonces que a los pocos días, la historia del lance amoroso llegó al General Malhi, quién ordenó seguir discretamente al romántico hacendado, con la finalidad de dar con el escondite de una de las más buscadas delincuentes de la región.

En su propia guarida, en lo más recóndito del monte fue apresada Tina junto a su banda. Algunos gustan de pensar, que ocurrió el mismo día que ella había prometido a su amado dejar aquella vida de aventuras para unírsele en matrimonio y retirarse al pacífico disfrute de sus amores. Lo cierto fue que “la reina de los bandidos” era enviada encadenada a La Habana, donde el fiscal pidió la pena capital. Don Silverio trató de comprar su libertad y de seguro que sobornó a cuantos pudo, intentando las más variadas fugas de la prisión, pero no tuvo éxito. Al final, quien sabe si la juventud, o la belleza de Tina; o el dinero de don Silveiro; conmovió de tal modo a los jueces, que determinaron conmutarle la pena por el destierro de por vida, en la ciudad española de Cádiz.

A partir de esta condena, la historia se mezcla con la leyenda en las más diversas versiones: unos aseguran que don Silverio llegó antes que la deportada a España y se valió de su dinero para conmutarle nuevamente la pena; otros creen que lograron fugarse juntos para continuar el interrupto romance; y los hay quienes prefieren verla a ella sola en una fuga fantástica, desde el mismo vapor que la llevaba a su destino, donde se tiró al mar, para luego aparecer comandando otra banda de forajidos en la mediterránea isla de Córcega. (4)

Otros bandoleros legendarios, ya perdidos del recuerdo

Así lo fueron: Caniquí”; “Arroyito”; Carlos Agüero; Pedro Delgado Carcache; Carlos García y Sosa; “Pato Macho” y otros, que durante mucho tiempo fueron recordados y ya van apagándose en la memoria, al no ser que alguien decida darles nuevos alientos. Porque no pocos de estos personajes sirvieron de base a obras literarias (así ocurrió con Caniquí), que les volvieron a colocar en el recuerdo social, cuando ya casi estaban siendo olvidados. Creadores del pentagrama, las artes plásticas y del séptimo arte, también les han ayudado en su trascendencia a legendarios en la memoria popular.

Aunque además existieron otros personajes en Cuba, que a pesar su pertinaz tendencia a vivir fuera de la ley, nunca fueron vistos como bandoleros delincuentes, sino como “Rufianes deslumbrantes consagrados en la memoria popular”; así como féminas “sublimes transgresoras, admiradas en el recuerdo público”, de quienes ya pasaremos a ocupamos en otra ocasión.

Bibliografía, Gerardo E. Chávez Spínola
1. Fidel Guillermo Duarte: "Bandolerismo y Guerras de Independencia: Uso de las costas y el mar." Consulta Internet. http://literartevueltabajero.wordpress.com/2010/02/03/bandolerismo-y-guerras-de-independencia-uso-de-las-costas-y-el-mar/
2. Ada Oramas: "Las andanzas de Pedro el asturiano". Crónica, Tribuna de La Habana, 21 de septiembre de 1988.
3. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, Cuba, 2005, pp. 356-358. ISBN: 959-242-107-2.
4. Ada Oramas: "Tina Morejón. La reina de los bandidos". Crónica, Tribuna de La Habana, Suplemento 13 de enero de 1985.



Visión de los gemelos en el imaginario popular cubano

Durante siglos, los gemelos han sido reverenciados en todas las épocas y regiones del mundo. Algunas veces con admiración y respeto, otras con benevolencia y simpatía, aunque no en pocas ocasiones, con cierta inquietud, sobresalto y temor, ante sus pretendidos poderes mágicos. En la mitología clásica: Hera y el mismísimo Zeus, fueron hijos gemelos de los dioses Cronos y Rea, en el Olimpo. Luego el propio Zeus escogió a la humana, rozagante y bien conformada Leto, para engendrar a los gemelos Artemisa y Apolo.

Rómulo y Remo de la romana fabulación, fueron jimaguas criados por una loba que los amamantó. Al alcanzar la mayoría de edad, ambos recibieron orden de los dioses supremos de fundar una ciudad. Como tenían diferente manera de ver las cosas, en una de las muchas versiones mitológicas, Rómulo dio inicio a la construcción de su proyecto en el monte Palatino. Remo se alejó hasta el monte Aventino, para colocar las primeras piedras de la suya. Después ambos preguntaron a pastores, artesanos, pescadores, mercadres y labradores, a quien reconocían como fundador y rey. El pueblo fue al monte Palatino y escogió a Rómulo, quien le dio el nombre a la naciente metrópoli y la declaró fundada el 21 de Abril del año 753 ane. Así más o menos cuentan el surgimiento de Roma.

En la cultura judeo cristiana. La Biblia narra como Rebeca, la mujer de Isaac, concibió dos gemelos que fueron rivales desde el vientre materno, donde peleaban y pateaban entre sí. El primero era rubio y le llamaron Esaú. El segundo tuvo a bien agarrarse al talón de su hermano para salir de las entrañas de su madre y por eso se llamó Jacob. Muchos años después, ya crecidos y adultos, Jacob conquistó a su hermano para que le vendiera los derechos de la primogenitura, por un plato de lentejas y un pedazo de pan.

De este relato tenemos, que aquellas trifulcas en el vientre materno han dado nombre al conocido "signo de Rebeca", que es la percepción de movimientos del feto por parte de las gestantes. También, el texto bíblico hizo perdurar en la memoria de todas las épocas, esta venta por parte de Esaú, dando lugar a la figura literaria del "lentejismo", que significa: cambiar algo trascendental por casi nada.

En la mitología zoroástrica, tiene esta ancestral lucha de contrarios su exponente entre los hermanos gemelos Ahura Mazda (quien bajo la luz radica) y Ahriman (morador de la oscuridad). Sin embargo, en la cultura Maya de Centroamérica, los héroes gemelos, Hunahpu y Xbalanque, fueron venerados dioses por haber librado al mundo de monstruos y gigantes. Ellos rescatan a su padre, Hun Hunahpy y su tío, Vucub Huanhpu, del tenebroso mundo subterráneo del Xibalba, donde éstos héroes fueron atravesados por lanzas, terriblemente torturados y quemados, aunque sobrevivieron a estos tormentos.

Así han sido los gemelos objeto de curiosidad, admiración, fascinación y respeto por algunas culturas, como de temor y rechazo por otras. De esta manera, su nacimiento era considerado como buen augurio entre unas tribus, pero en otras era tomado como una maldición. De una forma o de otra: acciones, desavenencias, tribulaciones y decisiones de los nacidos juntos, perdurarían en el recuerdo de las narraciones folclóricas y quedarían grabadas para siempre en la memoria de los pueblos.

En las mitologías de varios grupos humanos, a los gemelos se les considera formadores del mar y conquistadores de bienes culturales. A escala universal, frecuentemente se les hace participantes de la creación, o del surgimiento de la humanidad, confiriéndoles poderes sobrenaturales. En no pocos lugares del mundo, se les ha considerado transformadores del tiempo bueno en malo y viceversa, pues se relacionaba casi siempre: a uno de los hermanos como propiciante de la lluvia, y a otro causante del tiempo seco.

Gemelos renombrados aparecen una y otra vez de manera abundante, en las tradiciones orales del pueblo cubano, en casi todas ramas del frondoso árbol mitológico de la Mayor de las Antillas. Entre las creencias populares cubanas, está extendida la certeza que si un gemelo muere, el que permanece vivo debe recibir similar trato que el conferido al difunto, so pena de grandes calamidades. En la mitología taína, cuando el primero de los gemelos paridos por Itiba Cahubaba, descolgó la güira mágica en las que estaban lo huesos de Yayael convertidos en peces, “el agua llenó toda la tierra”.

Los gemelos en la mitología del aborigen cubano

Deminán Caracaracol (el Sarnoso), el primero en nacer de los cuatro gemelos engendrados por Itiba Cahubaba y de ellos el único nominado, tuvo un protagonismo importante en la cosmogonía de los últimos grupos aborígenes llegados al archipiélago cubano, en la etapa precolombina. Atrevido, irreverente y curioso, descuelga del árbol la güira que contenía los restos de Yayael, cae el recipiente de sus nerviosos dedos y rompe estrepitosamente, lo cual propicia su desparrame con abundante líquido y la mágica conversión del contenido en los primeros mares y peces del mundo aborigen. No contento aun con provocar aquellos excesos, de la guarida de Bayamanaco el iracundo, hurtó los secretos de crear el fuego y hacer el casabe, lo que le valió un guanguayo (escupitajo mítico) en su espalda, que luego se transformó en una joroba, de la cual sus hermanos gemelos extrajeron a Caguama, una mágica tortuga hembra, con la que todos ellos copularon para engendrar así a los primeros seres humanos. Se representa en idolillos como figura masculina con una gran giba en la espalda, bocas sin dientes y manos sobre las rodillas, tanto en cerámica, como en hueso o piedra.

Táyaba y Manatí eran los gemelos hijos de Masío y Mancanilla, la pareja primera y engendradora del resto de los seres humanos (especie de Adán y Eva de los indocubanos), que fueron creados ambos a su vez por Hullón (el Sol) y Maroya (la Luna), quienes ubicaron esta pareja en Okón (la Tierra) y les encargaron la compleja misión poblarla de seres nobles y aprovechar sus frutos. Cuando Masío y Mancanilla engendraron a los gemelos, el padre quiso nombrarles Agabama y Guaurabo, respectivamente, pero Mancanilla deseaba ponerles Táyaba y Manatí, por ello discutieron durante buen tiempo sin acuerdo, y como los jimaguas estaban destinados a regar los valles para conservar la productividad de las tierras, intervinieron en el desacuerdo Hullón y Maroya, quienes les aconsejaron denominarles Agabama-Manatí y Guaurabo-Táyaba, desde entonces estos dos ríos que bañan la región espirituana, tienen nombres compuestos.

Baibrama era para los aborígenes el cemí vigilante de la calidad del casabe, también de la salud y los cultivos. Castigaba a quienes descuidaban los sembradíos. Su excesivo celo le hizo ganarse el mote de "Feo y Malo" (Buya y Aiba), que por la mayoría de los investigadores se considera también como especie de desdoblamiento en gemelos. Algunos estudiosos concuerdan que en Cuba, a Baibrama se le conoce también por el nombre de Mabuya. Cuenta el mito que una vez, durante una guerra, en el comienzo de los Tiempos, Baibrama fue quemado y casi destruido por sus enemigos; rescatado por sus veneradores, lavado en gran ceremonia, con el zumo de la yuca, y por ello le crecieron de nuevo brazos, piernas, y brotaron sus ojos; de su cuerpo desapareció la piel afectada y el tizne de la quemazón, de modo que este numen recobró su antigua vitalidad. Se representa en idolillos pétreos, mediante figuras de rostro feroz y cuerpo extremadamente delgado, con costillas visibles.

Boinayel y Marohu, gemelos nacidos en la caverna de Iguanaboina. Hijos de la Serpiente Parada. Boinayel era el propiciador de las lluvias bienhechoras. Se representa, generalmente con ojos llorosos; otras veces en ídolos con ojos sesgados, de los cuales se desprenden hilillos de lluvia fertilizantes del suelo; también en pequeños ídolos de piedra; en decoraciones de vasijas de barro junto a su hermano; o en petroglifos de cavernas, entonces por lo regular solo. Su hermano Marohu, es deidad del tiempo despejado, sin lluvias. Causante de las temporadas secas, quien equilibra la acción de su mellizo lluvioso. Se le representa como un ídolo siamés, con su hermano pegado a él, aunque también a veces solo, con ojos ahuecados y boca sin dientes, muy esquematizado.

Taguabo (espíritu del agua) y Maicabo o Maitabó (de la seca), fueron idolillos encontrados en 1945 dentro una cueva de las cercanías del poblado de Banes, en la actual provincia de Holguín. En esta región existen creencias entre la población de origen campesino, de personas que conservan a Taguabo en un recipiente con agua y le hacen rogativas cuando no llueve, algunos incluso afirman, que si lo sacan del líquido elemento, la casa se quemará. Es un curioso caso de continuidad del mito aborigen, convertido en tradición popular campesina, que pudiera estar aun vigente en las afueras del poblado de Antillas, en la provincia de Holguín.

Según nos cuenta el conocido antropólogo James J. Frazer, en su obra, La rama dorada, existían varios lugares de Francia, donde era costumbre introducir un santo en recipiente con agua, para producir la lluvia. En diversos sitios de Navarra, España, se acostumbraba rogarle a san Pedro, para atraer la lluvia. Los aldeanos trasladaban su imagen al río en procesión, donde por tres veces le invitaban a concederle sus peticiones. Así como se hacía en Mingrelia, Rusia, donde zambullían una imagen especialmente santa, todos los días en el líquido elemento, hasta que llegara la lluvia. Incluso en el extremo Oriente, los shans riegan la imagen de Buda con el líquido elemento, en épocas de sequía para inducir el “llanto del cielo”.

Los gemelos, en la visión del catolicismo popular cubano

Cosme y Damián, son gemelos reverenciados por algunos de los creyentes católicos en Cuba, generalmente los de más avanzada edad. Siempre relacionados con la salud, existiendo incluso una oración relacionada con ellos. Estos hermanos, eran médicos provenientes de una distinguida familia eslava que luego de abrazar la fe católica, sufrieron cárceles y tormentos; fueron quemados y sumergidos en el mar, heridos con piedras y saetas, no obstante sobrevivieron por voluntad divina. Durante su existencia terrenal, devolvieron salud a los enfermos y fortaleza a los débiles de espíritu. Ambos fueron declarados en santidad oficialmente, por el máximo pontífice de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Santa Serpa y santa Porfiria; así como santa Justa y santa Rufina, han sido también gemelas reverenciadas por el cristianismo popular en Cuba. Justa y Rufina nacieron en la ciudad de Sevilla, en el siglo II de nuestra era. Eran de familia humilde, ambas hermanas vendían recipientes de barro cocido. Consideradas como fanáticas peligrosas por romper una vasija decorada con imagen pagana, fueron apresadas y torturadas para que abandonasen sus ideas, pero sus enemigos no lo lograron. Justa, murió en la cárcel sin abdicar de sus creencias y a Rufina, le aplastaron el cráneo con una piedra de gran tamaño. En Cuba, son patronas de los alfareros y su día se celebra el día 19 de febrero.


Concordancias significativas

Obsérvese la concordancia en el mitologema de los gemelos heridos, torturados y quemados: en el caso de la mitología Maya de Centroamérica, con los héroes gemelos, Hunahpu y Xbalanque; en la mitología aborigen antillana, con Baibrama, domesticador de la yuca, quien también es quemado, desmembrado y rescatado por sus veneradores, siendo regenerado con el sumo del citado tubérculo, que luego desdobla en los gemelos Buya y Aiba (Feo y Malo). Así como en las creencias del cristianismo popular, en las figuras de los santos Cosme y Damián, Justa y Rufina, también torturados, quemados y atravesados por saetas los unos y masacradas violentamente las otras, sin que lograsen hacerlos abjurar de su fe.


Los gemelos en el aporte afrodescendiente

Entre las corrientes de pensamiento afrodescendientes, que aportan extraordinario y profuso caudal al imaginario colectivo del pueblo cubano, los gemelos conservan gran significación.

"Entre los Abakuá"

Aberisún y Aberiñán son los gemelos albinos presentes en el relato de la sociedad secreta abakuá. . .

"Los Ibeyis de la Santería cubana"

Varón y hembra eran los Ibeyis, gemelos hijos de Changó y Ochún, pero criados con gran amor por Yemayá. Queridos por todos los orishas. Juguetones, golosos y traviesos, se les considera en esta línea de pensamiento devocional, patrones de todos los niños. Viven en el interior de la Palma Real. En la Regla de Ocha o Santería cubana, también se les conoce como: Taebo y Kainde (los más populares); también Araba y Aína (masculino y femenino); así como, Olori y Oroína. Aunque en otras ramas de la misma regla se les denomina con otros nombres, como: Alawa Kuario y Eddún; Ibbo Itagui e Idoú. Para algunos, los Ibeyis, son los patrones de los barberos y cirujanos en Cuba.

Los Ibeyis se representan a veces en la santería cubana, con dos pequeños muñecos tallados en madera, sentados sobre taburetes unidos por una cinta o cordel. El varón con un collar de Changó y la hembra con otro de Yemayá. Llevan dos pequeñas tinajas, cada una porta cuatro piedras y media mano de caracoles. Las piedras del macho son alargadas (en forma de falo) y las de la hembra en forma de vulva. Una simpática leyenda (Pattakí) oriunda de la cuna de dicho sistema de creencias, cuenta como vencieron al diablo bailando al ritmo del tambor, turnándose el uno con el otro, hasta rendir de cansancio al cornamentado y maléfico ser.

"Los mellizos del vodú"

Los Marassá (también Masá), son los gemelos del vodú, tal como se ha adoptado en sus variantes cubanas. Ocupan un lugar especial en esta corriente devocional, ya que pertenecen a una categoría particular de divinidades, “aparte” de los otros espíritus. Se dice que son más poderosos que los propios luases (dioses del vodú). Invocados y saludados (en algunos lugares) al comienzo de una ceremonia, los Marassá después la presiden. Según algunos autores, en una misma liturgia son conjurados por separado: los luases, los muertos, los Marassá y Dios.

"Entre los yurubas"

Entre las corrientes de pensamiento descendientes de los yorubas, en los secretos, intrincados y misteriosos caminos de la Regla Palo Monte, señorean los gemelos Ntala y Nsamba, que para muchos se consideran hijos de Siete Rayos y de Centella Endoqui.

La visión de los gemelos

Contemplada de esta manera, la visión de los gemelos en el imaginario popular cubano mantiene un carácter más bien simbólico en todas las épocas. Pueden vislumbrarse como figuras arquetípicas, que nunca mueren ni envejecen, con la eterna misión de comunicar enseñanzas más allá de preceptos religiosos e incluso filosóficos. En realidad, los gemelos en estos relatos mitológicos, se comportan como símbolos.

Al ser conceptuado todo simbolismo, como un proceso de mediación en función de un conocimiento concreto, puede inferirse que su carácter está en brindar una interpretación acorde al grado de desarrollo de la sociedad en que surge, provocando el establecimiento de patrones de conducta y comportamiento, para lograr con ello el acatamiento de una ética social del grupo que le acoge.

Las tradiciones filosóficas predominantes de Occidente, divulgadoras del punto de vista que la experiencia humana está basada en el concepto de las dualidades como oposiciones binarias (mente y cuerpo; masculino y femenino), pretenden vendernos la idea que el mundo está configurado en redes de fuerzas opuestas (dualismo cartesiano); lo que nos lleva sin lugar a dudas a un universo moral muy acorde a facilitar la división en fracciones, que solo sirven de cimiento sólido a los tortuosos caminos por donde han de llegar los carros de la guerra. Cuando la verdadera esencia que nos delegan estos mitos, es simplemente que: siempre seremos en esencia, contenedores de dos aspectos diferentes, de una misma y única realidad.

Las enseñanzas que nos han regalado los gemelos en esta visión del imaginario popular, es la imperiosa necesidad de equilibrio entre estos dos aspectos y las consecuencias de “lo que puede ocurrir cuando no existe este equilibrio.” Pero…, ¿cómo lograr esta armonía?, se preguntarán muchos. Esta misma visión multiétnica y polifónica nos está indicando, que cada cual tiene su propio camino para encontrarla. De esto trata el símbolo, de reducir los principios a hechos y condicionar al humano para su interpretación. Es por eso que cada pueblo del mundo posee su propia versión de los mismos temas.

Estos relatos míticos han estado presentes desde siempre en todo ser humano. Ya sea que se configuren en el plano mental y conformen en un inconsciente colectivo; o vengan con nosotros desde el nacimiento, en el más intrincado escondrijo del ser y pervivan en algún inexplorado rincón genético. Lo cierto es que, en sus símbolos están contenidos principios elementales que se eternizan, constituidos en una memoria ancestral. Una memoria inmanente, que bien puede ser el embrión de una temprana conciencia superior.


Gerardo E. Chávez Spínola, Fuente

Rivero Glean, Manuel y Chávez Spínola, Gerardo: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005. ISBN 959-242-107-2.


La caverna en la mitología cubana

La caverna fue clásico refugio de los primeros humanos. Sitio donde se conservó el primer fuego; donde el hombre pudo sentirse a salvo de la lluvia, del frío, del trueno y las fieras. Allí junto a las llamas, se transmitieron por vez primera, al mágico vuelo de la palabra -de bocas a oídos- los relatos destinados a convertirse en primeros mitos y leyendas. En las oquedades de la tierra fue, también, donde el hombre se reencontró en el ambiente oscuro, húmedo y tibio, simulador del vientre materno, y allí por primera vez halló el silencio, la paz y la posibilidad de entrar en el misterio del sí mismo.

Es la caverna mitologema universal. El mitologema puede verse como la condensación práctica de un discurso simbólico, que brinda inmediato sentido de significaciones analógicas con expresa concentración potencial, teniendo la capacidad de evocar valores indiferentes al espacio y al tiempo. Se convierte así el mitologema en algo trascendente a la prosa cotidiana y magnífico incitante a la asociación.

A través de diferentes épocas, y por siglos, los mitos antropogénicos de muchos pueblos han sido asociados al mitologema de la caverna. En la tradición mitopoética universal, la caverna tiene multitud de símbolos. Para algunos pueblos está conectada con la muerte, y para otros, con el nacimiento. Para algunos es recinto de lo diabólico y lo malvado, mientras que, para otros, lo es de lo sagrado y adorado.

Como vía dispuesta por la naturaleza para llegar a las entrañas de la madre-tierra, es, a la vez, la caverna útero geoprogenitor, concretado con la idea de “salida/entrada al otro mundo”, como también de concepción-nacimiento y reposo final. Las más antiguas civilizaciones tenían esta manera de ver la caverna. Así la adoptaron los primeros cristianos. En el sistema de creencias del cristianismo, el mitologema de la caverna es frecuente: La cueva es el lugar del nacimiento de Jesús, según el evangelio apócrifo de Tomás y no pocas veces continúa en escenas del niño sagrado en pesebres dentro de grutas, así como las Santas vírgenes aparecen frecuentemente relacionadas con alguna oquedad natural.

Desde el punto de vista místico, la caverna es el sitio donde el hombre tiene mejores condiciones para lograr su tono de ajuste con la naturaleza y por medio de este, conquistar el encuentro consigo mismo, con su “yo interno”. En el ámbito simbólico, es también la caverna ideario de la oscuridad (la ignorancia), como la luz lo es del conocimiento. Es por eso que, en no pocas mitologías, hay guardianes (simbolizan los tabúes, las reglas) en las bocas de las cavernas involucradas, ya sea porque son entradas al inframundo, o accesos a lugares de unión madre-tierra con padre-cielo.

Varios de los grupos humanos que habitaban en el archipiélago cubano antes de la llegada de los colonizadores españoles acostumbraban a realizar enterramientos funerarios en cavernas y sus mitos estuvieron también muy ligados a éstas.

Los mitos y leyendas contenidos en la memoria colectiva del pueblo cubano, incorporan de manera insistente este mitologema universal, haciéndole tomar carta de ciudadanía y manteniéndole presente en las tradiciones mitopoéticas del folclor, a todo lo largo y ancho de La Mayor de las Antillas. Muestra de ello brinda esta somera e inacabada selección temática, extraída del Catauro de seres míticos y legendarios, como tópico de investigación en ciernes.

La caverna en los mitos y leyendas del aborigen cubano

Para los grupos aborígenes cubanos llegados al territorio insular a través de las Antillas Menores, que tuvieron contacto con los escasos cronistas de las expediciones colonizantes, Iguanaboina, era la caverna donde habían nacido el Sol (Hullón) y la Luna (Maroya), así como los gemelos Boinayel (el cemí de la lluvia) y Marohu (la sequía).

Para los primeros habitantes de la isla llamada por Cristóbal Colón, La Española, de donde se cree arribaron los últimos grupos arauacos a Cuba: “al principio de la creación había dos cavernas ancestrales, Cacibajagua y Amayauna, donde habitaban; en la primera los arauacos en la segunda, los sin valor (no arauacos)”. De ambas, solo se podía salir de noche. Esta versión del mito cuenta que a Macocael (el carente de párpados) le fue encargado sacar a los hombres de esta situación, pero falló en su intento.

En la otra versión, conocida como el mito de Guagoniana, que viene de la parte de la mencionada isla, donde ahora está Haití, se cuenta de dos cuevas en las elevaciones de Cautá, en la cual moraban los hombres primeros. Macocael (también Macacoel), custodiaba la entrada, pero fue sorprendido en un descuido por Hullón, imponiéndoles a los hombres a causa de aquella falta, el castigo de quedarse sin mujeres. Aunque algún tiempo después, apremiados éstos por la urgencia, solicitaron la ayuda del pájaro carpintero, reverenciado como Inriri Cahubabayel, quien se encargó de abrir el sexo a ciertos seres asexuados y retornaron a los días felices.

Entre los personajes míticos de aquellos aborígenes que habitaron lo que ahora serían las provincias más orientales del Archipiélago Cubano, estaba Mautiatihuel, el cemí hijo del alba, cacique de la región imaginaria del amanecer, encargado de avisar a los primeros hombres que Maroya retornaba a la caverna Iguanaboina y también anunciar la llegada de Hullón, por tanto, debían regresar a la espelunca originaria, pues el permiso para estar afuera caducaba. A Mautiatihuel se le representaba en el interior de las grutas, como sol radiante o como “dos-en-uno”, a la vez Sol y Luna.

Ha estado la caverna presente también en muchas de las leyendas aborígenes, como las de: Orelia y Guanarí, que se desarrolla a orillas del río Mayabeque, donde el cruel Larino arrebata la vida a Guanarí, pensando adueñarse de la fiel Orelia, pero ella sale en busca de su amado para encontrarle, ya cadáver, en la misma caverna donde de inmediato se privó del vivir la desdichada indocubana; o lo sucedido antes de la fundación de la villa de Trinidad, en la actual provincia de Cienfuegos, donde el cacique tenía una linda hija, llamada Caucubú, que tuvo la desgracia de ser escogida en concubinato por un mandante español, sin contar conque el corazón de la hermosa aborigen latía por Naridó. Pero ella logró escapar y refugiarse en la cueva “La Maravillosa”, aunque de poco le valió, puesto que en represalia fueron muertos su padre y su amado.


La caverna en las leyendas de la religiosidad popular

“El diablo de La Cantuja”

Esta leyenda trinitaria, afirmaba que durante los primeros tiempos de esta villa, había una cueva llamada “La Cartuja”, de la cual creían era la boca del infierno, por donde el satánico personaje entraba y salía a su antojo. Cuando Lucifer se enamoraba de alguna doncella de la localidad, enviaba huestes demoníacas para apoderarse de su alma y conducirla hasta sus dominios, donde la hacía su mujer. Así lo hizo con Maniai.

Se cuenta que a pesar de los esfuerzos exorcistas del cura de la villa, el cuerpo de la joven, después de un irreverente espectáculo demoníaco, fue a parar a “La Cartuja”, donde nunca nadie pudo encontrarla.

“El Cristo de la Cueva”

Durante el primer tercio del siglo XIX, en la ciudad de Matanzas, existió un rico hacendado, nombrado don Pedro. En su hacienda había crecido una esclava, que ya era adolescente y hermosa, a quien llamaban Isabel. De toda la dotación, la más querida por su amo.

Tenía el acaudalado señor a su hijo Fernando estudiando en la capital. Durante unas vacaciones en la hacienda, a la bella Isabel se le encargó llevarle al señorito el desayuno, lo que trajo por consecuencia, candentes retozos mañaneros y la preñez de la mimada esclava. Cuando la alegría del sexo inflamó su vientre de ébano, Isabel huyó de la casa y se refugió en la cueva del Indio, cerca del abra del río Yumurí, donde desvalida y solitaria clamó desesperada a Dios por ayuda. Sobre la cabeza de la parturienta ocurrió el milagro: una negra cruz apareció de pronto incrustada en la roca, y en ella, con sus brazos abiertos, la imagen de Jesús. Con los primeros llantos de la criatura, el Cristo, sobre los negros maderos desapareció, hundiéndose con la cruz en la roca.

Furioso, don Pedro mandó a ensillar su caballo, luego de enterarse donde se refugiaba la consentida. Látigo en mano, hizo su entrada en la cueva. Al verlo, Isabel comenzó a pedir perdón, mientras se protegía entre sollozos la cara con sus bracitos, presintiendo el primer latigazo, cuando una extraña y refulgente brillantez brotó de la pared de la caverna. La negra cruz emergía de la roca. El crucificado esta vez desclavó sus manos, para extender los brazos protectores sobre Isabel y su criatura.

El acaudalado señor regresó llevando a Isabel y su cría a grupas, en su propia bestia. Liberó madre e hijo, y les envió a una de sus fincas, tomando la decisión de adoptar al niño como hijo suyo.


“Los demonios del vodú ”

En las cuevas habitan los demonios del vodú. Para los practicantes y sacerdotes de estos rituales, tal como se ejercen en Cuba, existen tres figuras demoníacas: djab, lugán y demón; los dos primeros son muy parecidos, pero el último es “otra cosa”, mucho más terrible y maléfico. Afirman ellos que, debido a la malignidad de las fuerzas convocadas durante el rito demoníaco, los miembros de la comunidad asistente deben ir adecuadamente protegidos y comportarse cuidadosamente.

“La cueva de la Loma del Júcaro ”

También en una caverna, conocida por “la Cueva de la Loma del Júcaro”, en el año de 1925, en Holguín, se realizó el hallazgo de un ídolo de madera, al cual denominaron Taguabo, y otro de piedra al que llamaron Maicabó, por medio de los cuales Alejandro Reyes Atencio, más conocido en la región por Nando, estableció el basamento de una secta religiosa, que perduró por más de treinta años. Fueron para los pobladores de dichas tierras, los númenes a quienes habría de rogarse para el buen desempeño de las benefactoras lluvias, o el retiro de las siniestras sequías.


La cueva en las leyendas y narraciones del folclor popular

La cueva del indio triste”

Narra esta leyenda un viejo cazador de venados que se perdió en el monte, mientras iba cabalgando desde Juragúa, al poblado de San Jerónimo, en la actual provincia de Cienfuegos. En su desespero, encontró un trillo angosto que se adentraba en el monte, por el cual llegó a una precaria vivaquera de guano, en la cual se encontró con un indio desnutrido, viejo, de cara triste y completamente desnudo, que venía de la espesura, con un tronco para leña en sus hombros. No hablaba español este sujeto, pero comprendió su situación. Tomó de las riendas el personaje a la bestia y le sacó hasta un lugar conocido, desde el cual pudo regresar el extraviado. Aseguran los lugareños, que cuarenta años después de la aventura de aquel que lo viera por primera vez, se encontró una cueva con los restos de techumbre de guano y algunos objetos reconocidos como indocubanos, donde también se hallaba el esqueleto de un indio, que se cree fuera aquel.


“La cueva de los monos”

Es conocida en la actualidad como “Cueva Número Uno” de Punta del Este, en la semidesértica y apartada región del sureste de la Isla de la Juventud, (antes “Isla de Pinos”). A principios del pasado siglo XX, le llamaron “Cueva de los monos”, a causa de una familia que allí vivaqueaba. Sobre el extraño comportamiento del mencionado grupo humano, se contaban los más turbadores relatos, pues no se dejaban ver habitualmente y los motivos de sus misteriosas apariciones daban origen a fantasiosas murmuraciones. Posteriormente la caverna fue ocupada en 1920, por el incivilizado Antonio Isla. Aunque leyendas más recientes, han expuesto curiosas fabulaciones sobre raras y nocturnas apariciones de un hombre con rostro negro y brillantes ojos.


“El rapto de la Pelúa de Morón”

Esta leyenda narra la desaparición de un haitiano que cazaba jutías en el lomerío del espeso monte cercano al poblado, que, en aquel entonces, estaba enclavado donde hoy se encuentra la ciudad de Morón. Este individuo estuvo perdido por toda una semana, sin que nadie pudiese dar fe de su paradero. Cuentan que hizo aparición en el pueblo a todo correr, la piel blanqueada del miedo y los ojos más que abiertos del terror. Relató que había estado prisionero de “una monstruosidad”, la cual describió, como “mujer cubierta de pelos”, que bien podría medir entre 7 a 8 pies de altura. Describió el susodicho, como fue introducido a la fuerza en una cueva por esta “pelúa”, quién colocó con gran agilidad una enorme piedra obstruyendo su entrada.

La mencionada dama salvaje, lo alimentaba a diario con abundantes plátanos maduros que ella misma recolectaba. Cuenta además, que le pisoteaba los pies intencionalmente, para que no pudiera escapar de la espelunca. Aunque siempre quedó a la imaginación de los oyentes, a qué dedicaban su tiempo dentro de la caverna, el secuestrado y la secuestradora, pues nunca fue relatado este aspecto por el aludido.


“Felipe Blanco, el tapiador de cuevas”

Por el año 1830, la llamada Isla del Tesoro (después Isla de Pinos, actualmente Isla de la Juventud) con su escasa población y carente hasta ese entonces de atención por parte de la metrópoli, era cubil de piratas y evadidos de la justicia. Felipe Blanco fue un conocido vecino, nacido en dicha ínsula, en la finca La Cisterna, en el año de 1834, donde prosperó como ganadero. Se cuenta que tenía la costumbre de apostillar sus afirmaciones con la frase: “que lo digo yo”.

Desde 1868 al 78 la guerra de los mambises contra la metrópolis se recrudecía. El gobierno español, si no fusilaba a sus prisioneros, les enviaba a la mencionada Isla. la mayoría vivaqueaba en las cuevas y grutas de la geografía insular, sin techo, cama, ni comida. El alimento lo conquistaban por las noches, sacando yucas de algún sembradío, matando una ternera, o un cerdo de corral. A las quejas continuadas de los vecinos, las autoridades españolas ordenaron a los terratenientes que tapiaran todas las cuevas.

Felipe Blanco, afectado quizá por estas depredaciones y tal vez hasta temeroso de la represalias del mando militar español, procedió a tapar estas oquedades y tocó la causalidad que se destacó de entre todos por su meticulosidad en la encomienda, cuando estaba en plena fama el rítmico sucu-sucu, que se reconoce hoy como expresión musical típica del guajiro pinero. Lo que le llevó a la fama al ser objeto de una tonada que le convirtió en leyenda. Desde entonces, se escuchaba por doquier: “Ya los majases no tienen cuevas / Felipe Blanco se las tapó / se las tapó, se las tapó, se las tapó / que lo vide yo”. La historia fue contada y recontada de las más variadas maneras, para al final perderse en uno de esos vuelos que la palabra acostumbra, de una boca a un oído, perdurando solo el estribillo del famoso sucu-sucu. Después solo se conoce que este personaje falleció el 2 de julio de 1917, a los 87 años, en la misma isla de las cuevas que ayudó a sellar.


Una caverna de ciencia ficción

Pero la caverna continúa presente en la actualidad, señoreando en el universo confabulante del cubano que habita el tiempo presente, donde una inquietante investigación nos lleva hasta “La cueva de Ambrosio”, enclavada en la región de Varadero, en la provincia de Matanzas, lugar en el que el licenciado Carlos Andrés García Rodríguez, escultor, cineasta y apasionado investigador de la criptosemiótica, o sentido oculto de los mensajes del arte rupestre, ha decodificado algunas de las pictografías plasmadas por manos aborígenes en sus paredes, desde tiempos pretéritos, mediante rigurosos métodos geométricos y el empleo de programas digitales.

Aquí la caverna, lugar sagrado, se torna en archivo de secretos expedientes, nunca hasta hoy revelados por la ciencia. En estos pictogramas se encuentran reflejados artefactos totalmente fuera de época y lugar, como lo eran maquinarias, variadas armazones y mecanismos de tecnología muy superior a la etapa histórica de los indocubanos, pero sin duda vistos por aquellos aborígenes y manifestados a su manera, con limitada comprensión, pero inusitado y sagaz realismo. Aunque existen las acostumbradas discrepancias, entre los diversos grupos de especialistas sobre tal interpretación, la tesis del temprano paleocontacto cubano, causa sin duda lógicas perturbaciones, ante la posibilidad real de una investigación que puede remover las bases de la historia, tal como la conocemos hoy día.

Ya sea contenida simplemente como elemento atrayente en la ambientación del relato, formando parte de la trama principal, a veces incluso como protagonista en sí misma, la caverna ha permanecido desde siempre en los más impresionantes y misteriosos relatos del folclor cubano. De manera que el mitologema de la caverna pervive en la memoria colectiva del pueblo, desde la primigenia Iguanaboina que trajesen consigo espiritualmente los taínos llegados de “La Española”, hasta “La cueva de Ambrosio” con sus pictografías del paleocontacto cubano, que inevitablemente proyectan nuestro pasado, al futuro.

Gerardo E. Chávez Spínola, Fuente

Rivero Glean, Manuel y Chávez Spínola, Gerardo: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”, La Habana, 2005. ISBN: 959-242-107-2.



Mujeres santificadas, veneradas y bendecidas del imaginario popular cubano

Siempre existieron mujeres para las cuales el alma vivió de dar. Si alguna vez fuéramos a comprender sus vidas, destinos y azares, alcanzaríamos a percibirlas como siguiendo, afanosamente, algún cauce inexorable hacia una de las caras de la verdad, que se nos revela enternecedora y terrible al mismo tiempo. Consumaciones, esperanzas y desesperaciones ante las cuales, sin entenderlas, quedaríamos perplejos; presos de incredulidad, o perturbados por emociones encontradas, sin poder traducirlas en ideas.

Quisiéramos entonces creer que los tiempos y angustias de estas mujeres no pasaron en balde, porque algo quedó de ellos en aquella memoria del alma que los pueblos dejan estar consigo, y guardan con cariño a través de los tiempos. Difícil y complejo sitio para llegar a posesionarse, porque solo les transportan a este espacio–tiempo en esa memoria espiritual, quienes puedan comprenderlas e identificarse con aquella porción de la verdad brindada por ese conocimiento extraño, no adquirido. Aquel que primero debe ser redescubierto y luego reconocido. Ese saber del alma, que seca el pensar y obliga a pegarnos, como se pega el sediento al escaso hilillo de agua bajo la dura roca, con el desespero de no poder romperla, para beberla y poder saciar la sed de una vez y por todas.

Algunas de estas mujeres, cuyas almas se sostuvieron de dar, también nacieron y vivieron en Cuba. En su paso por la vida, las circunstancias y sucesos en los cuales se vieron envueltas, les llevaron a ser veneradas, santificadas y bendecidas por no pocos de los diversos grupos humanos que en sus tiempos conformaron la población creyente de nuestro país.

Los cultos y doctrinas predominantes, el interés de los medios de difusión masiva por vender, sumados a la ética comunitaria de sus épocas, dieron confirmación y validez a este lazo, entre la persona divina y la humana. Lo que les llevó a esta especie de canonización popular, que la iglesia católica como institución siempre reprobó; a las cuales solía definir, como supersticiones del vulgo. Mas lo cierto y verdadero es que estas mujeres alcanzaron, sin duda alguna, extraordinaria notoriedad y seguimiento por parte de los más variados grupos de la población creyente, quienes les atribuían diversos poderes milagrosos.

Aunque para algunos observadores estas atribuciones fuesen producto de rezagadas supersticiones y ancestrales costumbres, y para otros estuviesen relacionadas con casos de mesianismo y diversos trastornos psíquicos, para sus seguidores, estas mujeres veneradas, eran capaces de conceder deseos, ejecutar milagros, incluyendo la sanación de disímiles dolencias, otorgar ayuda espiritual y otras virtudes extraordinarias, lo que generalmente hacían sin interés material alguno, pues en la mayoría de los casos, tuviesen o no los poderes que se les adjudicaban, fueron personas que dedicaron sus vidas a servir a los más necesitados, con amor y verdadero altruismo. Es así como ha querido presentarlas este humilde cronista, quien desde hace mucho tiempo bien conoce, previene y afirma, que nunca ha sido ni será, dueño de la verdad absoluta.

Ma Dolores y la Poza del Ángel

Ma Dolores era una negra vieja gangá, famosa curandera, que vivía en la finca Cabarnao, a mediados del siglo XIX, en Trinidad, Provincia de Las Villas, en la zona central de Cuba. En su bajareque, ofrecía sanación a los enfermos y tenía allí su templo consagrado a un culto afrodescendiente. Con el tiempo, su fama trascendió la comarca y Ma Dolores se convirtió en la última esperanza para los enfermos desahuciados por la ciencia de aquella época. Realizaba milagrosas curaciones aplicando saliva y paños mojados, cuya efectividad se debía a las condiciones especiales del agua de un manantial próximo al bohío, que aún se conoce con el nombre de “La Poza de Ma Dolores”.

Según cuenta el historiador trinitario Emilio Sánchez en su libro Tradiciones trinitarias, la vieja esclava había sido liberada por su dueño a causa de una enfermedad en estado terminal, que le provocaba continuos vómitos de sangre, con los que sin quererlo, manchaba la ropa que debía lavar. Cuando la tiraron en aquel apartado sitio, tenían la seguridad que en pocos días sería cadáver. Pero cuentan que se le apareció un ángel, bendijo el agua de la poza, y le indicó que la tomara para sanarse.

Los más viejos habitantes de aquellos parajes, aseguran que fue acusada como conspiradora, por ayudar a mambises heridos y condenada al fusilamiento. El día de su ejecución, en la sabana conocida por “Mano del Negro”, ante la muchedumbre desconsolada que esperaba el desenlace, sucedió que en el momento de dar la orden de fuego al pelotón de fusilamiento, llegó a todo galope un oficial español portando el edicto oficial, donde se le conmutaba la pena por el destierro en La Habana. No pocos aseveran que aquel oficial era el mismo ángel bendecidor de la anterior aparición. Durante mucho tiempo esta leyenda perduró en la región. Después de la desaparición física de Ma Dolores, se realizaban peregrinaciones a la Poza y actos de fe por sus devotos y seguidores, con tan profundo fervor, como si hubiese sido una santa.1


Leocadia, la médium maravillosa

Leocadia Pérez Herrera fue la médium, a través de la cual el Hermano José (fallecido ya desde hacía muchos años), podía ejercitar diferentes proyecciones: desde guía y consejero de médicos, científicos, maestros, estudiantes, hasta sacerdote y negro congo. Pero curiosamente, Leocadia no era espiritista como muchos puedan pensar, sino devota católica. Sus seguidores consideraban a esta médium como milagrosa, al ser ella portadora espiritual de aquella manifestación que ejecutaba con su accionar de consulta, un milagro detrás de otro.

Se contaba que en la casa de Leocadia, donde eran efectuadas las sesiones espirituales, cierta vez colocaron una gran pintura del Hermano José, obra de uno de los seguidores a quien, según algunas versiones afirmaban, el sacerdote se le apareció, varios años después de fallecido, para que lo pintara y así los devotos observaran a su guía. Afirman que esta obra fue mostrada a varios clérigos que le conocieran en vida y llegaron a asegurar, que el retrato era de extraordinario parecido al personaje, aunque el pintor nunca le conoció, ni tuvo oportunidad de ver su imagen anteriormente. Existen algunos relatos afirmando que, en varias ocasiones, se le tomaron fotos a la pintura, pero estas no quedaron bien, solo podían apreciarse manchas en el papel. Nunca pudo ser reproducida.

Al fallecer Leocadia, fue sepultada con este cuadro, como ella deseaba. Personas adineradas, así como gente de pueblo, con bajo nivel económico; blancos, negros y mulatos, eran atendidos por igual, por la famosa médium. Jamás fueron cobrados sus servicios, ni en moneda, ni en objetos, ni en valores, ni en favores. Se cuenta que en sus funerales estuvo presente el gran cantautor cubano Bola de Nieve. Fue sepultada en la necrópolis de Colón, el 3 de junio de 1962, en el cuartel SE 18 Campo Común. Y según refiere Teresita Aloy, historiadora de la mencionada necrópolis, allí acuden aún los seguidores después de su muerte, incluso vienen desde Miami, Puerto Rico y República Dominicana cada 19 de marzo, día de San José, cuando arriban al panteón a solicitarle ayuda, consejo, o demostrarle agradecimiento, como si fuera ella misma una santa. Ese día se ha vuelto costumbre depositar en la tumba grandes ramos y coronas de las más hermosas flores, mientras músicos profesionales ejecutan un portentoso y apasionado toque de violines.2


Antoñica Izquierdo, “La virgen de los Cayos”

Antoñica Izquierdo González fue una célebre sanadora por la década de los años 30 del siglo XX. Sin ninguna intención, se vio envuelta en una sucesión de acontecimientos, que dieron inicio a uno de los movimientos más trascendentales de Cuba, basado en la curación mediante el agua. Residió y ejerció su actividad milagrosa en la localidad del barrio de Cayos de San Felipe, Pinar del Río. En realidad fue una campesina pobre e inculta, pero con una gran sabiduría y bondad natural. Su historia comienza desde el momento en que estando desesperada por la fiebre alta y persistente de su hijo, escuchó una voz indicándole que lo sumergiera tres veces en el arroyo cercano, mientras que en su mente se le aparece la imagen de la Virgen María, quien le asegura que su hijo vivirá. Hizo ella lo indicado. El niño quedó curado y saludable. Luego de este milagro, de nuevo se le aparece la Virgen, pero en esta ocasión otorga a Antoñica dotes para curar a todos, con la única condición de no cobrar a nadie, ni hacerlo por interés, todo debía quedar como pago y sacrificio a llevar por la salud de su hijo. Es en este momento que ella segura que “la Virgen le pidió que nunca hiciera uso de medicinas, sino solo de agua”.

La prédica de Antoñica incluía, además de la curación, un apoyo espiritual y una guía de vida que incluía: “no tener vicios, no revelarse contra el gobierno de los hombres, aislarse de la actividad política, no inscribirse en los censos electorales, ni votar y no ir a recibir educación”, pues según ella afirmaba: “el sistema enseñaba a explotar a los demás”. Allí acudieron, desde muchas partes de Cuba, personas de todas las razas, sexo y edades por centenares cada día. La inmensa mayoría dormía por varios días a la intemperie, hasta poder recibir de ella, los milagrosos baños de agua.

Uno de sus pacientes sanados en milagro, fue el hijo de Félix Rodríguez Paula, el campesino que luego fundara “la secta de los acuáticos”, quien impactado por la cura de su vástago, se internó con su familia en un paraje de la sierra de Viñales. Desde entonces, sus descendientes conviven sobre la base de las curas con agua de un manantial cercano y las prédicas de Antoñica Izquierdo. En 1971, se produjo por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas, el filme Los días del agua, del director Manuel Octavio Gómez, que a su modo rememora los acontecimientos alrededor de esta legendaria mujer.3


La Milagrosa del Cementerio

Leyenda habanera que aborda la historia de una mujer fallecida de parto, quien fuera sepultada con la criatura a sus pies. Años después se creó el rumor que, al efectuar la exhumación del cadáver, el cuerpo estaba conservado y sostenía en brazos al bebé momificado. Hay versiones que cuentan cómo, al abrir el féretro, la tapa en su interior estaba arañada por las uñas de la fallecida. A partir de ese momento se sucedieron numerosas visitas de creyentes a su tumba, quienes aseguraban que sus plegarias eran escuchadas y complacidas por la occisa.

En la actualidad la leyenda continúa y la tumba es visitada por mujeres solicitantes, que le ruegan, más que nada, la posibilidad de tener hijos. Sobre el panteón, una hermosa estatua de mármol perpetúa la memoria de una madre con su retoño en brazos, cuyo rostro creó el famoso escultor cubano José Villalta de Saavedra, a partir de una foto de la protagonista.

La historia real se atribuye a Amelia Goiri de Adot, hija de los marqueses de Balboa, que murió en esta capital el día 3 de mayo de 1901, a consecuencia de una complicación en el parto. Al fallecer tenía 22 años y su deceso ocurre a un año de su matrimonio con el Sr. Vicente Adot Rabell, quien regresara de la guerra de 1895, con el grado de capitán mambí. Estaba tan enamorado de su esposa, que se trastornó su razón. Guardó luto hasta la muerte, y se cuenta que visitaba su tumba dos y tres veces al día, dando tres toques en el mármol con una de las argollas lapidarias, para despertar a su amada y platicar con ella. Siempre se retiraba sin darle la espalda a la sepultura, lo que posiblemente llamara la atención de la gente, dando pie a la leyenda.

Lo cierto es que “La Milagrosa” aún es venerada con profunda fe por cientos de creyentes, quienes agradecidos por la concesión de sus peticiones, colocan ofrendas, flores, piezas de canastilla, objetos relacionados con la crianza de bebitos y en, no pocos casos, donativos monetarios. Pero la tumba de Amelia Goiri nunca está sola. Con inmenso amor, en obra de fe y con la autorización legal de la familia de la fallecida, “alguien”4 que ha hecho ya, del eterno agradecimiento a la otorgadora de milagros, una misión que vino a purificar su vida, permanece cada día junto a la tumba, para cuidar que estas donaciones tengan nobles fines de beneficencia.5

Irma, la estigmatizada

Nacida en el humilde poblado pinareño de Consolación, Irma Izquierdo realizó sus primeros estudios en la escuela católica del “Sagrado Corazón de Jesús”, donde recibía clases de catecismo y varias veces pudo desarrollar sus aptitudes artísticas, representando el personaje de santa Verónica, en las actividades religiosas de su pueblo. La función de esta santa era secar la sangre y el sudor de Jesús, en su camino al calvario.

A los 19 años comenzó a experimentar algunos cambios extraños en sus actitudes cotidianas; perdió el apetito y se negaba a ingerir alimentos, dicen que tan solo probaba algunos sorbos de vino, que acompañaba con pedacitos de pan. Lo único que tenía en su mente era la proximidad de la celebración religiosa. Cuando llega la Semana Santa del año 1956, Irma acapara las primeras planas de todos los periódicos cubanos. Fue entonces que comenzó a llorar sangre. Le brotaron las marcas en la piel. Se hicieron presentes las señales de los clavos en ambos pies y manos; los hematomas y verdugones en la espalda y brazos, como si hubiera recibido latigazos; otros enrojecimientos formaban cruces en sus piernas. Pero de todos estos estigmas, lo más asombroso era, un perceptible y notorio letrero en ambos muslos con la inscripción “INRI”, la misma que fuera puesta por los judíos en la cruz de Jesús de Nazaret.

Cuando estos fenómenos comenzaron a tener impacto notorio entre los creyentes cubanos, Irma solicitó que le construyeran una gran cruz con madera de troncos de árboles, lo más similar posible a aquella en la cual se dice fuera Jesús martirizado. Cuando se la dieron, se la echó al hombro y partió en peregrinación, cargando la pesada armazón, caminando con ella desde su pueblo natal, hasta la Ermita de la Caridad del Cobre, en el otro extremo de la Isla de Cuba. Para lo cual hubo de recorrer unos 900 kilómetros, llevando siempre detrás una multitud variable en número, que por tramos le acompañaba en actitud solidaria con esta penitencia. Para muchos de ellos, Irma era una santa, a quien en lo adelante se debía un altar en cada iglesia.

La noticia no demoró mucho en trascender a la prensa cubana. La revista Bohemia, una de las más leídas en aquella época, hizo un reportaje con fotos y detalles. La radio y la naciente televisión recogieron varias de estas incidencias, que luego llegaron a toda Latinoamérica y se hicieron eco de ellas los noticieros de varios países.


Lo terrible, lo simbólico y el misterio de lo sagrado

Se manifiesta lo terrible al final de las vidas de estas mujeres. Con Ma Dolores, la de La Poza del Ángel, nunca se sabrá en la realidad histórica lo que ocurrió ante el pelotón de fusilamiento: si el angelicado jinete fue real, o fue creado por la imaginación popular, por no poder resistir el horrendo final de aquella descarga cerrada de fusilería, despedazando el cuerpo de la bondadosa negra. En el caso de Antoñica Izquierdo, con sus prédicas adquirió, sin pretenderlo, cierto liderazgo entre los humildes y los campesinos, lo que ante la mirada de los políticos la convirtió en una rebelde. Las autoridades médicas y los politiqueros de la época, lograron recluirla en el manicomio de Mazorra, en La Habana. Donde luego de someterla a estudios, fue determinado por los galenos Portell Vilá y Pedro Pubiña, que era una paranoide de carácter místico y estaba poseída por “locura sublime”. No obstante ser pacífica y totalmente inofensiva, quedaba en reclusión definitiva “La virgen de los Cayos”, hasta que fallece en la mencionada institución, el 1ro de marzo de 1945, por causa directa de ascitis e indirecta de sicosis paranoide.6 En cuanto a Irma, La Estigmatizada, solo sabemos que emigró a Miami y allí transcurría tranquilamente su vida. Pero hubo casos similares, como el de una mujer que lloraba sangre, quien a los 44 años de edad, ingresó en el Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínico Quirúrgico Docente "Miguel Enríquez" de La Habana, con fiebres de una infección. La evaluación psiquiátrica realizada durante su ingreso, planteó la existencia de depresión con rasgos de ansiedad y reafirmó el trastorno de la personalidad diagnosticada en estudios previos.7

Es de notar que uno de los casos más trascendentes de estigmatizadas, tal vez el más conocido de los últimos tiempos, fue el de Teresa Neumann, una mujer alemana de 21 años, para algunos señalada como la primera estigmatizada conocida en el siglo XX. En 1919 quedó ciega y con una paraplejia, después de haber realizado varios esfuerzos físicos fuertes y de algunas caídas. El diagnóstico médico fue de histeria. Poco después desaparecieron bruscamente, la ceguera en 1923 y en 1925 la paraplejia, hechos que coincidieron con las fechas de beatificación y canonización, respectivamente, de Santa Teresita del Niño Jesús. Un año más tarde, en 1926, mostró por primera vez los estigmas que se consideraron semejantes a los que tenía Cristo crucificado. Se dice que después, cada viernes, caía en trance y lloraba lágrimas con sangre.8

En cuanto estos fenómenos, enfocados desde el punto de vista sociológico, para muchos estudiosos de estos temas, las manifestaciones comentadas operan generalmente en aquellos sectores populares donde la vida es más difícil, llena de privaciones y desengaños, por lo cual está en estricta relación con la religión. En ellos, las mencionadas creencias funcionan como especie de superación simbólica de sus problemas, ya que contribuyen a afirmar la trascendencia de los valores éticos encarnados de sus personajes, valores en algún grado definitorios de la identidad cultural de estos colectivos humanos, con capacidad para funcionar como legitimación de pretensiones y derechos a nivel social. Porque la unidad de una cultura proviene, también, del sistema de esperanzas y desesperaciones que en ella se proyecta.

Como dato interesante, sería bueno no pasar por alto que en casi toda Latinoamérica tuvieron o mantienen su espacio devocional, personajes con similares características a las de estas mujeres santificadas y bendecidas del imaginario popular cubano. Ya sean sanadores y sanadoras, consultores y consultoras, carismáticos patriarcas y matriarcas, o veneraciones como el culto a “La Pachamama”; las devociones a “La Difunta Correa”; a “San La Muerte”; los “gauchos santos” y otros muchos de la misma forma canonizados por la devoción popular. Cultos sin doctrinas, iglesias ni sacerdotes, venerados familiar o individualmente, pero con el extraordinario fervor que evoca e invoca la pervivencia tal vez, de una ancestral memoria, cuyos orígenes a veces se nos extravían más allá del misterio de lo sagrado.

Nota: Gerardo E. Chávez Spínola

1. Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola, pp. 333-334.
2. Op. cit, pp. 318-319.
3. Op. cit, pp. 53-57.
4. N. del E. Esta persona solicitó al autor de estas líneas, guardar anonimato sobre su identidad.
5. Op. cit, pp. 376-378.
6. Op. cit, pp. 53-57.
7. “Síndrome de Gardner-Diamond. Presentación de un caso”. En: Revista Cubana de Hematología, Inmunología y Hemoterapia.
8. Ibídem.


Tres duendes de la mitología cubana


Para las mitologías de los antiguos pueblos europeos, los gnomos (duendes) eran criaturas pequeñas de figura humana que generalmente habitaban en cuevas, bajo tierra, o en los troncos de los árboles del bosque. Su tamaño siempre era pequeño y en las múltiples versiones de los diferentes pueblos y regiones podía ser, desde unos pocos centímetros, hasta la estatura de un infante de pocos años. Estaban estos seres dotados de disímiles atributos mágicos y a veces, de una fuerza sobrenatural (1) 199.

Las tradiciones folclóricas de casi todos los rincones del mundo poseen estos personajes mitológicos enanos, aunque sus nombres y propiedades son tan variables como lo pueden ser su aspecto corporal, vestuario y actitudes. Unas veces aparecen como espíritus del bosque, otras como guardianes de algún tesoro subterráneo. Por ejemplo, entre las tradiciones mitopoéticas de los antiguos prusianos, bajo al árbol del saúco, habitan Puskaits y los gnomos Barzduki y Markopoli, que se encuentran a su servicio (1) 381.

El fértil e inagotable imaginario cubano, siempre ha tenido sus propios duendes. De todas las criaturas fantásticas del monte, hay tres que se han ganado el récord de permanencia en la memoria folclórica. Es posible que posean características comunes a las de algunos duendes europeos, pero conservan sus propias cualidades, atributos y conductas que les hacen poseedores de los más criollos rasgos.

Chicherecúes, babujales, y güijes, vienen a ser los tres tipos de duendes más conocidos que posee la mitología cubana, aunque en la actualidad mucha gente les confunde, porque tienen de común el color negro de la piel y la estatura pequeña. Pero son entidades diferentes y han venido a ocupar lugar de privilegio entre las criaturas fantásticas de la mitología cubana. Estuvieron reinando por siglos en montes, ríos, lagunas, cañadas y sabanas, donde el imaginario rural les brindó cobijo y rindió el más prolongado tributo recordatorio.

De las abundantes, peculiares y valiosas leyendas que fueran recogidas por nuestros más avezados investigadores y folcloristas, seleccionamos del Diccionario de Mitología Cubana, algunas de las más señaladas, con la intención de brindar una visión más completa de la variedad de tipologías que se atribuyen a dichas figuras del “fantasiario” popular.


Los chicherecúes

Eran negritos de escasa estatura, que generalmente aparecían de noche a los caminantes de las regiones rurales de Cuba. Cuentan que solían llegar en pareja (algunos les creen hermanos gemelos), para hacer maldades y asustar a quienes se atrevían a darle las doce vueltas a una ceiba, a media noche. Generalmente se ocupaban de hacer travesuras a quienes pernoctaban en el monte cubano. Aunque casi siempre eran relacionados con la ceiba y el monte.

Hay leyendas campesinas que tienen otra visión de los chicherecúes. En este caso, serían dos genios negritos venidos de la costa de Guinea (2) 99, hombre y mujer, pero siempre emparejados y sin ropas, cuyo único objetivo es el retozo con aquellos extraviados en el monte, introduciéndose bajo las enaguas de las mujeres, fisgoneando y golpeando con invisibles puños a los varones. En algunas regiones de Cuba, había quienes tenían la creencia, que los chicherecúes tenían el poder de lanzar encantos y maldiciones. De éstas, la más temida de todas, era la maldición que hacían de la cintura para abajo, quitándoles la potencia viril a los hombres por un tiempo determinado. (3) 120. Para muchos estudiosos, esta figura puede identificarse con el mitologema universal del trickster.

Los babujales

Eran duendes producto de la magia, dedicados específicamente para trabajos en rudas faenas. Sus pequeños y nerviosos cuerpos, siempre en movimiento, estaban especialmente adaptados para trabajar rápidamente y sin descanso por mucho tiempo. Era creído por cierto, en la época colonial, cuando se daba el caso de algún esclavo, que había heredado de sus ancestros la posibilidad de llamar a estos duendes por medio de conjuros secretos y ceremonias para que acudieran al sembradío a cortar la caña que se le había asignado a su dueño y señor. Para lo cual este esclavo, se ocultaba en la maleza y sin que nadie pudiese verlo ni escucharle, realizaba sus inviolables conjuros.

Efectuaban estos duendes enanos su labor con tanta rapidez y eficacia que, aquellos a quienes les estaba dado observar los resultados, quedaban atónitos y sorprendidos. Pues según contaban los más viejos esclavos, eran solo vistos por quienes les tenían asignados. Aseguraban que los babujales andaban generalmente en parejas y al aparecer, siempre llegaban ansiosos por trabajar, pues de inmediato preguntaban a su dueño con desespero: —¿Dónde pego?, ¿dónde pego?— (Pegar, sinónimo de trabajar en al argot popular cubano). Hasta que su amo les dijera: —¡Pega ahí!—. Era entonces, que realizaban sus proezas (3) 76, apelando a sus mágicas virtudes. Las cuales al final, parecen darle a estas figuras tantas cualidades de duendes, como de genios, al ser llamados mediante conjuros y obedecer sin reparos a la voluntad de quien les convoca.


Los güijes

Al decir del investigador y folclorista cubano Samuel Feijóo, “el güije es la leyenda cubana más recia, constante y completa” de la mitología cubana (2) 89. La mayor parte de la población le conoce como el negrito pasudo que hace maldades inocentes a quienes pasan por sus dominios, pero este personaje abarca otras muchas facetas no muy difundidas, que lo alejan del estereotipo del pequeño enano risueño y juguetón de pasas revueltas.

Es sin lugar a dudas, un duende de las aguas, pues siempre estuvo enlazado con las charcas, ríos, lagunas y demás masas de este líquido elemento. Su verdadero origen en nuestras tierras debe remontarse a épocas precolombinas, cuando ya estaba presente en las narraciones aborígenes con el nombre de “jigüe”. Es de suponer que más tarde recibe esta figura las influencias de las narraciones mitopoéticas del esclavo africano (2) 89, para quedarse en la memoria colectiva con el apelativo de güije. Así en algunas regiones de nuestro archipiélago cubano, se le conocía como jigüe y en otras como güije. El inolvidable Samuel Feijóo, en su obra Mitologia cubana, aborda con mayor profundidad este tema (2) 91-98 de los dos nombres.

Otras caras del güije

La representación exacta de esta figura sería totalmente imposible, ya que se han reportado a investigadores y folcloristas las más disímiles formas y características, con variadas mañas y profusos comportamientos. Desde el habitual negrito de pasas revueltas, que solo se dedicaba a bromear y hacer maldades, hasta los más horrendos, monstruosos y maléficos güijes con garras y alas, capaces de raptar niñas y cometer las más crueles fechorías. Una pequeña muestra de anécdotas y leyendas sobre el mencionado personaje se muestra a continuación.

El güije del Yayabo

Este ser habita en el río Yayabo (provincia de Sancti Spíritus). Su forma es muy parecida a la de un cetáceo, pues tiene cabeza humana de negro y cola de pez. Según la fantasía popular, asiste ocultamente a los oficios de Semana Santa, siguiendo un canal subterráneo que, desde un espejo de agua llamado “Charco del negrito”, va hacia el altar mayor de la iglesia, dejándose ver los jueves y viernes santos, según testigos que han ido a bañarse allí. Para este viaje al templo católico, se transforma tomando figura humana, ya sea de hombre o de mujer, con lo cual logra disimular su presencia (3) 207.


El güije monstruo del río Sagua

Cerca de uno de los recodos del río Sagua (provincia Holguín), está el aun denominado “Charco del Güije”, que según cuentan estuvo habitado por un monstruo mezcla de hombre y de mono, con garras muy poderosas, dientes afilados, piel lustrosa y sin pelo. Se le atribuye asesinar a todo aquel que se atreviese a introducirse en estas aguas (3) 207.


El güije de Santa Clara colonial

Nos cuenta el folclorista Garófalo Mesa en sus “Leyendas y tradiciones villaclareñas”, sobre al güije del Caney (prov. Santiago de Cuba). Esta leyenda narra por boca de una negra vieja, que al decir de muchos jamás había mentido, sobre el día en que iba en busca de agua a un río cercano, cuando le salió una visión saltando sobre las piedras y los árboles. Era como un mono grande, que se asemejaba mucho a un hombre. Dicen que esta criatura acostumbraba a sentarse sobre alguna piedra del río, en las noches de luna llena. La misma noche en que se celebraban las fiestas del cabildo, frente a la iglesia del Buen Viaje, se apareció este güije saltando desde un tejado. El sacerdote le roció con agua bendita y aquello brincó sobre el techo de la iglesia, para desaparecer de inmediato. Desde entonces, cuentan que en un rincón de aquel campanario de la iglesia, brotaron flores blancas en el tejado (3) 208.


El güije de La Bajada

En el curso del río La Bajada, en la provincia de Sancti Spíritus, hay algunas charcas que se mantienen casi todo el año. Una de ellas es conocida como “el Charco del Güije”. Se cuenta que aquí aparecía un negrito muy feo, de unas seis cuartas de alto, barbudo, dotado de fuerza extraordinaria y agilidad extrema. Salía de su madriguera durante las noches y hacía maldades a los vecinos de la zona. La noticia se extendió a toda la región y muy pronto se hizo famoso “el Güije de La Bajada”. Muchos intentaron atraparlo, pero nunca pudieron. La leyenda cuenta que cierta vez, apareció un manuscrito muy antiguo en las ruinas de lo que fuera una iglesia colonial, en el cual se brindaba un plan, que a decir del documento, era la única forma de poder atrapar un güije. Debían ir siete hombres primerizos1 llamados Juan, el día de San Juan, a las cuatro de la mañana. Un tiempo después se reunieron los juanes y armados de sogas, perros de caza, lazos corredizos y cadenas, lograron atrapar al negrito. Lo montaron en una carreta y lo llevaron al pueblo.

Iba el güije fuertemente atado de píes y manos. Los lugareños llenaron la calle principal de la villa, haciendo multitudes para verles pasar. La comitiva cruzaba frente a la iglesia, en el mismo momento que se estaba terminando la misa en la ermita. El oficiante mencionó entonces en voz alta: “Ite misa est”. Al oír esto, el güije dio un gran brinco en la carreta y cayó fuera, en la calle, ya desatado. Veloz como el viento y saltando endemoniadamente, huyó a toda velocidad. Dicen que algunos monteros le persiguieron a caballo, pero no pudieron atraparlo. Y por mucho que lo intentaron, nunca más lograron hacerlo. Actualmente, durante las fiestas sanjuaneras remedianas, se dramatiza esta farsa popular para complacencia, divertimento y alegría de la población asistente a estas fiestas folclóricas (3) 208.

Un güije pinareño

En San Juan y Martínez (municipio sureño de Pinar del Río), se hablaba de un misterioso ser que aparecía de noche ya muy tarde, en los cruces de los ríos y arroyos. Los mayores describían, unas veces esta criatura como un animal, otras veces como una persona indistintamente. Mas coincidían muchos en que, con solo aparecerse en la noche, su apariencia espantaba a los que se atrevían a cruzar esos lugares. Todos decían que no hacía daño, sólo asustaba. Cuentan que esto sucedía en casi todos los cruces del río San Juan y Martínez, con los caminos vecinales de la región. (3) 209.

El güije de Meyer

Este güije, del poblado espirituano, entre las montañas de Trinidad y Sancti Spíritus, Meyer, aparecía solamente en esta zona montañosa trinitaria. De mayor tamaño que todos los demás güijes y con enormes alas en las patas y manos; tenía pezuñas que le servían para sujetarse firmemente en la copa de los árboles y todo parece indicar, que era de malos instintos. Hace varios lustros, se contaba por los más viejos habitantes de esta región, que un Viernes Santo, una niña de doce años se encontraba tumbando mangos cerca del río que cruzaba próximo a su vivienda. La madre la llamaba varias veces preocupada, sin obtener respuesta. Cuando acudió al lugar, fue que vio como de lo alto de un árbol, saltó una rara figura que atrapó a su hija por la cintura y la condujo al río. Toda la familia salió acosando al güije con palos y piedras, hasta que este huyó. Desde entonces, en esa fecha los padres guardan a sus hijos por temor a que se repita el hecho (3) 209.

Hermanos del güije cubano

En estas narraciones y leyendas se nos muestran los típicos rasgos de comicidad, hipererotismo y a veces hasta demonismo, que vinculan esta figura del güije cubano, con una de las más típicas de la mitología y el folclore de otras culturas del mundo, el trickster. Cuyos rasgos esenciales pueden identificarse igualmente: en el dios Loki, de la mitología germano-escandinava; en el personaje de Gongoloma-Sooké, en la cultura bambará; y de Legba en la dahomeyana. Este arquetipo también se aviene en parte al orisha Eleguá, de la mitología yoruba, con sus rasgos de travieso, juguetón, maldito, maquiavélico e intrigante. La mitología asturiana, presenta al personaje del Xanú, como un enano que vive en las aguas, el cual posee algunas de las características similares a nuestra versión más difundida güije negrito, aunque es blanco y posee una pequeña red, con la que atrapa a quienes vienen a perturbar sus espacios (3) 207. Pero también el güije cubano posee sus equivalentes en casi toda Latinoamérica. El folclor uruguayo les denomina “negros de agua” (2) 126; en Ecuador, “La Tunda”; en Paraguay, “Yacy Yaceré”; en Colombia, “Ribel”, Ribereño” o “Mohan”; en Brasil “Duende Sasy” (3) 209.


La otredad de estos duendes

Sin embargo, aun puede mostrarse una visión totalmente diferente de las aquí enunciadas, que brinda otro sentido a la existencia de estas criaturas fantásticas. Hay un punto de vista diferente, que acostumbra a percibir en lo que hoy solemos llamar las Leyes de la Naturaleza, una Gran Inteligencia, con capacidad para guiar y dirigir a seres mucho más elementales que los humanos, de acuerdo con ciertas reglas, para acelerar su evolución. Serían estos, los gnomos, duendes, hadas, elfos, ninfas y trasgos, que las más variadas mitologías generalmente sitúan en los vientos, lagunas, montañas, montes y ríos. Para los partidarios de ese modo de ver el mundo, éstas criaturas fantásticas serían diversas versiones de aquellos mismos seres elementales (representan o tienen relación con los cuatro elementos). Según esta visión de las cosas; el güije cubano, podría ser entonces un ser elemental de las aguas y el chicherecú, lo sería de la tierra, o de las plantas del monte, o de la criollísima ceiba. Así los babujales tendrían otra dimensión, tal vez como aquellos genios en las que se frotaba una lámpara maravillosa, o un anillo mágico, y aparecían deslumbrantes personajes dispuestos a conceder deseos a sus dueños.

Analogía estas, que de alguna manera nos lleva a especular sobre la posibilidad de lo que ocurriría, si pudiésemos remontarnos a las más sublimes creencias de nuestros primigenios ancestros, que en su época tuvieron otra visión mucho más cercana a la comprensión de la naturaleza. Tal vez podríamos observar mejor el mundo que nos rodea y darnos cuenta de cómo, la creación toda se constituye a partir de un código simbólico, en el cual, cada una de sus partes, están en la más estrecha relación con las otras. Mostrándonos en estas criaturas mitológicas, otra realidad oculta y misteriosa, que simplemente obviamos, al no tener ya la disposición con la cuales ejercer las capacidades para llegar a vislumbrarlas. Así estos relatos y leyendas, a más de brotar espontáneamente de un imaginario colectivo, como se supone actualmente, provendrían tal vez de una “memoria ancestral”. Quien sabe si aquella misma “Memoria Universal”, con la que cierta vez estuvimos enlazados los humanos al principio de los tiempos, y que hoy día, inmersos en esta embriagante materialidad que nos conquista y atrapa, hemos tenido a bien olvidar.



Bibliografía, Gerardo E. Chávez Spínola

1.- Toporov, Vladimir N. y otros: Árbol del Mundo. Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos. Colección Criterios, Casa de la Américas, La Habana, 2002 ISBN: 959-260-055-4.
2.- Feijóo, Samuel: Mitología Cubana, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1986. ISBN: 011-08-07.
3.- Chávez Spínola, Gerardo E. y Manuel Rivero Glean: Diccionario de mitología cubana, Ed. Aduana Vieja, Grupo Publiberia. Valencia, España, 2010. ISBN: 978-84-96846-47-0 web: http://www.publiberia.com/



Rufianes deslumbrantes consagrados en la memoria popular

La definición del vocablo “rufián”, tal como lo describe el Diccionario Ilustrado Aristos de la Lengua Española, refiere: “Hombre sin honor, perverso, despreciable”. Y sin lugar a dudas, cuando los peninsulares de la época colonial en Cuba, aplicaban el citado término a cualquier infractor de la ley, estaban calificándole de la manera más decente posible con éstos epítetos. Pero ya desde el mencionado período histórico, para los criollos fue derivando poco a poco la palabra, de una manera culta y educada para referirse al transgresor, hacia una forma mucho más suave de denominar a quien aun estando fuera de la ley, por algún motivo particular no merecía ser llamado bandolero. Hasta que el citado término llegó ser utilizado por los cubanos, con cierta connotación de admiración y aprecio, para referirse a determinados personajes cuyas vidas y acciones, sin lugar a dudas, transcurrían al margen de la ley, pero ocupaban una categoría peculiar y distintiva en el reconocimiento popular.

Ya sea por el trato amable y cortés, por su desempeño y actividades en contra de una clase social y a favor de otra o por las situaciones, aparentemente justificadas, en que se hubiesen visto obligados a iniciarse en estos intrincados y peligrosos desempeños, a ciertos tipos de transgresores de la ley, en determinadas etapas de la historia de Cuba, la secreta opinión del vulgo les otorgaba el título cariñoso y protector de “rufianes”. En unos casos motivados por este toque de vida azarosa, no pocas veces ornamentada por la imaginación popular, siempre matizada con fabulaciones sobre audaces aventuras de capa y espada, sazonadas con fogosos romances; en otros por lo inusual y pintoresco de sus acciones, algunos rufianes en Cuba fueron rodeados de un halo deslumbrante de admiración que les iluminó el camino a la fama, para llevarles a convertirse en leyenda.

Al parecer, la diferencia entre el arquetipo del “rufián socialmente aceptado” y el arquetipo del “bandolero antisocial”, ha venido existiendo desde el medioevo (recordar la leyenda de Robin Hood), o tal vez mucho antes, pero no fue hasta entrado el siglo XX, con el desarrollo de la psicología, la sociología, la antropología y otras ciencias afines, que se comenzó a estudiar este fenómeno con bases académicas*. (1)

Según las afirmaciones del autor del excelente ensayo y obra literaria El bandolerismo en Cuba: “bandolero social es el campesino fuera de la ley, a quien el Estado lo considera un delincuente, pero que se mantiene en su medio habitual y donde se le considera un héroe, admira y ayuda por ser un vengador en busca de justicia, y hasta quizás, posible líder de una insurrección... En cierto sentido, ese tipo de bandolerismo es una forma primitiva de protesta social; quizás la más primitiva que conocemos...[sic]”. (2)

Exponemos así, en otro tiempo muy distinto al de los acontecimientos tratados y ante la crítica racional de otra sociedad muy diferente, una brevísima muestra, tal vez caprichosa, sin lugar a dudas incompleta en lo cualitativo y por demás inconclusa en el orden cuantitativo, de unos pocos entre muchos y variados de aquellos “rufianes deslumbrantes”, que de una u otra manera quedaron consagrados en los cintillos dorados e insondables espacios de la memoria popular.

Caniquí

Era un esclavo fuerte y saludable, cuyos primeros infortunios los conoció en las inmediaciones de Trinidad, en la actual provincia de Cienfuegos. Se le impuso la tarea de conducir los caballos de la carreta destinada al traslado de cadáveres, por la época en que se desató en la región una epidemia de “vómito negro” (fiebre amarilla). Cuentan que Caniquí contrajo la enfermedad, falleció, y llevaron su cadáver en el mismo carruaje que él condujera. Pero, en medio del camino, el occiso rompió la caja y se sentó encima, para asombro de todos.

Perteneciente a una familia trinitaria, Pablo Filomeno Bicunia (o Vicuña), más conocido por Caniquí, tenía fama de perezoso, ladrón y busca pleitos. Para contrarrestar este comportamiento, sus dueños lo ingresaron en la Marina de Guerra española. Estando su barco, surto en Manzanillo, hirió a un soldado y escapó. Transformado en bandolero, regresó a Trinidad, donde robó en zonas céntricas y en los alrededores de la ciudad. Aunque se cuenta que solo asaltaba a los ricos. Muchos negros lo consideraban como una especie de vengador de los africanos esclavizados. Fue dictado un bando oficial de captura y buscado con recompensa. (3)

Las autoridades trajeron a un capitán, quien preparó un cuidadoso plan de captura, pero el primer y siniestro aviso del rufián fue tan contundente, que renunció. Muchos aseguran que era incapturable. Su fama se extendió y se comenzaron a contar leyendas sobre sus hazañas que ya tomaban vuelos sobrenaturales: algunos aseguraban que Caniquí podía volar; otros, que traspasaba las paredes; y algunos otros creían que era capaz de aparecer en dos lugares distantes al mismo tiempo. (4)

Traicionado por un aliado de fechorías llamado Azotes, cuando estaba celebrando su santo en la playa María Aguilar, fue sorprendido por los soldados, nuestro rufián se lanzó al mar y fue perseguido por un bote, desde el cual le dispararon a la cabeza. Su cadáver, expuesto en la Plaza Pública, sirvió como advertencia a la masa esclava.


Polo Véliz

Nacido en 1889 en las cercanías de la localidad de Cumanayagua, era carretero (conductor de carretas tiradas por bueyes) en tiempo de zafra. Y como muchos otros campesinos, desocupado en tiempo muerto. Su nombre completo era Leopoldo Véliz González y por el accionar de su azarosa vida, aún es personaje de leyenda en la provincia de Cienfuegos.

A los 18 años Polo se enamoró de una joven campesina, quien correspondió a sus sentimientos. Pero un ladino suboficial de la Guardia Rural se encaprichó en la misma muchacha y para eliminarlo como rival, lo maltrató en públicas vejaciones por su condición de campesino pobre y su baja estatura.

Polo y su novia decidieron huir de la región y se establecieron en las montañas del Escambray. Mas secuaces del uniformado les descubrieron y el campesino fue conducido amarrado a la villa de Trinidad y condenado a un año de cárcel por presunto secuestro. Pero el punto de giro de la vida de este hombre fue cuando recibió la carta de su mujer, donde explicaba en unas pocas letras su intención de alejarse de aquella situación, porque el militar había amenazado con no dejarles nunca tranquilos, por lo que ella toma la decisión de marcharse con un comerciante de otra población lejana para ser su esposa.

Salió de la cárcel nuestro carretero, esperó al mencionado suboficial a la salida de un baile y ajustó cuentas con él. Pero no lo mató. Solo devolvió aquella afrenta recibida y ante la puerta del liceo donde se celebraban los festejos tradicionales, lo obligó desnudarse y dejó encuero en plena calle, delante de todos los asistentes al lugar. Luego pasó muchos años como bandido, una carrera en la cual se elevó a leyenda, porque solo robaba a los ricos y repartía el dinero entre los hambreados campesinos de la región. Los habitantes de aquellas zonas cantaban sus hazañas en improvisadas décimas y la gran mayoría de los residentes simpatizaban con este “rufián” en tal grado, que le mantenían avisado de los movimientos de guardias por toda la región.

Tenía Polo un misterioso compañero de andanzas, al que todos conocían por el sobrenombre de El Mexicano, del cual en la actualidad no se tiene la certeza de su verdadero nombre. El 27 de julio de 1937 ambos acamparon en la hacienda de Lázaro Díaz de Tueste, en las cercanías de la ciudad de Cienfuegos, quien siempre guardaba el dinero del asaltante. Todo hace pensar que Efrén, un hijo de Lázaro, le disparó a traición en la cabeza con el propósito de robarle los 60 mil pesos que estaban en custodia de su padre. (5)

Sin embargo, la prensa local de aquel año hizo creer que la Guardia Rural sorprendió a Polo y al Mejicano y les dio muerte en medio de un violento tiroteo. Al lado de su cadáver exhibieron una escopeta de siete tiros, cartuchos de balines, un cuchillo, dos amuletos, un revólver Colt 38. (6)

Terminó de esta manera la vida de aquel campesino, cuyo amor malogrado y el persistente capricho de un funesto militar, le hicieron convertirse en asaltante, para luego transformarse en legendario y deslumbrante rufián, hasta hoy recordado.


Yarini

Tal vez el más reciente de los “rufianes deslumbrantes” que pudiesen inscribirse en este imaginario e inexistente inventario, lo fuera Alberto Manuel Francisco Yarini y Ponce de León. Amigo de sus amigos, blancos y negros; reconocido guapetón, vividor y mujeriego; abakuá de la potencia macaró-efot; Presidente del Partido Conservador en la barriada de San Isidro en La Habana, desde donde aspiraba a una plaza de Concejal en el Ayuntamiento. Y por sobre todas las cosas, chulo (proxeneta) de profesión. (7)

Cuentan que en su harén de uso público, en el número 60 (hoy 168) de la calle San Isidro, tenía más de 16 mujeres, quienes le brindaban gozosas las ganancias obtenidas por el alquiler de sus íntimas oquedades, aunque no todas convivían en el lugar. Pero aseguran algunos, que en aquel aciago año de 1910, Yarini estaba en el esplendor de su reino, pues más de 25 damas de la noche portaban en un lugar del cuerpo, muy cerca de alguno de sus sexuados instrumentos de trabajo y en lugar visible, las iniciales del idolatrado protector: A. Y. (8)

Las mujeres se desvivían por el promiscuo galán, y las leyendas más fantasiosas en cuanto a su capacidad para satisfacer a más de una diaria le precedían por doquier. Dicen que trataba muy bien a sus mujeres, les sacudía de cuando en vez, regañaba e insultaba como ordenaban los reglamentos del oficio, pero no les propinaba golpes, como solían hacer los demás.

Luis Lolot era un francés de la misma profesión que Yarini y quizás su más cercano competidor en la barriada de San Isidro, pues cada año viajaba a París y traía consigo una o dos jóvenes meretrices de estreno en La Habana. Ese mismo año de 1910, había ingresado a Berta Fontaine, habilísima profesional del amor tarifado, con excelentes condiciones de explotación. Ella fue la perdición de ambos regentes de mujeres. (9)

Muchos creen que Yarini y la petit Bertica se enamoraron a primera vista, lo que puede o no ser cierto. De lo que sí estamos seguros es que ambos de antemano sabían que en los tristes desempeños del comercio carnal, el que se enamora, pierde. Así, la caliente francesita, sin tan siquiera pensarlo y loca de amor por Yarini, se le escapó a Lolot una madrugada, para incorporarse al burdel del número 60. Acción esta que desencadenó, después de las orgásmicas cascadas de placer de la pareja, el más terrible río de sangre.

Casi a las ocho de la noche del 21 de noviembre de 1910 sonaron los disparos. El cuerpo de Luís Lolot yacía muerto en la calle, en medio de un charco de sangre. Muy cerca, se había desplomado Yarini, también ensangrentado por tres heridas de bala, una en la cabeza, de donde manaba abundante el rojo fluido vital, otra en el hombro y la última en el costado derecho. Quienes lo vieron cuentan, que a ninguno de los dos le tembló el pulso al dispararse. (10)

Yarini sobrevivió hasta las once de la noche del siguiente día. El traslado de su cadáver, hasta la casa paterna de la capitalina calle Galiano entre Ánimas y Lagunas, fue la primera manifestación multitudinaria de duelo. Pero la verdadera y apoteósica demostración del sentimiento popular, se revelaría el día 24 a las nueve de la mañana, cuando partió el cortejo fúnebre hacia el cementerio de Colón y miles de personas en un río humano interminable, abarrotaban la calle Galiano. Aseguran que, hasta el presidente José Miguel Gómez acudió al entierro. (11)

Pero aquella contienda fatal solo fue la primera batalla. Apaches franceses y los chulos cubanos se declararon la guerra. Asaltos y asesinatos por integrantes de uno y otro bando se sucedieron durante días y noches buscando venganza. Hasta que nuevos “protectores de hembras publicas” les sucedieron y dictaron la tregua, en función de restablecer los negocios, que ya estaban demasiado tiempo sin ingresos. El 23 de octubre de 1913, por orden presidencial, quedaba oficialmente suprimida la zona de tolerancia de San Isidro. Así pasó a ser leyenda, este deslumbrante y bienquerido rufián, que hoy sería catalogado de lacra social.


Los que no estuvieron

Quedan otros con derecho propio a nominarse entre los “rufianes deslumbrantes”, que por razones de espacio limitado, no se muestran en el presente artículo. Además, nos restan por tratar sobre aquellos que en determinado momento cruzaron la frontera del recuerdo, clasificando en otra categoría diferente a la del rufianismo romántico y ya fueron consagrados de bandoleros, pero también admirados, protegidos y acunados con aprecio en la memoria popular, convirtiéndoles en legendarios.

Fueron también personajes de carne y hueso, integrantes de otro imaginario e inexistente Registro de “Salteadores, cuatreros y forajidos cubanos acreditados en el bandolerismo social”, que bien valen otro puñado de cuartillas.

Notas
Gerardo E. Chávez Spínola
1. La idea del “bandolero social” distinto del “bandolero antisocial” se puso de moda a partir de las investigaciones del investigador inglés, Eric J. Hobsbawm y la publicación de su libro, en 1959, Social Bandits and Primitive Rebels. Studies in Archaic Forms of Social Movement in the 19th and 20th Centurias.
Bibliografía
1. El bandolerismo en Cuba.
2. Idem.
3. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005. ISBN 959-242-107-2.
4. Idem.
5. Lídice Valenzuela: “Polo Véliz, de campesino a bandido, solo por amor”, Periódico Trabajadores.
6. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Idem.
7. El bandolerismo en Cuba.
8. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Idem.
9. El bandolerismo en Cuba.
10. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Idem.
11. Leonardo Padura Fuentes: “Yarini. La guerra de las portañuelas”. Crónica, Diario Juventud Rebelde.


La Santeria en Cuba: Costumbre, Creencia y Orishas del panteon Yoruba.



 LA SANTERIA es una de las religiones más importantes de Cuba. Sus orígenes se remontan al África antigua. La santería conserva las características básicas y las tradiciones de una antigua religión africana practicada en Nigeria por el pueblo yoruba. Cuando se envió a los yoruba como esclavos a las islas del Caribe entre 1770 y 1840, estos se llevaron consigo su religión. Una vez en el nuevo mundo, se les obligó a aceptar el catolicismo, pero rehusaron abandonar por completo sus costumbres. Así que crearon un nuevo culto con elementos de ambas religiones, fenómeno que se conoce como sincretismo.

A fin de conservar sus antiguas creencias religiosas, los esclavos identificaron a los santos del catolicismo con los dioses africanos, otorgándole a cada uno características y poderes especiales. De este modo, sus dioses y diosas, llamados orisha, tomaron el nombre y la forma de tales santos. Sin embargo, los rituales, las costumbres y las creencias que trajeron de África no cambiaron. Un sacerdote santero de Cuba explica: "El sincretismo nos permite adorar al dios católico en el altar, aunque a quien vemos realmente es al dios africano".

Características de la santería

Los santeros adoran a un ser supremo y a un grupo de deidades u orisha, que forman el panteón yoruba. Los sacerdotes santeros interpretan la voluntad de los orisha por medio de la adivinación. Los altares desempeñan un papel importante en la adoración. Los santeros tienen uno en su hogar y en él ofrecen flores, ron, bizcocho y cigarros para mantener contentas a las deidades y granjearse su favor.

Cada deidad representa un aspecto de la naturaleza, como el trueno, y una característica humana, como el poder". Los sacerdotes santeros ayudan a la gente a resolver los problemas cotidianos consultando a los orisha. No son sacerdotes católicos, y normalmente llevan a cabo sus rituales en alguna casa, no en un templo. Los creyentes pertenecen a una comunidad específica con un padrino (o una madrina) que es a su vez consejero y sacerdote. Se inicia a los nuevos miembros en una ceremonia con música, baile y sacrificios animales oficiada por el sacerdote.

Cada Orisha posee un collar de un color específico y forma. El "niño" del Orisha debe llevarlo alrededor su cuello. Los collares no deben guardarse en el bolsillo o bolsa. Cuando no lo están usando, deben ponerse en la sopera del Orisha y si no la tiene deben ponerse cuidadosamente en una tela blanca. Los collares no serán prestados nunca a nadie. Los colores de un Orisha están igual que aquéllos de las cuentas que constituyen su Ileke. El "niño" del Orisha debe llevar la ropa en los colores a que están agradando su patrocinador. La sopera del Orisha e instrumentos también deben ser del color apropiado.

Orishas del Panteón Yoruba.

Obatalá (La Virgen del las Mercedes)/Blanco: Obatala es el más viejo de los Orichas y por esto siempre se pone en el lugar mas alto del canastillero. Es el dueño de la pureza y su color blanco así lo refleja. Fue mandado por Olofin para dar culminación a su obra, dueño de todas las cabezas, la justicia y la salud también es el juez de esta religión, ya que la imparcialidad es una de sus cualidades. Su dominio sobre el pensamiento y los sueños lo hacen peculiar.

Eleggua (El Niño Santo de Atocha)/Rojo y negro: Eleggua es el guardián de entradas, caminos y caminos. Él es el primer Orisha en ser invocado en una ceremonia y el último para ser ofrecido adiós. Él tiene que estar primero en algo, sólo como un niño estropeado. Los primeros ritmos de los tambores pertenecen a él. Él debe solicitarse antes de todos los oráculos. Orunmila es el que comunica, pero guardias de Eleggua los caminos de comunicación. Es él quién actúa como intermediario entre los seres humanos y los otros Orishas.

Oshún (Virgen de la Caridad del Cobre)/Coral y Ambar: Oshun posee las virtudes mas apreciadas en la mujer, es coqueta, bella, sensual, musical y hacendosa. Es considerada como una Afrodita lucumi. Es la dueña del rió, el amor, la miel y el oro. Ochun es hermana de Yemaya y secretaria de Orula por tanto aliada de Babalawos.

Shangó (Santa Bárbara)/Rojo y Blanco: Chango fue en vida uno de los fundadores del reino Yoruba en Nigeria, Rey en la ciudad de Oyó. Fue un guerrero muy valiente, mujeriego, atrevido, bebedor, machista y de gran atracción varonil. Cuando se menciona su nombre los creyentes deben de empinarse en sus asientos en señal de respeto y reverencia. Es el Dios de la Guerra, dueño del rayo, del trueno y de la música. A él pertenecen los sagrados tambores (bata):

Oggún (St. Peter)/Verde y Negro: Oggun es de los Orishas mas viejos, es hermano de Elegguá y Shangó. Es el guerrero por excelencia participando en todas las batallas. Domina los secretos del monte. Es símbolo de la fuerza y de la energía terrestre. Es tan astuto y travieso como Elegguá pero más voluntarioso. Dios de los minerales, de las armas e instrumentos de trabajo, Por esta razón su cazuela puede ser de hierro, lo cual es obligatorio cuando se asienta, Ahí se le pone todo lo que pueda necesitar para cuando vaya a dar una batalla, o sea, armas y herramientas.

Yemayá (La Virgen de Regla)/Cristal y Azul: Yemaya es el Orisha que controla todos los mares y los océanos y todas las criaturas que viven en ellos. Ella es considerada la madre de todos los seres humanos. Cuando Yemaya baja y posee a alguien, ella las dota de toda su gracia y personalidad muy picante. Ella requerirá inmediatamente un vestido largo dando correazos a la cintura. Ella baila con movimientos que son como el movimiento de las olas. Cuando los tambores calientan, ella baila como las olas en un huracán. Ella está llena de amor y ternura, como conviene a la madre de toda la humanidad.


Regla de Palo Monte o Palo Monte.



Esta expresión religiosa, tiene su raíz en los cultos practicados en el reino del Congo y otras monarquías subordinadas de origen Bantú, término con que la etnología occidental reunió bajo una misma denominación a la comunidad de pueblos del África oriental, central y austral que hablaban esa lengua en cualquiera de sus variantes. Conocida también como Mayombe, esta Regla fue el resultado inicial de la transculturación de los credos bantúes a la sociedad cubana, en la que surgieron con la iniciación de los criollos otras vertientes como la Kimbisa y la Brillumba, hasta llegar a la Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje, organizada en el siglo XIX por Andrés Facundo de los Dolores Petit.

Características generales

La Regla Conga, en general, tiene como rasgos característicos la vinculación con las fuerzas de la Naturaleza, algunos de cuyos elementos, como la vegetación, consideran animados por espíritus, a los que ofrecen albergue también en las profundidades de la tierra. Los antepasados están representados en el agua. El centro de la ceremonia en este credo es la Nganga, recipiente donde se supone se encuentra el alma de un muerto sometida a la voluntad del iniciado a través de un pacto que los alimenta a ambos. La posesión de la Nganga o prenda, junto a la posibilidad de emplearla sin limitaciones, es el elemento que distingue a la máxima jerarquía de esta expresión: el Tata Nganga o Tata Nkisi, quien puede realizar ceremonias de "rayamiento" (iniciación) y nuclear a su alrededor a su grupo religioso.

Para sus funciones, el Tata se apoya en otras jerarquías menores de consagrados, como el Bakofula ayonfombe y el Ngueyo, quienes junto al resto de los "ahijados" forman la Casa, la cual es autónoma en la realización de los ritos o ceremonias. Un lugar destacado en la Regla de Palo lo ocupan los símbolos gráficos de carácter sagrado (firmas), para identificar a los espíritus, antepasados y orichas a los que se solicita el permiso para realizar las diferentes ceremonias del culto. Al trazar las firmas, los creyentes consideran que en ellas están representados los poderes sobrenaturales y que los mismos responden por la efectividad de la labor realizada. Cada una de ellas, adquiere una función personal para cada iniciado, que la emplea para identificarse ante su fundamento (nganga) y ante el resto de los creyentes. Por otra parte, expresa la relación con el espíritu protector con el que ha realizado el pacto. El rasgo principal de los brillumberos, consiste en el culto a las deidades de la santería, las cuales reciben, de acuerdo con el ritual palero, su correspondencia en objetos materiales.

Carácter sincrético

En la Regla Kimbisa existe un fuerte sincretismo y tolerancia entre el elemento congo, la Regla Ocha, el espiritismo, el catolicismo y las sociedades secretas masculinas abakuá. De las creencias de origen bantú tomaron, entre otras cosas, sus concepciones relacionadas con la nganga, el animismo de las plantas, las aguas y la tierra, y la influencia de espíritus y antepasados. De la Ocha encontramos sus mismos orichas, pero con otros nombres (Elegguá se convierte en Lucero Mundo; Yemayá, en Tiembla Tierra; Oyá, en Centella), la asimilación del empleo del coco en la adivinación y la creencia de "alimentar" y "fortalecer" la prenda mediante sacrificios con efusión de sangre. Del Espiritismo asimila la comunicación directa con las espíritus, sobre la base de que cuanto ocurre en la tierra está regido por fuerzas del más allá. La influencia del Catolicismo, se manifiesta a través de la adoración del espíritu santo y la utilización del crucifijo y oraciones del ritual católico. Además, el guía principal de los kimbiseros es San Luis Beltrán. El elemento Abakuá se verifica en el método de selección de sus aspirantes, quienes deben cumplir con determinadocomportamiento social.

Históricamente, las prácticas de la Regla Conga o Mayombe,como cualquier otra de origen africano, han recibido, por desconocimiento de la población, el calificativo de Brujería, opinión que evidencia entre los no informados la sobreposición del componente mágico de esa expresión religiosa al resto de los elementos que la identifican. La magia, es sólo el medio por el cual el iniciado equilibra las fuerzas del bien y del mal y evita cuanto frene el desarrollo normal de su vida diaria.

Otras características

Sus representantes son los llamados paleros, mayomberos o nganguleros. Tiene un sistema dogmatico y litúrgico y un panteón de deidades de origen fundamentalmente bantú. Posee un sistema de creencias basado en el pacto entre la vida y la muerte. Sus practicantes hacen un pacto con una entidad prestándole atención y luz, dándole energía mediante elementos mágico-religiosos. Este “nfumbe”, pasa entonces a trabajar para ellos.

Los practicantes de la Regla llaman “Mpúngos” a Espíritus superiores que equiparan a los Orishas y con las mismas referencias a Santos Católicos. Creen en particular en los Espíritus de agua (Nkisi Marba) y en los de monte (Nkisi Misenga), o de manigua. Dios es llamado Sambi, o Nsambi, Insambi o Nsambia. Para ellos, el culto a los muertos (las Nganga o los Nfunbe), o más exactamente sus espíritus y poderes son el centro de su vida.

Tiene un sistema de adivinación: el “chamalongo”, donde se usan cuatro pedazos de coco (la cascara sin pulpa), para comunicarse con la nganga.

En las ceremonias se habla y se canta en lengua kicongo o bacongo, mezclados con el español en una suerte de lengua bozal. Los cantos o “mambos”, tienen gran importancia en la liturgia. Estos se transmiten oral y generacionalmente.

Se ha hecho un fenómeno habitual que muchas de las personas que quieren incursionar en la santería,  primero “rayarse en palo”.

Lo sagrado y lo sacro-mágico

• El monte (Nfinda Anabutu).
• La Ceiba.
• El Cementerio.
• La Nganga: es una concentración de fuerzas mágico religiosas o microcosmos donde se resumen todas las fuerzas de la naturaleza en función del hombre; es un pacto entre la vida y la muerte.

Generalmente se monta en una cazuela de barro o un caldero de hierro, que puede contener huesos tierra de diferentes lugares (cementerios, prisiones, aeropuertos, hospitales); además de una piedra llamada “Matari”, para que venga y se fije un Mpúngo, y muchos palos, hierbas, huesos de aves y animales, etc. El Ngangulero se contenta con dar a su Nganga cada semana aguardiente, humo de tabaco y encenderle una vela; de vez en cuando le dará sangre de gallo. Se llama a la Nganga con palabras españolas: “Prenda” o “Secreto”.

• El Cetro. Llamado “Kisenguere o Kisingue”“, o en español; Siete Rayos o Aguanta Mano del Primer Padre del “Rey” de una casa Nganga es un hueso de tibia envuelto con hojas de laurel y con plumas de aves nocturnas “socias” de la muerte. Se considera que este Cetro es conductor de un espíritu o receptor de su influencia.

• El Gurufinda. Semejante al Osaín de la Regla lucumí, con la inclusion de varios elementos, sobre todo de huesos humanos.

• El Mpaka. Es un cuerno, relleno de elementos mágicos y con un pedazo de espejo con el que se espera entrar en contacto con un espíritu y ver lo oculto y en particular lo del más allá.

• La pólvora (Fula). Esta sirve para adivinar y preguntar.

• La escoba de palmiche (Ntiti). El mayombero utiliza el Ntiti para espantar los malos espíritus.

• La Tiza (Mpemba). Sirve para hacer varios trazos de contenido mágico.

• La Kimbisa. Es lo que queda de la “Chamba”, es decir, del aguardiente ritual mezclado con pimienta, fula, sangre de sacrificio, nuez moscada, ají, ajo, cebollita, polvo de palo canelo, etc.; que se derrama sobre una Nganga para mantener su vitalidad y estimular su energía.

La organización fundamental es la de un Nso-Nganga, o casa del Padre Nganga que reúne un grupo de adeptos bajo su autoridad espiritual. Esta comprende al padre Nganga principal o “Nfumo” y su mujer, la “Ngua”, llamada también la madre, la reina. Los “rayados” en un mismo Nso-Nganga se consideran como unidos por un parentesco sagrado.

Los ritos

La oración. En la Regla Congo se atribuye un gran poder a la palabra (dilanga), sobre todo a los rezos, oraciones y a los cantos (mambo), que consideran como eficaces por estar cargados de energía y fuerza...

Los sacrificios. No son tan frecuentes o costosos como en la Regla de Osha. Lo obligatorio es ofrecer una vez al año la sangre de un gallo y el sacrificio de un chivo.

Las fiestas. Al menos cada año el Padre Nganga hace fiesta a la Nganga. Canto y comida forman parte de la fiesta.

La iniciación o “Juramento”. Toma lugar en la Nso-Nganga o en el monte bajo una ceiba. Sus partes son la preparación, la visita al cementerio, el Rito principal, la preparación de la vista, la posesión por el espíritu del muerto, la entrega del “gajo” y la comida fúnebre.

Fuentes
• Berges Curbelo, Juana/Ramírez Calzadilla, Jorge/Hernández Urbano, Eva: “La Religión en la Historia de Cuba: Conformación y evolución del campo religioso cubano. Cronología comentada”. Centro de Estudios del Consejo de Iglesias de Cuba. La Habana 2001.
• Duharte Jiménez, Rafael/Santos García, Elsa: “Hombres y Dioses: Panorama de las religiones populares en Cuba”. Editorial Oriente, Santiago de Cuba 1999
• CD Multimedia: Todo sobre Cuba.

 

Días de Reyes


En el lejano 1683, en La Habana, se celebró oficialmente por primera vez la llamada Fiesta del Día de Reyes, que tenía como objetivo permitir el solazamiento de los negros, afectados por las prohibiciones del Sínodo Diocesano que había convocado el arzobispo el año anterior y en el que se habían dictado diversas medidas contra la penetración de elementos profanos en las festividades religiosas.

Las fiestas del Día de Reyes se celebraron siempre el 6 de enero, durante casi dos siglos, hasta la abolición de la esclavitud: se extendieron a Santiago de Cuba, Matanzas y otras ciudades de la Isla; también a plantaciones cañeras y otros asentamientos rurales. Se trataba de una suerte de procesión o desfile teatral danzario, en el que participaban múltiples personajes enmascarados y disfrazados, que se movían al son de instrumentos en su mayoría de percusión. Cada uno de los Cabildos negros de la ciudad organizaba esta especie de comparsa, estructurada según rituales tradicionales y guardando determinadas jerarquías: los reyes del cabildo congo, por ejemplo, marchaban al centro, con acusada solemnidad. El desfile terminaba cuando estos reyes se detenían ante la máxima jerarquía del Gobierno colonial y representaban un ceremonioso saludo, como forma de reconocimiento y respeto. En La Habana, este capítulo final se ofrecía ante el Palacio de los Capitanes Generales.

Las fiestas del Día de Reyes alcanzarán su máximo esplendor en el siglo XIX, con el incremento de la trata negrera para el desarrollo de la economía de plantación. Los recién llegados y sus descendientes incorporarán a los hábitos de la sociedad colonial la mayor parte de sus expresiones profanas y religiosas. En la tercera y cuarta décadas del s. XIX se generaliza en los Días de Reyes la presencia de los diablitos, que es como el pueblo denomina a ciertas caracterizaciones de la liturgia de los negros de nación gangá, yoruba y conga, así como a los íremes ñáñigos de los ritos de la secta secreta abakuá. Algunos de estos diablitos habían desfilado en las procesiones del Corpus Christi, pero el Sínodo les había prohibido esa participación. Sobre el Día de Reyes nos aclara el sabio cubano Fernando Ortiz:

En esa bulliciosa fiesta de los “negros de nación”, éstos salían a las calles y plazas (…) Cada “nación” sacaba sus procesiones con sus reyes, sus cortejos, sus dignatarios y sacerdotes, sus músicas y cantos, sus bailes, sus ritos y sus figuras con los atavíos ceremoniales. Los blancos tenían aquella festividad (…) como una saturnal negra de escandalosa confusión, un verdadero pandemonium, en el que aparecían muchos personajes de catadura diabólica. En el Día de Reyes figuraban muchos de esos tipos de “diablitos” que bailaban sus ritos de purificación, al par que los extravagantes hechiceros ejecutaban sus danzas para expulsar los malos espíritus. [1]

Los diablitos más conocidos fueron la kulona, de origen mandinga; el egun, lucumí; el güeleddé, arará; el mojiganga y el kokoríkamo, congos.

También es un personaje de esta fiesta itinerante un títere de ascendencia africana, denominado anaquillé:

(…) Trátase de un fetiche desarticulado, en el extremo de una varilla o palo, que el oficiante pasea en sus ceremonias y bailes. Se supone que este anaquillé poseía movimientos por medio de cuerdas, es decir, una verdadera marioneta movida desde abajo, y que “interpretaba” un rol religioso ligado a textos litúrgicos. El anaquillé subsistió hasta nuestros días, con ligeras variantes, en los muñecos de las comparsas ligado a los llamados bailes de muñecos. [2]

El historiador Rine Leal nos dice que la fiesta del Día de Reyes era

(…) un regocijo popular donde participaban por igual los esclavos y los negros libres, las distintas naciones africanas con sus dioses y representantes, mujeres, hombres, niños, ancianos y hasta blancos (…) Acompañados de la música de sus tambores, en una melopea de canciones y estribillos, con sus danzas peculiares, la procesión partía de los cabildos hasta la Plaza de Armas y el Palacio del Gobernador, en forma similar a la procesión del Corpus (…) [3]

Y añade más adelante:

(…) reproduciendo de modo exagerado la vestimenta de los amos, gorros e insignias militares, sus símbolos de poder, banderas y estandartes, y hasta las imágenes, cristianas en el exterior pero africanas en su oculto significado (…) cantaban en sus lenguas o en español bozal, desfigurando las palabras en una especie de jerigonza, realizando contorsiones y gestos, coreografías de carácter religioso, y “hasta improvisaban décimas y escenas dramáticas, con las que suelen ganar algunos reales.” [4]

El estudio de las fiestas del Día de Reyes nos da la oportunidad de conocer sólo un aspecto -quizás el más profano- de la influencia de culturas africanas en nuestro devenir teatral y danzario. Menos conocidos, pero de mayor fuerza ritual, son los aspectos que se derivan de las manifestaciones mágico-religiosas y del mundo esotérico de yorubas, ararás, carabalíes, congos y dahomeyanos.

Cabe llamar la atención sobre la genuina expresión teatral, dentro de la ritualidad propia de los misterios, que encierran las ceremonias de iniciación y otras en la Regla de Ocha -religión yoruba-; las de los practicantes del Palo Monte, de origen bantú; los sacrificios rituales en los plantes de la sociedad secreta abakuá de Matanzas y La Habana, y en los rituales vodú que ya a fines del s. XVIII comienzan a practicarse en el suroriente de la Isla. Estos sistemas mágico-religiosos, con expresiones de gran riqueza escénica, irán convirtiéndose -sin que apenas se pueda advertir- en componentes activos de la cultura cubana, desde la primera mitad del siglo XIX. Pero ya en 1800 sus raíces y sus primeros brotes, sus antecedentes esenciales, están en Cuba. [5]

NOTAS
1. Fernando Ortiz: Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba, p. 439.
2. R. Leal: ob. cit., tomo I, p. 210.
3. Ibíd., p. 76. Los estudios más conocidos de Fernando Ortiz sobre el tema se encuentran en La antigua fiesta afrocubana del Día de Reyes; “Los viejos carnavales habaneros”, en Estudios etnosociológicos, pp. 202-221; y en Los bailes y el teatro de los negros..., pp. 439-487.
4. R. Leal: Ibíd. La parte entrecomillada es de un artículo de Ontiano Lorcas: “Los diablitos o el día infernal en La Habana”, en Prensa de La Habana, 6 de enero de 1859. Citado por Ortiz en La antigua fiesta afrocubana del Día de Reyes, pp.12-14.
5. Debe consultarse, al menos, Fernando Ortiz: Los bailes y el teatro de los negros…, pp. 487-523 y “La tragedia de los ñáñigos”, en Estudios etnosociológicos, pp. 123-140; Enrique Sosa: Los ñáñigos, pp. 189-304; R. Leal: ob. cit., tomo I, pp. 65-97; y Joel James: Sistemas mágico-religiosos cubanos; principios rectores.


CARNAVALES




Las fiestas carnavalescas son abundantes en el territorio nacional cubano. Los carnavales más populares son los de Santiago de Cuba, Camagüey y La Habana; sobre todo, el primero, famoso por su alegría y participación colectiva.
Por Virtudes Feliú Herrera

Las fiestas carnavalescas son abundantes en el territorio nacional cubano; mas, debemos diferenciar a aquellas que conservan carácter tradicional, por ser estas las que motivan el presente trabajo. Los carnavales más populares eran los de Santiago de Cuba, Camagüey y La Habana; sobre todo, el primero, famoso por su alegría y participación colectiva.

En el interior del país (desde las provincias centrales a las orientales) se celebraban por San Juan y San Pedro, Santiago, Santa Ana y Santa Cristina (del 24 de junio al 25 de julio) los fines de semana. En la capital, en cambio, los carnavales se estructuraron en torno a los tres días anteriores al inicio de la cuaresma.

Esta fiesta se ha conocido con distintas denominaciones: antruejo, camestolenda, mascaritas y otras, según el lugar y la época. Tenemos noticia de que en La Habana se efectuaron las carnestolendas desde mucho antes de 1585, pero es de suponer que las recién fundadas villas, cuya economía se desarrollaba lentamente y que ya tenían que atender los gastos que originaba la fiesta del Corpus, no podían dedicar una atención mayor a otra festividad que también llegaba insertada en el calendario católico por la fuerza de la tradición y fue dejada desde sus inicios a la espontaneidad popular. Por tanto, para su celebración se utilizaron los mismos elementos profanos que acompañaban a la fiesta del Corpus; o sea, la comparsería y aquellas llamadas «invenciones» y los elementos que llevaban en «carros» como la tarasca o también los «gigantes» o muñecones, como diríamos en la actualidad. Pero sobre todo las comparsas de «mamarrachos», el acompañamiento habitual de aquellas procesiones.

En pueblos de zonas rurales se entremezclaban elementos de las fiestas campesinas con los propios de la fiesta, solían incluirse peleas de gallos, serenatas, piezas de dominó y argollas.

En el ámbito de las ciudades coloniales se conmemoraba el día de la Epifanía de Nuestro Señor o día de Reyes (6 de enero), fiesta de la liturgia católica. Los cabildos de las distintas etnias africanas recorrían las calles, con una parada final en la sede del gobierno. El origen de este «carnaval negro» ha provocado varias discusiones: unos opinan que los negros imitaban a la tropa que pedía el aguinaldo el 6 de enero acompañada de pitos, tambores y cometas; mientras otros entienden que los negros festejaban al rey negro Melchor, santo que por ser de su raza habían adoptado como su patrono celestial. Fernando Ortiz se inclina a pensar que los negros imitaban la costumbre practicada por los esclavos del rey en América, quienes acudían a pedir el aguinaldo al representante de su amo. Opina Don Fernando que: «Con el tiempo acudirían los mismos esclavos, solicitados quizá por los gobernadores que encontraban así un modo de sostener una fiesta popular y captarse las simpatías de los esclavos en general, de cuya adhesión no estuvo nunca muy seguro, según se ha dicho».2

Esta costumbre de felicitar el 6 de enero al Capitán General y solicitar el obsequio del aguinaldo, hizo que cada cabildo tratara de mejorar sus salidas, perfeccionando trajes y pendones particulares con afanes competitivos. Al mismo tiempo significó una interinfluencia entre las propias etnias africanas. Al revivir las fiestas de sus tierras se produjeron un análisis y síntesis dentro de las relaciones sociales existentes. El negro se hizo representativo de hechos y funciones que se revivían.

En Cuba, los blancos celebraban estas fiestas en «tiempo de cuaresma» según apuntamos antes, aunque esto no era óbice para que se efectuaran bailes y lucidos paseos durante varios domingos «de piñata», «de la vieja» y del «figurín del entierro de la sardina», en alusión a antiquísimas tradiciones hispanas.

La referencia más antigua de un baile de carnaval pertenece al año 1833, a la que sigue un artículo titulado «Idea de un buen baile», de González del Valle, quien en 1841 escribe acerca de los bailes de carnaval que se efectuaron en distintos salones y teatros de nuestra ciudad con máscaras y disfraces.3 Los lugares más utilizados eran el teatro Tacón, Diorama, Tivolí y Villanueva, así como el café La Lonja. La celebración incluía paseos por las principales avenidas (Calzada de la Reina, Alameda de Paula, el Campo de Marte, y otros). Las damas utilizaban coches y quitrines con guirnaldas de flores. Los hombres, casi siempre disfrazados, iban a caballo o a pie. A su paso recibían flores, las que más tarde se sustituyeron por serpentinas y confetis. Estos paseos, al evolucionar en la época republicana, crearon un jurado que otorgaba los premios desde una glorieta. La primera noticia de un carnaval estructurado y organizado más o menos como lo conocemos hoy, data de 1902, cuando por medio de un mandato alcaldisio se regula el itinerario de la fiesta.

En Santiago de Cuba, centro oriental de la división gubernativa colonial, los carnavales se realizaron en una época que permitía incorporar un mayor número de personas de las clases humildes y de fuera de la ciudad, con la consiguiente movilidad demográfica, junto a la beneficiosa migración francesa y catalana —clase trabajadora dedicada a labores diversas— y a la vez se contaba con poblaciones que, aunque con vida económica independiente, tenían en Santiago un lugar de escalada; y la coincidencia de estar cerca de varias fechas en las cuales se conmemoran distintas fiestas católicas. Todo eso hizo que las fiestas de carnaval santiagueras tuvieran otros modelos y motivaciones de las de La Habana, pues en dicha ciudad oriental se tornó la fiesta de participación colectiva más igualitaria y sin carácter de espectáculo contemplado desde fuera ni un recorrido oficialmente determinado, y que dependiera de los sitios de concentración y de las calles que las conectaban, para lo cual la topografía de la ciudad se prestaba con sus pequeñas plazas, a solo unos pasos unas de otras, dispuestas en abanico en el espacio que era antaño la ciudad.

Juan Pérez Villarreal relata la composición del carnaval santiaguero a finales del siglo XIX: «En la temporada de carnaval que tiene lugar en pleno verano, el derroche y la algarabía suben de punto, singularmente los días de Santiago, San Pedro y San Joaquín en que se liba y baila por todo lo alto, sobresaliendo en estos festejos las llamadas re1aciones compuestas por improvisados saineteros, los que detenidos en las esquinas del trayecto, allí donde el gentío es más denso, en una especie de escenario al aire libre, actuaban en críticas y befas de los actos públicos y privados de autoridades y familias de rango, coreadas por las carcajadas y chiflidos de la muchedumbre. Las comparsas de Moros y Cristianos a lo largo del paseo remedaban encuentros de arma blanca.

«Los Cabildos negros sobresalen por el lujo de los vistosos adornos y los trajes suntuarios que lucen las reinas de diversas naciones. Los amos de esclavos participan de estos desfiles al compás de los cantos y tambores, ruidos de almirez, botijuelas y maracas. Gustaban adornar los cuerpos de las negras lindas con pulsos de oro, diademas de piedras preciosas, gargantillas y dormilonas de diamantes y exóticos mantones de Manila. Las reinas con sus tronos eran llevadas en andas».4

En esta descripción sobresale un elemento propio del panorama santiaguero, nos referimos al teatro netamente popular, llamado «de relaciones» que ponía en ridículo las costumbres y usos de autoridades y burguesía. Era vehículo idóneo para ironizar y, a la vez, protestar de la actuación política y social entre risas, forma del comportamiento muy común del cubano.

En Santiago de Cuba, casi todas las comparsas se originaron en tumbas francesas y cabildos africanos existentes en numerosos barrios. La influencia cultural francesa proveniente de Haití se hizo sentir a través de los cabildos Cocuyé, Carabalí Isuama, Carabalí Olugo, Cabildo Lucumí, Cabildo del Tivoli, Cabildo Vivi San Salvador de Horta, Cabildo de Congos y otros.

La presencia africana se patentizó en negros y mulatos descendientes de aquellos que fundaron las comparsas, paseos y las comparsas-congas. A mediados del 1800, según hemos podido conocer por algunos informantes entrevistados, la gran influencia de la cultura africana en los carnavales santiagueros se evidencia en los ritmos, instrumentos y formas danzarias propias de sus tierras de origen; único elemento que, junto a la religión, pudieron conservar con fuerza sus culturas. Las fiestas tradicionales de San Juan y San Pedro devinieron fiestas de carnaval en la provincia Camagüey. Entre 1725 y 1728 empezaron a celebrarse las fiestas patronales de los referidos santos en la otrora Puerto Príncipe el 24 de junio (día de San Juan), extendiéndose hasta finales de mes.

Durante el siglo XIX, el San Juan alcanzó su más alto esplendor debido, en gran parte, a la contribución brindada por el Regimiento Fijo de Cuba, creado en 1780, el cual llegó a la ciudad en 1827. «La oficialidad de este cuerpo en su mayoría cubana, inició la época del brillantísimo San Juan Camagüeyano, que llegó a ser el carnaval más notable, no solo en la Isla de Cuba, sino de muchas capitales de Europa».5

El primitivo y rural San Juan a caballo quedó relegado paulatinamente ante el empuje de otras diversiones. En una crónica de 1839 se refleja la nostalgia de algunos por aquellas primeras fiestas, como un recuerdo de antiguos muchachos. Se dice que el último se realizó en 1819. Los caballos que participaban eran engalanados con flores y se les trenzaban el rabo y la crin, del mismo modo que en Santiago de Cuba.

Otras noticias de 1866 nos refieren la riqueza que adquiere la fiesta cada año. Se habla con orgullo de las carrozas finamente adornadas, las reinas de belleza elegidas por primera vez a iniciativa de algunos vecinos, la sabrosa comida preparada para la ocasión: lechón asado, arroz con pollo, salpicón hecho con picadillo de carne, pepino, hierba buena, piña, hojas de ciruela, aceite y vinagre. Paralelamente se oferta un ajiaco creación colectiva de todos los vecinos, situando en cada cuadra una olla para consumo de la comunidad. Esta tradición se conserva con gran fuerza y constituye un rasgo típico de la fiesta. Uno de los juegos propios de esta fiesta que mayor popularidad alcanzó fue la caza del berraco, simpática actividad surgida en el siglo XIX y prohibida luego por un trágico accidente. En 1842, el gobernador Francisco de Paula Alburquerque lo abolió por «peligrosa y contraria a la decencia pública y las buenas costumbres», tal y como era el decir de la época.

Con menos incidencia nacional existieron y aún sobreviven algunos complejos que, si bien no se consideran fiestas caracterizadas totalmente con las actividades propias del carnaval (comparsas, carrozas y congas), poseen otros elementos análogos que las encasillan dentro de este grupo de divertimiento. Se estiman como populares y tradicionales los llamados «carnavales acuáticos», presentes aún en Caimanera (provincia de Guantánamo) y Morón (Ciego de Ávila). Estas expresiones, como su nombre indica, se desenvuelven en el agua y poseen toda una serie de juegos y competencias que se desarrollan en ella, rasgo que las diferencia de las demás. Se rescataron durante la investigación nacional realizada por las comisiones provinciales del Atlas etnográfico de Cuba y devueltas al disfrute de la población debido a la gran popularidad de que gozaban. En ocasiones, el carnaval toma diversos nombres, hay regiones en que se llaman mamarrachos (Santiago de Cuba), carnaval de las flores (Ciego de Ávila), Montompolo (Guantánamo) y carnavales de San Joaquín (en algunas poblaciones de Granma y Guantánamo); mas, todas conservan elementos similares que permiten identificarlas.

Las fiestas y salidas de comparsas fueron aprovechadas por los intereses políticos, sobre todo, durante la república. Se autorizaba o prohibía según conviniera a los gobernantes del momento. A esto se unieron las consecuencias derivadas de la penetración capitalista norteamericana en la industria y el comercio, después de la proclamación de la Constitución de 1901. Las grandes firmas distribuidoras se valían de todos los medios con el fin de colocar sus anuncios, para propagar ventajas de sus productos. Nuestras fiestas se convirtieron en contexto propicio para sus propósitos mercantilistas. El método más usual era el «apadrinamiento» de una comparsa o carroza a cambio de poner el anuncio en los lugares más visibles al público: las farolas, pendones, capas, sombreros, disfraces e instrumentos musicales resultaban los más empleados para tal fin. Este fenómeno también se producía por la situación económica que confrontaban las agrupaciones populares tradicionales. Sin apoyo oficial suficiente para cubrir sus gastos y carentes de fondos propios, se veían obligadas a aceptar este sistema de protección.

En nuestras fiestas de carnaval, la influencia de la sociedad de consumo se reflejó en una degeneración de las costumbres. En los llamados «festejos de invierno» de la capital, las carrozas se transformaron en anuncios ambulantes; el sello femenino se usó como elemento llamativo. Con el afán de atraer turistas yanquis se sacrifican los rasgos tradicionales de la fiesta, y se deja a un lado la participación popular, al poner los recursos a disposición de un espectáculo propio para ser disfrutado pasivamente desde un palco. Este mecanismo también envolvió a comerciantes, industriales, políticos y militares, quienes de inmediato se percataron de la favorable campaña publicitaria que proporcionaban los festejos. Los políticos veían la posibilidad de obtener votos suficientes para ser elegidos y los militares acumulaban ganancias mediante el soborno y la tolerancia de actos delictivos.

Los carnavales de Santiago de Cuba no escaparon de esta situación, la comercialización de los festejos se estableció a través del comité denominado «Gran Semana Santiaguera», entre 1948-1956. En él se concentraban los grandes intereses económicos: instalación de kioscos, adornos de calles, comparsas y paseos.

El San Juan camagüeyano, como las demás fiestas carnavalescas de relevancia, padeció en menor medida esta explotación. Grupos tradicionales de gran arraigo popular, como la comparsa El Lirio Blanco, tuvieron que someterse a esta tutela a cambio de una pobre financiación que les garantizaba la salida de cada año. Del mismo modo comenzaron a proliferar los juegos prohibidos, concursos para obtener ciertos premios que beneficiaban la venta de algunos productos.

Si bien es verdad que el Estado revolucionario ha cuidado y apoyado el rescate y revitalización de las fiestas populares, al proporcionarles los recursos necesarios para su celebración, no es menos cierto que, producto del proceso de transición que vive el país y las difíciles condiciones económicas que enfrentamos, se advierten deficiencias en el resultado final de la preparación. Notamos que el período acostumbrado de planificación se ha acortado, se inician las labores de construcción de carrozas con muy poco tiempo de antelación y, a veces, algunos materiales fundamentales no llegan a tiempo. Al triunfo de la Revolución nuevos factores se sumaron al carnaval, como la participación de los sindicatos en estos festejos. Olvidamos, sin embargo, que la característica esencial de los carnavales radicaba en que las comparsas pertenecían a determinados barrios, poseedoras de una rica tradición fuertemente arraigada en la población. Con la sectorización de los carnavales por sindicatos, lo principal resulta el renglón productivo o de servicios a que pertenece el trabajador y no al barrio de donde proviene.

No obstante, y a pesar de las limitaciones económicas existentes, el carnaval tuvo su apogeo en las décadas del 60 y 70, pero a finales de esta última ya no eran los mismos. Se aprecia poca creatividad en la confección de carrozas y vestuario, en la escasa riqueza de los números musicales que se interpretan. Es necesario encontrar una línea de trabajo que requiere excelentes coreógrafos, diseñadores, bailadores y modelos con talento y belleza física. La situación también podría mejorar si se convocara a concursos para seleccionar adecuados diseños de carrozas, pendones y vestuarios, con una rigurosa supervisión en lo referente a sus resultados estéticos. Se evidencia la necesidad de engalanar debidamente las áreas carnavalescas, que los círculos sociales, casas de Cultura y otras instituciones intensifiquen sus actividades, con una mayor atención a lo relacionado con la tradición del carnaval, dejando a un lado la concepción del espectáculo.

En los últimos años existe cierta mejoría en la organización y proyección general del festejo en la capital. Se ha emprendido un trabajo serio con las agrupaciones populares tradicionales, reteniendo el origen del barrio de éstas.

Las comparsas Los Guaracheros de Regla, Los Dandys, Los Payasos, Las Boyeras, La Sultana, Los Faraones, El Alacrán y otras, tienen una atención mayor con una preocupación por la reafirmación de sus características tradicionales. En el caso de la comparsa Los Payasos se realizó una reanimación artística contemporánea que ha causado una notable aceptación popular.

Mayor atención artística y adecuado apoyo material son los factores que han posibilitado un punto de partida que promete mejores resultados. Hay otros colectivos de más reciente creación que ya muestran un salto artístico favorable, la comparsa de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) constituye un buen ejemplo de ello. En los carnavales más recientes han salido comparsas por municipio, que si bien aún les falta una línea artística definida y cierta cohesión, pueden ser elementos a tomar en cuenta en la evolución favorable del carnaval habanero. Se impone seguir el trabajo en este sentido, que dé pasos consecuentes durante todo el año con el fin de alcanzar cada vez mejores resultados de manera, que la población vuelva a disfrutar de sus festejos como años atrás.



El cañonazo de las nueve de La Habana”





Por Alberto Boix Comas. Aparentemente editado a principios de la década de 1950.

“Pocas son las ciudades del mundo en que se sigue la tradición de lo que el amurallamiento de las plazas fuertes imponía y que era de una importancia capital para los habitantes que, por razón de sus ocupaciones, o por diversión, salían fuera de su recinto durante las horas laborables. Las ciudades del 1600, que se encerraban en un círculo de piedra para defenderse de sus enemigos, tenían puertas que daban acceso al exterior las cuales a la señal de un cañonazo se abrían a las 6 de la mañana y se cerraban entre las 8 y las 9 de la noche. En la actualidad, que yo sepa por haber vivido en ellas, dos son las ciudades del orbe que siguen disparando un cañonazo a las 9 de la noche: La Habana, Capital de la República de Cuba y la ciudad del Norte de Africa, Melilla.

“La Habana por los años del 1600, por ser ciudad abierta a todo campo, se veía acosada constantemente por la presencia destructora y enemiga de piratas y corsarios entre otros enemigos, lo que tenía en constante zozobra a la pacífica población que en su seno albergaba. Estas contingencias hicieron que en 1667 su Gobernador don Francisco Dávila Orejón, planeara la construcción de su amurallamiento, obra que se inició en 1730 y terminó sobre el año 1740 con un costo que ascendió a unos tres millones de pesos.

“Estas murallas de la Ciudad de La Habana tenían unas seis puertas que comunicaban al exterior y que estaban situadas en los lugares que hoy conocemos con los nombres de La Punta, al final de la Calle de Cuba; de Colón, al final de la calle Cuarteles; de Muralla, en el lugar que hoy comúnmente se denomina Plaza de las Ursulinas; del Arsenal, a la salida de la calle de San Isidro; de la Tenaza, donde radica hoy la Estación Terminal de los ferrocarriles, y de Monserrate, donde se levanta hoy la estatua del General Albear a la salida de las calles de O'Reilly y de Obispo. Ellas encerraban a la Ciudad de La Habana en un área que comprendía toda la parte izquierda de su hermosa bahía hasta las calles de Egido y Monserrate, y todos los individuos que se encontraban fuera del recinto al dar las 9 de la noche ya sabían que con el cañonazo de las nueve les esperaba la intemperie nocturna con todos sus peligros, sin la más ligera esperanza de poder adentrarse en el casco citadino hasta que de nuevo el cañonazo de las seis de la mañana anunciara a la población que las puertas habían sido abiertas de nuevo, al despuntar una nueva aurora.

“Como todas las cosas humanas, La Habana tuvo su proceso y fue el suyo de progreso y engrandecimiento y, a medida que se iba acentuando su importancia, iban surgiendo como centinelas de avanzadas castillos y fortalezas que se conocen en su historia con los nombres de la Fuerza, el Morro, la Punta, el Príncipe y Atarés; Fortaleza de La Cabaña y Baterías de Santa Clara y Número Cuatro, estas dos últimas hoy desaparecidas. Con estos guardianes, la ciudad, sintiéndose segura, comprendió que sus murallas eran un obstáculo a su expansión y engrandecimiento, por lo que el Ayuntamiento de la ciudad propició y obtuvo la autorización para empezar a derrumbar la parte que más necesitaba y que era la que tenía las puertas de Monserrate. Sobre el año 1868 empezaron a ser derrumbadas aquellas pétreas defensas, y al expansionarse la ciudad, todo lo que quedaba dentro de lo que era la antigua ciudad amurallada se conoció con el nombre de La Habana Vieja y todas las calles que surgieron a la vida extramuros determinaron La Habana Nueva, nombres que aun hoy en día existen.

“Con pequeñas variantes en su verdadero casco interior, la ciudad habanera, a pesar de sentir todo el estremecimiento de la vertiginosa vida actual, no deja nunca de ser un pedazo de la Historia de Cuba, cuyas notas románticas se van esfumando a medida que 'el área de la hoy Capital de la República de Cuba va tragando kilómetros y kilómetros, ansiosa de playas, de aire y de sol, de alegría y distracción, de comercios y de industrias, de comodidad en el hogar y en el vivir, adquiriendo con ello fama de gran ciudad que se coloca entre las de primer orden por el número de sus habitantes, la magnificencia de sus repartos y construcciones y la extensión de su territorio que ha ido reclamando a las municipalidades vecinas el tributo indispensable para no perder el título de Señora y Reina... Entretanto, como piedras de rica tradición que adornan su corona ha dejado en cada extremo de lo que fue su primitiva existencia, un pedazo de sus murallas, mudos testigos de su ayer que se esfuma en los tiempos que jamás han de volver y que suspiran cada noche cuando, al filo de las nueve, el cañonazo tradicional les recuerda toda su historia.”

Por Mariano Jiménez (del Güije)


La literatura, los Nobel y La Habana


Leonardo Depestre Catony

¿A quién no le gusta un Nobel? Algunos no lo necesitan para tocar el Olimpo de las letras, pero aún así lo agradecen (salvo excepciones); para otros es la consagración. De cuán justa puede ser o no una decisión de la Academia Sueca, en cualquiera de las categorías, no comentaremos, ni falta hace. De ello se ha hablado bastante.

Lo que nos concierne es la cantidad de premios nobel de literatura que han visitado La Habana, antes o después de ser galardonados, lo cual es una curiosidad para compartir con los lectores.

Entre aquellos que visitaron La Habana antes de ser premiados con el Nobel de Literatura figura el español Juan Ramón Jiménez, quien llegó en noviembre de 1936, hizo una larga estancia en la Isla y recibió el premio en 1956. Súmese al inglés Sir Winston Churchill, el sorpresivo Nobel de 1953, quien se detuvo en La Habana más de una vez, la más recordada en febrero de 1946, cuando fue huésped de honor del Hotel Nacional. Octavio Paz, mexicano y ganador en 1990, estuvo en la capital cubana en 1938 y en 1956, muchos, muchos años antes de que la concesión del Premio culminara su brillante carrera en el mundo de las letras.

El escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias llegó invitado para las celebraciones del 26 de julio de 1959 y regresó como jurado del Premio Casa de las Américas al año siguiente, mas no recibió el Nobel hasta 1967. Jean Paul Sartre visitó la Isla en febrero de 1960 y el Nobel se le confirió en 1964 —por cierto, que lo rechazó. En tanto que el poeta chileno Pablo Neruda, presente en La Habana en 1942 y 1960, se alzó con el premio en 1971.

Casi olvidado está que el Nobel de 1989, don Camilo José Cela, fungió de jurado en el Premio Casa de las Américas en enero de 1965 y que el peruano Mario Vargas Llosa, galardonado con el Nobel del 2010, también desempeñó dichas funciones en la misma edición de 1965.

El teatrista italiano Darío Fo visitó Cuba en dos ocasiones: en 1966 y en 1984, en ocasión del III Festival de Teatro de La Habana, cuando aún estaba lejos de pensar que ganaría el Nobel correspondiente a 1997. Günter Grass llegó en febrero de 1993, pero el autor de "El tambor de hojalata" no ganó el Nobel hasta 1999.

Han estado en Cuba antes y después de galardonados otros célebres escritores. La chilena Gabriela Mistral en 1922, 1938 y 1953. Gran amiga de los cubanos y admiradora de José Martí, a la Gabriela se le confirió en 1945, noticia recibida con gran regocijo en la Isla. Ya sé que estará pensando en Ernest Hemingway, cuya primera visita se remonta a 1928 y la última a 1960, con varias más intercaladas, incluida su estancia en Finca Vigía. Papa ganó el premio en 1954 y a Cuba donó la medalla de oro que se le entregó. Gabriel García Márquez llegó en enero de 1959. Después ha sido frecuente su presencia, casi un cubano más, y el Nobel le llegó (¡bienvenido!) en1982.

El autor nigeriano Wole Soyinka ganó en 1986 y al año siguiente, en enero, ya estaba en Cuba… pero por segunda vez, pues había estado en 1964. Y José Saramago llegó en 1992, como jurado del Premio Casa de las Américas, ganó el Nobel en 1998 y después siguió viniendo.

A Nadine Gordimer la Academia Sueca le confirió el galardón en 1991; ella llegaría a La Habana en diciembre de 2002 y repetiría en febrero de 2010, durante la Feria Internacional del Libro. Caso similar —si bien con muchos años de diferencia— sería el del dramaturgo español Jacinto Benavente, quien llegó a Cuba en diciembre de 1922, a pocos días de recibir la noticia de que había ganado el premio de ese año. Y George Bernard Shaw lo ganó en 1925, mas no fue hasta 1936 que el genial irlandés llegó a La Habana en un breve tránsito. Estos tres últimos, como ve, desembarcaron después de alcanzar el lauro.

Un último apunte. También estuvieron en Cuba el mexicano Alfonso Reyes, los españoles Ramón Menéndez Pidal y María Zambrano, el norteamericano Arthur Miller y el británico Graham Greene. Cualquiera de ellos merecía un Premio Nobel sin que nadie se pusiera bravo. Y además otros. Por último, tampoco nadie hubiera objetado el premio para el novelista cubano Alejo Carpentier. Al menos, es la atrevida opinión de quien escribe.


La imagen de la Virgen María en la poesía cubana



Roberto Méndez Martínez, 2012                                            

A lo largo de este año, Cuba ha celebrado el cuarto centenario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad flotando sobre las aguas de la bahía de Nipe. Además de las celebraciones religiosas, la conmemoración ha motivado coloquios teóricos, grabaciones de discos y documentales, dossiers en revistas culturales e históricas, en tanto el suceso trasciende lo puramente religioso, para implicarse en la cultura y en último caso en la identidad de lo cubano como ha asegurado Eusebio Leal, Historiador de la ciudad de La Habana, en una entrevista reciente para el Portal Cubarte:

[…]la Virgen aparece hace 400 años en un contexto social complejo; aparece en el oriente de Cuba, en la zona más feraz y más representativa- pienso- de la naturaleza de nuestro país entre sus diversas expresiones de oriente a occidente; pero oriente, el lugar por donde sale el sol tiene un alto significado para Cuba. Que sea un hallazgo en el mar, subraya el carácter de la isla, el carácter del archipiélago, además de haber sido encontrada por unos pescadores: indígena, negro, españolizados ya en la lengua, pero representantes de la diversidad cultural y étnica que conforman la nacionalidad cubana.

[…]
Entonces esa imagen, esa Virgen mestiza que aparece en el mar en medio de una contingencia natural como la tempestad o el ciclón, caracteriza al pueblo cubano y eso de que se haya bordado en su vestido el escudo de la nación tiene un significado porque en años de lucha, de peregrinación, de violencia por alcanzar la libertad y la abolición de la esclavitud ella ha estado allí en el Cobre.

Según la tradición, el hecho se produjo hacia 1612, en la bahía de Nipe, ubicada en la costa oriental de Cuba, cuando dos hermanos, humildes trabajadores de campo: Juan y Diego de Hoyos, acompañados por un niño negro, Juan Moreno, descendiente de esclavos africanos, vieron flotando sobre las aguas una imagen sostenida por una tabla en la que se leía: «Yo soy la Virgen de la Caridad». Fue conducida primero al Hato de Barajagua, donde vivían y trabajaban, y poco después al Real de Minas del Cobre. Primero se le erigió una ermita que dio lugar, a finales de esa centuria, a un verdadero santuario, enriquecido y transformado en la misma medida en que su culto fue expandiéndose.

El hallazgo, que durante siglos se trasmitió en Cuba como una tradición oral de fuerte sabor legendario, pudo ser verificado con rigor histórico, a mediados del siglo XX, por el historiador cubano Leví Marrero quien encontró en el Archivo de Indias en Sevilla, dentro del Legajo 363 de la Audiencia de Santo Domingo, una declaración que realizara Juan Moreno en 1687, cuando contaba ya con 85 años de edad, en la que narraba aquellos hechos de los que fue testigo directo:

Embarcados en una canoa para la dicha salina y apartados de dicho Cayo Francés, vieron una cosa blanca sobre la espuma del agua que no distinguieron lo que podía ser, y acercándose más les pareció pájaro y ramos secas. Dijeron dichos indios, parece una Niña, y en estos discursos, llegados, reconocieron y vieron la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santísima, con un Niño Jesús en los brazos, sobre una tablilla pequeña, y en dicha tablilla unas letras grandes las cuales leyó dicho Rodrigo de Hoyos y decían: «YO SOY LA VIRGEN DE LA CARIDAD» y siendo sus vestiduras de ropaje se admiraron que no estaban mojadas.

Gracias a este testimonio fue posible calcular de manera muy aproximada la fecha del hallazgo y desmentir a aquellos que consideraban estos sucesos como una invención. No ha podido saberse hasta hoy de dónde procedía la imagen, si de un barco o de tierra firme, ni el lugar en el cual fue creada y aunque su advocación «de la Caridad» era conocida y venerada en España desde hacía siglos, su apariencia externa no tiene muchos puntos de contacto con la virgen que bajo ese título se conserva en el hospital de Illescas, ni su homónima en Sanlúcar de Barrameda, según demostrara Fernando Ortiz en el libro que dejara inconcluso sobre la virgen morena y que fue publicado póstumamente, donde desmiente la identificación plena de ambas imágenes, la española y la cubana, hecha de manera festinada por la investigadora norteamericana Irene Wright.

Ya en el siglo XVIII la devoción se había extendido de tal forma, que continuamente llegaban los peregrinos al santuario del Cobre y, además, réplicas de la imagen eran ofrecidas a la devoción pública en otros lugares del país, como Sancti Spíritus y Puerto Príncipe. Lógicamente, esto dejó huellas en la cultura de la Isla y la poesía no fue una excepción. Las páginas que siguen son el intento por repasar algunos de los hitos más apreciables de la presencia de la virgen –no solo bajo la advocación de la Caridad, sino también con otros nombres– en las diferentes etapas de la poesía cubana.

Es preciso hacer una salvedad: quedan pendientes, más allá de estas cuartillas, una exploración de la literatura oral cubana y una prospección en revistas de orientación religiosa, folletos y hasta almanaques, para hacer un justo inventario de lo que Nuestra Señora, ha inspirado a los cantores insulares de distintas épocas, escuelas literarias y calidades. Estas son solo consideraciones sobre textos que o bien han entrado ya en el canon literario cubano o han sido conservados como testimonios de valor histórico.

La primera referencia a la virgen María que ha podido localizarse en nuestras letras se halla en el primer monumento literario cubano, el poema épico Espejo de paciencia, redactado por el escribano canario Silvestre de Balboa, hacia 1608, que narra la prisión del obispo Cabezas Altamirano a manos del pirata francés Gilberto Girón y su rescate por un grupo de vecinos de la villa de Bayamo. Cerca del final del texto, cuando se relata la entrada triunfal en el poblado de los rescatadores está esta referencia:

Con esta majestad y este aparato
entró Gregorio Ramos en la villa,
dando al lugar un súbito relato
de contento, placer y maravilla:
y por ser al Señor en todo grato,
fue al templo de la Virgen sin mancilla,
y dio las gracias a la madre e hijo
de la nueva victoria y regocijo.

Los sucesos que cuenta Balboa en su texto ocurren en 1604, por lo que la información no está asociada a la Caridad, hallada hacia 1612, sino a otra advocación mariana que se venerara en Bayamo, probablemente la Inmaculada Concepción.

Como es posible conocer si se abren las páginas de cualquiera de nuestras historias literarias, después del Espejo… hay un período de oscuridad, o al menos de carencia de documentos que no cesa hasta la centuria siguiente, aunque en el propio siglo XVIII junto a varias figuras muy menores, hay grandes lagunas que no permiten hablar de un verdadero movimiento literario y, mucho menos, de una obra grande y significativa. Existen versos festivos y de ocasión, piezas vinculadas a una peculiar circunstancia histórica o función oficial, pero no habiéndose formado una expresión criolla de rasgos estables, difícilmente podían sentarse todavía, las bases de una literatura nacional.

Sin embargo, aún en este modestísimo panorama, la virgen María encuentra sitio en los versos que en la Isla se redactan. Disponemos, por ejemplo, del romance «A la Purísima Concepción» del médico villaclareño José Surí Águila (1696-1762), pieza de cierta extensión que José Lezama Lima quiso recoger en su Antología de la poesía cubana. Al texto se puede aplicar la aseveración que Enrique Saínz formula a propósito de las muestras que se han conservado de este aficionado:

Diríase que sus poemas vienen a ser exaltaciones de la doctrina católica mediante versos pobres de expresión en todos los sentidos, tanto conceptual como estilísticamente. Sus octosílabos tienen, por momentos, cierto ritmo que hace grata su lectura, cierta fluidez simpática y una adjetivación muy acorde con sus intenciones doctrinales, aunque a veces extremadamente pobre. Un culteranismo ingenuo está presente también en esta poesía simple y candorosa…

Así, por ejemplo, en el citado romance a la Inmaculada Concepción, exhibe una enojosa erudición sobre el simbolismo de las piedras preciosas, destinado a relacionar la descripción que hace el último libro de La Biblia, «El Apocalipsis, de La nueva Jerusalén», con las virtudes virginales. Mientras el autor de la Escritura señala:

El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio; y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio. (Apoc 21, 18-21)

El poeta aficionado se vale de esa lapidaria colección para asimilarla simbólicamente a las virtudes de la virgen, lo que estaba asociado con la tradición de los teólogos y místicos medievales, asimilada por la poesía barroca hispanoamericana:

De María el dulce nombre
indica la calcedonia,
con resplandor y virtudes
que a este mar de gracia adornan,
rubricando la esmeralda
la esperanza que transforma
este ser inmarcesible,
este nardo o amapola…

Es llamativo que este médico, que ganó fama popular por su capacidad para convertir en versos hasta las recetas que dejaba a los pacientes, nos legara tan curioso documento de sabor gongorino.

En 1763, un año después de la muerte de José María Surí, el obispo Pedro Morell de Santa Cruz extiende el título en que se nombra a Esteban Salas, maestro de capilla en la Catedral de Santiago de Cuba. Este talento singular tomaría posesión de su cargo al año siguiente, y trabajaría allí el resto de la centuria, para enriquecer los oficios divinos con misas, himnos, salmos, sobre todo con aquellos “villancicos, cantadas y pastorelas” cuyos textos redactaba él, en algunos casos, o se valía del ingenio del más notable de los poetas de Santiago por aquellos días, Manuel María Pérez, o simplemente acudía al repertorio de villancicos que por aquellos tiempos se empleaba en la Península aunque, según era habitual, no se consignaba el nombre del autor. Quizá porque las letras no debían perder el sabor popular de los villancicos antiguos, en las piezas piezas hay mucha menos retórica que en la mayor parte de la poesía de su tiempo y a la vez, sus imágenes tienen una riqueza singular, muy en particular cuando se refieren a María. Véase la estrofa que inicia Una nave mercantil:

Una nave mercantil
que conduce Pan de el cielo
para bien del mundo todo
busca tierra, pide puerto.

Nótese que en solo cuatro versos se desarrolla una imagen de particular exuberancia: María, que lleva en su seno al Redentor, es comparada con las naves que tocan el puerto santiaguero cargadas del alimento para los hombres. En este caso, Jesús es visto no en su figura humana externa, sino en la sacramental de “Pan del cielo”. Es habitual reconocer a Salas la condición de ser el primero de nuestros grandes compositores, habría que añadir que, a la vez, las letras de sus villancicos, propias o ajenas, son más modernas y elocuentes que la mayoría de las composiciones de sus contemporáneos.

Se sabe que por esos mismos años, en el modestísimo santuario a Nuestra Señora, en el Cobre, se cantaban ya “gozos o coplas” en su alabanza. Sin embargo, la versión inicial escrita conservada es muy posterior:

Pues te hizo la Trinidad
tan perfecta y sin igual.
Líbranos de todo mal
Virgen de la Caridad.
Sobre las aguas vinisteis
A dar al hombre consuelo
Como una señal del cielo
A tres os aparecisteis,
Con esto claro nos disteis
Pruebas de tu gran piedad.
Líbranos de todo mal
Virgen de la Caridad.

No puede afirmarse que tales “gozos” sean demasiado originales. Es probable que los elaborara un capellán del santuario guiándose por ejemplos más antiguos, dedicados a otra advocación mariana, como los que de forma popular se rezaban a la virgen del Pilar en Zaragoza. Pero en ellos, con su condición de oración antifonal —es decir, donde alternan, estrofa y estribillo, que podrían corresponder en la liturgia al diálogo entre cantor y coro— así como en el casi infantil relato del hallazgo de la imagen y sus milagros, está la impronta de lo auténtico popular. Ellos fueron una de las fuentes que contribuyeron a inspirar a Emilio Ballagas para su cuaderno mariano Nuestra Señora del mar.

Cuando se inicia el siglo XIX ya la devoción a la virgen de la Caridad alcanza a la mayor parte de la Isla. Peregrinos de todos los sitios van hacia su santuario y se han levantado templos bajo su advocación en otros sitios, como se hiciera en Puerto Príncipe en 1734; no obstante, sigue siendo un culto en extremo popular, carente del “prestigio” de otras advocaciones más antiguas, que gozan del apoyo de órdenes religiosas o son titulares de templos de gran relieve: la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora de la Merced, Nuestra Señora de los Desamparados, la virgen del Pilar. Esto, sin dudas, influye en la literatura pues, salvo las excepciones que estudiaremos, los autores de mayor cultura se inclinan por las advocaciones de más rica tradición y prestigio social.

Ejemplo de ello es la principeña Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) cuya obra es superior en cuanto al número de poemas dedicados a la virgen María de nuestro siglo XIX, muchos de ellos notorios por sus valores estéticos. Ella, en su infancia y adolescencia debió conocer la devoción a la Señora del Cobre, más aún, con seguridad, participó en las ferias que cada año se celebraban en torno al templo que le habían consagrado en las afueras de la ciudad durante el novenario que precedía a la fiesta. Sin embargo, en sus versos no hay una alusión precisa a los rasgos singulares de esta advocación, como sí los hay a la Inmaculada o al Dulce nombre de María, aún en los numerosos versos y oraciones que incluyó en su Devocionario.

La plegaria “A la Virgen”, compuesta en 1841, es el único poema de tema religioso que incluyera en la primera edición de sus versos. El texto debió ser muy entrañable para ella pues lo trabajó varias veces, hasta el punto de refundirlo, con el fin de hacerlo aparecer en las sucesivas ediciones de su poesía. En su versión última consta de doce estrofas, que emplean un formato muy extraño en la literatura española: la “eneagésima” o estrofa de nueve versos:

Vos, entre mil escogida,
de luceros coronada:
vos, de escollos preservada
en los mares de la vida:
vos, radiante de hermosura,
¡Virgen pura!
de toda virtud modelo:
flor trasplantada del suelo
para brillar en la altura.

Al homenajear a la Virgen, la escritora tiene como referencia inmediata su presencia en la Biblia, de hecho en las dos primeras estrofas ella está realizando una especie de homenaje al capítulo duodécimo del Apocalipsis, donde una mujer “envuelta en el sol como en un vestido, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza” (Apoc. 12,1) da a luz un hijo varón y se enfrenta al dragón o bestia demoníaca. Cuando la escritora insiste en la imagen de la Virgen pisando a la serpiente, que ha llegado a ser parte imprescindible de las representaciones plásticas de la Inmaculada Concepción ─véanse los múltiples ejemplos legados por Murillo─, se está haciendo eco de las palabras de Yahveh a la serpiente en el Génesis: “Su descendencia [la de Eva] te aplastará la cabeza, y tú le morderás el talón” (Gen 3,15), mientras que en la décima estrofa, queda glosado un pasaje del cántico del Magnificat: “Actuó con todo su poder: deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes” (Lc 1,51).

Mas los misterios venero
que comprender no consigo
y a vos ¡oh Virgen! Os digo:
“Yo sufro, ruego y espero.”
Se dice que el Señor vierte
en el fuerte
y en el soberbio su ira,
mas con blandos ojos mira
del desvalido la suerte.

Desde el punto de vista del lenguaje, el texto parece tomar aliento en un soneto de Calderón de la Barca que marca las primeras estrofas. El hecho de que la escritora guardara de modo más o menos consciente la reminiscencia de ese texto, no solo se hace evidente en lo que hay de común a nivel tropológico entre el soneto y, en especial, la primera estrofa, sino el que ella emplee en esa las mismas consonancias en “ida-ada” que rige los dos primeros cuartetos del poema calderoniano. Compárese estos con la estrofa inicial ya citada:

¡Quién eres, ¡oh mujer!, que aunque rendida
al parecer, al parecer postrada,
no estás sino en los Cielos ensalzada,
no estás sino en la tierra preferida?
Pero, ¿qué mucho, si del Sol vestida,
qué mucho, si de estrellas coronada,
vienes de tantas luces ilustrada,
vienes de tantos rayos guarnecida?

El tono enfático, como de apoteosis, que preside sobre todo las tres primeras estrofas del poema de la cubana, que cumplen la función de invocación en esta oda-plegaria, va cediendo, no obstante, a favor de una voz más íntima y personal, que da rienda suelta a su dolor:

¡Entorno miro!...No existe
ni patria ni hogar querido...
¡Soy el pájaro sin nido!
¡Soy sin olmo hiedra triste!
Cada sostén de mi vida,
desvalida,
fue por el rayo tronchado,
y débil caña ha quedado,
de aquilones combatida.

Llama la atención este contraste entre la barroca brillantez de la invocación y el romanticismo del desarrollo. Pero de ahí no puede derivarse que la autora sea insincera, como pretende el crítico Rafael Marquina:

Esa poesía es una resaca más sentimental y egoísta que puramente transida de religiosidad ─aunque es innegable la que trasunta en sus palabras─ y más apegada a lo humano, al barro y a la quejumbre, al dolor y a la desgracia, que a los puros sentimientos y los acendrados deliquios de la devoción en sí misma como razón suficiente y suasoria.

Quien así escribe olvida una verdad elemental de este género: en la poesía religiosa, si no está el autor en uno de sus dos extremos —sea en el ejercicio de pura versificación de tema sacro o en la revelación del místico que siente celebrar ya sus nupcias con Dios─ lo esperable es la alternancia de alabanza y súplica, o la fusión de ambas en textos de pasión amorosa no del todo correspondida.

¡Ay! no soy robusta encina,
firme del cierzo a la saña,
sino humilde y frágil caña,
que al menor soplo se inclina.
Bajo el barro omnipotente
veis mi frente
postrarse humilde, Señora:
decidle, pues, que ya es hora
de que se extienda clemente.

En 1842 Gómez de Avellaneda redacta un poema muy diferente: “A la Virgen. Canto matutino”. El tono sosegado de esta alabanza a María, la elegante fluidez de la estrofa sáfico-adónica y aun la contención del lenguaje que procura la sencillez y rehúye deliberadamente la ampulosidad, le convierten en uno de sus poemas religiosos más atractivos.

Mientras la aurora con rosados tintes
baña las nubes que al Oriente vagan,
nubes que arrolla con su leve soplo
céfiro blando:

Estamos ante una jubilosa confesión de fe, diurna y luminosa, que parece excluir toda duda, en la misma medida en que el yo poético parece haber hallado una familiaridad inmediata con la Virgen, asumida como un ser en el que se contienen todas las virtudes de lo maternal. No se olvide que a lo largo de su existencia, Tula vivió una difícil relación con su madre, a la que, sin embargo, amaba mucho. Es muy probable que en la imagen de María, ella esté venerando a una madre ideal que sustituye a la carnal con todas sus contradicciones.

Son especialmente afortunadas las estrofas en las que el nombre amado se convierte en eco que va y vuelve entre los accidentes del paisaje, como una manera particular de saborearlo:

Vuela mi ruego, y endulzando el pecho
plácido el nombre – que doquier invoco-
ecos del monte, del vergel y el valle
vuelven ¡María!
Vuelven ¡María! y sin cesar mi lengua
torna- ¡María!- a pronunciar despacio...
Siempre-¡María!- y cada vez más dulce
suena ese nombre!

Rafael Marquina, esta vez más acertado en su juicio, dice de este poema que “el alma canta en pura gracia de amor divino, en exaltación desasida de toda particular contingencia, por el gozo de sentirse inmersa en la luz más clara”.

En el verano de 1858, mientras su esposo Domingo Verdugo convalece de las heridas que recibiera en un ataque callejero, cuyas implicaciones aún hoy no son demasiado claras, el matrimonio viaja por los Pirineos. En su itinerario visitan Lourdes, donde hacía dos años, según afirmaba el pueblo devoto, había aparecido la Virgen a Bernardette Sobirous y la había curado de un padecimiento oftálmico, con el agua de un manantial que brotó de la “roca de la aparición” en el Massabielle. La escritora, quien contó su viaje en “Mi última excursión por los Pirineos” ─aparecido en Diario de la Marina de La Habana, en forma de folletín, entre el 19 y el 28 de julio de 1860─ se muestra primero escéptica sobre la autenticidad del milagro al saber que “el prelado de aquella diócesis hubiera hecho nada para esclarecerla”. Contempla a “cojos, sordos, herpéticos, todos animados de una misma esperanza” acudiendo a la fuente para sanar sus dolencias, pero solo viene a quedar convencida, cuando hace una visita a la joven Bernardette, quien le relata personalmente los sucesos:

El aire de sincera sencillez con que acompañaba sus palabras, la seguridad con que contestaba a todas nuestras preguntas y la recomendación que le prestaba su fisonomía candorosa, no nos permitieron conservar recelos de una superchería[...]nos dirigimos a nuestro coche de viaje, bendiciendo al Señor por la señalada predilección que dispensa a los débiles y humildes, a la vez que compadeciendo a los esprits forts, que están privados del placer que causan siempre a nuestros corazones creyentes todas las piadosas tradiciones del benéfico poder de la Madre de los Desamparados.

En “Las siete palabras y María al pie de la cruz”, poema compuesto durante su última estancia en Cuba, encontramos en la solemnidad de esas octavas agudas, la memoria trágica del Viernes Santo. Percibimos que es una personalísima fusión de dos momentos litúrgicos de ese día: el sermón o meditación de “Las siete palabras” y el canto del Stabat mater y con ellos la memoria de aquellas ceremonias de tinieblas que viviera en la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad en su infancia principeña, y luego en Galicia y en Sevilla, pero el texto resulta descriptivo y exterior, el ambiente es dramático ─como de procesión andaluza─ aunque no está trabajado desde una vivencia íntima.

El punto más alto de su escritura religiosa lo constituye el Devocionario nuevo y completísimo en prosa y verso, impreso en Sevilla en 1867, dedicado a “A.S. A.R. La Serma. Señora Infanta, Duquesa de Montpensier”. Allí, la labor de la escritora ha estado dirigida en tres sentidos a la vez: antologa su principal poesía religiosa, compila oraciones populares que ofrece revisadas y adecuadas a su estilo personal y además configura un manual para la devoción privada. La presencia de la Virgen allí es constante. Recuérdese el ferviente cántico que está al inicio del volumen:

Honor os rindo y gratitud ferviente
Oh Estrella matinal! Mística Rosa!
Del Autor de la luz Madre potente!
Y del triste mortal Reina piadosa!
No despreciéis por pobres mi loores
ni me neguéis jamás vuestra asistencia;
también mirando con igual clemencia
a mis deudos, amigos, bienhechores,
y a los que en noche de la tumba fría
la lumbre aguardan del eterno día.
Amen.

Asimismo, tiene lugar allí un canto “Al Dulce Nombre de María” que ella había publicado en La Habana, en La Verdad Católica, hacia 1862, pero que no incluyó después en la edición “definitiva” que preparó de sus Obras completas en 1869. El poema tiene, como otras composiciones de la etapa tardía de la camagüeyana cierto lastre retórico, determinado convencionalismo expresivo, pero no es dable dudar de su ardiente sinceridad:

Nadie jamás a vuestro amparo augusto
inútilmente se acogió, Señora!
Vos escucháis al pecador y al justo;
pues ningún hombre a vuestras plantas llora,
y su esperanza o su dolor os fía,
que no halle en vos clemencia,
y ante la soberana omnipotencia
derecho a la piedad. ¡Salve, María!
¡Salve cien veces, Madre poderosa
Del Redentor Divino!
¡Salve, oh del cielo estrella luminosa,
que la senda alumbráis del peregrino
cuando se pierde en noche tempestuosa.

Mucho más conmovedor resulta el villancico que incluye entre las oraciones para la Navidad, donde se siente palpitar el aliento de Lope de Vega y otros autores de los Siglos de Oro que bebieron de la inspiración popular:

Ya llega la noche,
ya llega ¡oh María!
y es triste y es fría
cual noche invernal.
Mas ¡ah! no hay asilo
que ofrezca a tu anhelo
de tu augusto abuelo
la tierra natal.
¿Qué harás sin amparo
sabiendo, Señora,
del parto la hora
ya próxima estar?

Al recorrer nuestra literatura religiosa durante el siglo XIX muchos preferirán las otros textos más sencillos o con menos evidente carga retórica, sin embargo, nadie en esa centuria trató el tema de la Virgen en sus versos de forma tan variada y sistemática. Sirva esta especie de copla o “saeta” que ella coloca en la Décimotercera estación del Vía crucis de su Devocionario para resumir el ansia de trascendencia espiritual que ella liga a esta figura:

¡Madre llena de amargura!
que al romper mi alma sus lazos,
al que hoy ve muerto en tus brazos
glorioso admire en la altura.

No debe resultar extraña a los lectores la constatación de que los dos poemas más notables, dedicados a lo largo del siglo XIX a la criolla virgen Morena, hayan sido redactados por autores que nacieron en la región oriental.

El primero de ellos, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, muy conocido por su seudónimo El Cucalambé, nacido en Las Tunas en 1829, va a consagrarle un extenso poema en dos partes, compuesto totalmente en décimas.

Aunque era un hombre culto, con una formación más o menos autodidacta, que incluía el conocimiento de las letras clásicas y la tradición literaria española; de fuerte raigambre popular y acostumbrado a cantar el paisaje oriental, la flora y fauna que lo rodeaban; así como a evocar el supuesto pasado idílico de los primitivos habitantes de la Isla, empleando para ello los metros y combinaciones de mayor popularidad: el romance y la décima, otorga un tono de extrema sencillez y familiaridad al poema:

Cuando yo, inocente niño,
En el regazo materno
Era objeto del más tierno
Y solícito cariño;
Cuando una mano de armiño
Me acarició en esa edad,
Mi madre con la ansiedad
Más grata y más fervorosa,
Me habló de la milagrosa
Virgen de la Caridad.

Son versos que pueden ser cantados todavía, con acompañamiento de guitarra y laúd en una fiesta campesina, de ahí su música persuasiva, su permanente actualidad, su estricta concordancia con una devoción que se encuentra inscrita en lo humilde y raigal de nuestras tradiciones.

Nuncio de paz y ventura,
Dulce esperanza del triste,
En ese santuario existe
Siempre bella, siempre pura,
Brillante sol que fulgura
Tras la negra tempestad,
Y a quien por su gran bondad
Los cubanos respetamos
En tanto que la llamamos
Virgen de la Caridad.

Hemos visto circular este texto no solo en las ediciones de la poesía de Nápoles Fajardo, sino también manuscritos o mimeografiados, sobre todo en manos de lectores “no especializados”. Lo directo del lenguaje, la mezcla de evocación romántica y plegaria y su musicalidad, lo han convertido en el preferido de la gente sencilla.

Tú que bondadosa y pía
Consuelas el trance fiero
Del náufrago marinero
Que en ti con fervor confía;
Tú, cuyo nombre lo guía
Al puerto de salvación;
Tú, para quien nunca son
Los tristes clamores vanos,
No niegues a los cubanos
Tu sublime protección.

En una finca, en las cercanías del Cobre había nacido la poetisa Luisa Pérez Montes de Oca (1865-1922), de ahí que ella recibiera de manera privilegiada la devoción a María, junto con su primer aliento. A lo largo de su azarosa y atormentada vida, la imagen piadosa de María iba a acompañarla, y una muestra de ello es su poema “Ante la virgen de la Caridad”, compuesto por seis cuartetos endecasílabos, de un tono más solemne y elevado que el de las décimas de Nápoles, como corresponde a la plegaria de una mujer atribulada por las pruebas que sufre en su existencia.

Una de sus estrofas evidencia la incorporación de la leyenda, que asocia el hallazgo de la imagen en medio de una tempestad que pone en peligro la vida de los navegantes y ella aprovecha simbólicamente ese motivo para darle un sentido espiritual, aplicable a todos los hombres:

Virgen, a quien los náufragos un día
hallando ya en las aguas sepultura,
aparecer sobre las olas vieron
como un ángel de blanca vestidura.

También nosotros somos ¡madre amada!
náufragos que tu amparo reclamamos,
haz que delante de nosotros siempre
flotar tu blanca túnica veamos.

No es este uno de los textos mayores de la autora de “La vuelta al bosque”, pero su sinceridad y fervor lo convierten en un muy valioso exponente de nuestra poesía religiosa en esa centuria.

La vida cubana se inicia en el siglo XX bajo doble signo, por una parte, la Constitución de 1901 trae consigo una polémica sobre la pertinencia de invocar el nombre de Dios en ella, y también la separación de la Iglesia y el Estado. El pensamiento liberal, masónico y anticlerical tiene una gran influencia, a lo largo del siglo, sobre los que participan en la política cubana y entre la intelectualidad en general. Mas, por otra parte, ocurre la proclamación de la virgen de la Caridad, como Patrona de Cuba, a solicitud de un grupo de veteranos de las guerras de independencia y su culto se extiende de forma notoria por todo el país, lo que se evidencia por ejemplo, en las gestiones de Doña América Arias, esposa del general José Miguel Gómez, para que el templo habanero de la calle Salud, consagrado a la virgen de Guadalupe, cambie su advocación por la de la Caridad. Todo esto debía influir en la poesía.

En 1936, con motivo de la coronación canónica de la virgen de la Caridad, las autoridades eclesiásticas de la arquidiócesis santiaguera convocaron a un concurso para confeccionar una Corona Poética compuesta por los doce poemas más notables. A repasar el conjunto en la actualidad se hace notoria la ausencia de las verdaderas voces de la lírica cubana de ese tiempo, no solo las de primera fila, sino aun las que por entonces eran consideradas “medianas”, a pesar de que entre ellas había auténticos creyentes.

El primer lugar le fue otorgado al “Canto a la virgen de la Caridad”, de la poetisa Marieta Escanaverino Piñeiro, se trata de un extenso canto, marcado por gran número de lugares comunes y versificación deficiente, apenas pueden ponerse aparte algunos pasajes decorosos como este:

En las crespas olas de un mar como tinta,
tres desventurados de raza distinta,
ya casi vencidos por la tempestad
en su frágil barca clamaban al cielo,
cuando, como un iris de paz y consuelo,
vieron a la Virgen de la Caridad.

Mucho más apreciable resulta el texto que obtuvo el segundo lugar, titulado “Balada del peregrino”, del sacerdote paúl Francisco Romero, natural de Aragón y residente en La Habana, donde falleció en 1940. Aunque la composición no tiene un alto vuelo poético, conserva, en sus octosílabos romanceados, tantas décadas después, la frescura de una inspiración que nos remite a los ya comentados “Gozos” del siglo XVIII :

Dos almas tengo sin duda:
ésta que conmigo va,
y la que dejé a la Virgen,
de hinojos ante su altar.

Prendida aquélla en la gracia
quedó de celeste imán,
y ésta camina al reclamo
de un bohío en un palmar.

Bajo un dosel me imagino
de protección contra el mal...
¡Por Tí, Patrona de Cuba,
Virgen de la Caridad!

Algo semejante ocurre con el “Romance a la Virgen de la Caridad” de la poetisa y pedagoga espirituana Luisa Muñoz del Valle (1906-1987), galardonado con el tercer lugar. Su simplicidad casi infantil tiene aún una gracia que nos recuerda la llamada “poesía pura” cultivada por Mariano Brull y otros poetas de la vanguardia:

Para escribir su leyenda,
que es alba primaveral,
busqué una tiza de luna
y ahora quiero llegar
a la pizarra del cielo
por mi escala de cristal.

Quiero escribirla muy alto:
lección pura, que leerán
cuantos levanten la frente
al gran pergamino astral.

Una leyenda de estrellas
solo se puede contar
con la garganta del viento
o el aroma de un rosal.

Hacia la mitad del siglo XX aparecen algunos textos de inspiración mariana, en los que no se puede precisar con exactitud qué advocación de la Virgen los inspiró, pero sus valores estéticos hacen necesario que nos detengamos en ellos. Es el caso del Himno a la Virgen, de Silverio Díaz de la Rionda (1902-?), publicado en forma de folleto, hacia 1951, cuyos cuartetos asonantados tienen la delicadeza y emoción de la lírica neorromántica y todo el conjunto posee un lenguaje cuidado que lo convierte en una pieza, si no renovadora desde el punto de vista literario, al menos poseedora de apreciable dignidad en su escritura:

¡Oh fruto celestial! ¡Oh luz herida!
espuma de candor en tiempo de alma:
déjame adivinar qué siente el cielo
bajo el etéreo ardor de tus pisadas.

Así va tu canción sobre la arena
de una huella elevada a mariposa
y el arpa indeclinable de tus manos
suena hacia el sol, partida de la rosa.

Tampoco en el ciclo de los cuatro “Sonetos a la Virgen”, que José Lezama Lima (1910-1976) incluyó dentro de su primer libro de poemas Enemigo rumor (1941), puede precisarse cuánto pudo aportar a su inspiración nuestra Patrona, aunque, dentro del barroquismo de su lenguaje, se alcance a discernir motivos marianos que mezclan la piedad popular con el conocimiento, por el poeta, de la literatura y el arte asociados con María; de ahí, el logro en sus versos de un fuerte entramado simbólico, que se densifica gracias a un absolutamente singular empleo del idioma. Así, el primero de la serie mezcla el título latino dado a la Virgen, “Deípara”, es decir Madre de Dios ─que el poeta pudo contemplar muchas veces─, escrito a relieve a un costado de la catedral habanera, con símbolos de carácter visual asociados a ella: la espiga de trigo, la nieve, la estrella:

Deípara, paridora de Dios. Suave
la giba del engañado para ser
tuvo que aislar el trigo del ave,
el ave de la flor, no ser del querer.
El molino, Deípara, sea el que acabe
la malacrianza del ser que es el romper.
Retuércese la sombra, nadie alabe
la fealdad, giba o millón de su poder.
Oye: tú no quieres crear sin ser medida.
Inmóvil, dormida y despertada, oíste
espiga y sistro, el ángel que sonaba,
la nieve en el bosque extendida.
Eternidad en el costado sentiste
pues dormías la estrella que gritaba.

Los textos se entrelazan de forma sutil, de tal modo, si el tercero de ellos “Cautivo enredo ronda tu costado” contiene una interrogación angustiosa sobre la posibilidad de trascendencia del hombre, que se resume en su verso último: “¿Y si al morir no nos acuden alas?”, el cuarto es una urgente respuesta, en la que el poeta afirma la intercesión de la Señora para favorecer la resurrección del alma humana:

Pero sí acudirás; allí te veo,
ola tras ola, manto dominado,
que viene a invitarme a lo que creo:
mi Paraíso y tu Verbo, el encarnado.
En ramas de cerezo buen recreo,
o en cestillos de mimbre gobernado;
en tan despierto tránsito lo feo
se irá tornando en rostro del Amado.
El alfiler se bañará en la rosa,
sueño será el aroma y su sentido,
hastío el aire que al jinete mueve.
El árbol bajará dicción hermosa,
la muerte dejará de ser sonido.
Tu sombra hará la eternidad más breve.

Otros poetas de la primera mitad de la centuria cantaron de forma más abierta a la Patrona, desde sus poéticas particulares. Es el caso del neorromántico Hilarión Cabrisas (1883-1939), quien con sus poemarios: Breviario de mi vida inútil, La caja de Pandora, Sed de infinito y La sombra de Eros, ganó fama popular de poeta excepcional y no hubo velada o reunión familiar en que alguien no recitara su poema “La lágrima infinita”. Lo que cautivaba a sus numerosos lectores era el lenguaje desenfadado y la efusión romántica de un yo bohemio y desasido de convenciones sociales. Sin embargo, cuando empleó ese tono en su poema “Virgen del Cobre” muchos lo consideraron grosero cuando no blasfemo:

Madre india, madre mía, madre cubana y prieta:
ahora que hago un alto breve en mi vida inquieta
para llegar ante tu altar,
escucha , madre mía, la confesión secreta
de un niño grande y loco, romántico y poeta,
que su dolor te va a rezar.

Su contemporáneo Gustavo Sánchez Galarraga (1893-1934), poeta sentimental y dramaturgo ─al que se recuerda sobre todo, hoy, por su colaboración con Ernesto Lecuona en zarzuelas como María La O─, empleó la forma externa de una oración a María, para un texto de evidente sabor político, gestado en tiempos de la dictadura de Machado, en el que pedía el fin de aquel ambiente represivo, burlando con su expresión indirecta la censura:

Virgen de Cuba, Virgen trigueña y amorosa
que sobre el mar en furia apareciste ayer,
¿por qué en esta tormenta que a las almas acosa
no tornas, dulce Madre, de nuevo a aparecer?

…………………………………………………

La patria es hoy palenque donde combaten fieras.
Cada aurora, entre sombras, ahoga su arrebol
Y un yerto mar de sangre, sin fondo ni riberas
Va creciendo sus aguas para tragarse el sol.

………………………………………………..

Mas si no ceja el odio de hermano contra hermano,
Si unos y otros no amansan su cruenta hostilidad,
Tú, que riges las olas, ordena al oceano
Que salte y nos sepulte bajo su inmensidad.

Un caso muy singular es el de Nicolás Guillén. El futuro Poeta Nacional, en el espacio que a lo largo del año 1949, mantuvo en el periódico Hoy, dedicado a comentar satíricamente la actualidad en décimas jocosas, incluyó una dedicada a la virgen de la Caridad. El escritor no era creyente, pero en su infancia camagüeyana no es difícil adivinar que las mujeres de su familia, mestiza y popular, conocieran y practicaran la devoción a la virgen mulata. El resultado es un texto que aunque en primera instancia cuestiona el conformismo de algunos creyentes, no resultan irreverentes y quedan emparentados con lo mejor de nuestra poesía oral de tema social, por lo que ha sido incluido en diversas selecciones de poesía de tema religioso:

Virgen de la Caridad
que desde un peñón de cobre
esperanza das al pobre
y al rico, seguridad.
En tu criolla bondad,
¡oh, madre!, siempre creí,
por eso pido de ti
que si esa bondad me alcanza
des al rico la esperanza,
la seguridad a mí.

La obra poética de mayor extensión y aliento dedicada a la Virgen de la Caridad en el siglo XX es Nuestra Señora del Mar, cuaderno que Emilio Ballagas (1908-1954) dio a la luz en 1943. El autor camagüeyano había conocido esa devoción en su propio hogar, a partir de su madre, Caridad Cubeñas. Después de haber transitado su obra por la llamada poesía pura, la poesía de inspiración afrocubana y el neorromanticismo de sus elegías, siente la necesidad espiritual de ofrecer este conjunto como prueba de sus sentimientos cristianos, donde se mezclan la religiosidad popular con el conocimiento de la poesía católica en lengua española e inglesa.

A diferencia de otros autores, para escribir el cuaderno ha consultado las fuentes disponibles, conoce la historia de la aparición de la imagen y sus traslados, los “Gozos” y loores anónimos que se le han dedicado, así como la iconografía de la Caridad que, en estampas y medallas, se hace presente en los hogares cubanos.

El conjunto está estructurado a partir de formas estróficas tradicionales: la introducción es el “Soneto de los nombres de María”. Como afirma el escritor en una nota:

El soneto con que se inicia este poema se refiere a la unicidad de la Virgen María y a la pluralidad de nombres que recibe por parte de la Iglesia y de la tradición religiosa universal. Uno de esos nombres es el de la Caridad, bajo cuya advocación el pueblo cubano rinde amoroso culto de hiperdulía a la madre del Redentor.

El cuerpo del poema está formado por diez décimas, destinadas a cantar la aparición y traslados de la Señora. La inspiración viene al autor de un grabado que acompañó el libro de Bernardo Ramírez: Historia de la aparición milagrosa de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre…, publicado en Santiago de Cuba en 1853 y que, años después, en forma de litografía coloreada, resultó muy difundido. Allí se mostraba la imagen rodeada por seis óvalos que contenían cada uno de los momentos fundamentales de su historia y un poema conclusivo, “Liras de la imagen”, que consta de siete estrofas.

El poema termina con unas liras en donde se canta a los atributos de la Virgen, cuya imagen de media vara aproximadamente lleva en el brazo un diminuto grumete, y en la mano izquierda una cruz de oro con una esmeralda al centro. Situada sobre una nube de dos tercios de alto lleva un cerco de doce estrellas y la acompañan diez y seis serafines.

De esta manera hemos querido, aislar la luminosa religiosidad popular ―tradición universal popular― de la superstición plebeya que con innegables vetas de pintoricidad étnica, carece de legítimo vuelo espiritual. Y creemos que sin dejar de ser fieles a la poesía lo hemos sido a una de nuestras más puras tradiciones de isla, el culto de una Virgen que boga a través de nuestro mediterráneo.

Resulta llamativo el hecho de que, si bien Ballagas había cultivado hasta entonces, como signo de su pertenencia a la poesía de vanguardia, el verso libre, se sujete ahora a las normativas clásicas, en busca del sabor tradicional y popular que asocia al culto mariano.

No todo el cuaderno está a la misma altura estética. El soneto no está entre los más notables de Ballagas, pero resulta muy interesante el modo de relacionar la vivencia religiosa del culto a la Virgen con la configuración de una estética, en la que lo bello está asociado con la pureza espiritual, tal y como afirma en los tercetos:

Pero el amor que multiplica todo,
Panes y peces, el maná y la Forma,
Hace que la sin mancha baje al lodo,
Que la luz soberana tome forma,
Que la Belleza, al fin, halle acomodo
Y al ojo pecador dicte su norma.

De las décimas, confieso preferir la inicial u “Ofrecimiento”, con su rima fácil y lenguaje deliberadamente añejo, que tiene la gracia y ligereza de los improvisadores populares:

Déjame tomar asiento
En tu preciosa canoa
Y poner al cielo proa
Navegando por el viento.
Muévame el Divino Aliento
Con su poderoso brío.
Éntrame en tu claro río
Y súbeme a los alcores
Donde ángeles ruiseñores
Abren las albas del pío.

A veces tenemos la sensación de que la lectura del poema en décimas del Cucalambé ha sido un referente muy cercano para estas estrofas. Tanto el ambiente, en deuda con las litografías que adornaban tantas casas de la época, como el lenguaje directo de los cantos populares, vienen de ese venero que Nápoles Fajardo ayudó a establecer:

Los tres Juanes de rodillas
La regia visita adoran.
Los tres reman, los tres lloran
Mientras la barca sencilla
Va en vilo... La sin mancilla
Sal ciega en montones juntan
Y tornan. Ya se preguntan
Pescadores de la arena
Quién gobierna la serena
Barca que viene a la orilla.

Una de las espinelas finales, aquella en la que el ermitaño Matías de Olivera interpela a la imagen, que se ha ausentado por la noche de su lugar, tiene una discreta relación intertextual con el Cantar de los cantares bíblico y el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz:

¿De dónde vienes, Señora,
Con la ropa tan mojada?
¡Saliste sin ser notada
Y regresas con la aurora!
Bajo el manto seductora,
Igual que la sulamita.
Fuiste, Paloma, a la cita
Con el Celestial Esposo
Y traes del Amor Hermoso
Reflejo en la faz bendita.

Las liras conclusivas son una adecuada coda para el conjunto. El sabor de esta estrofa, acuñada en castellano por Garcilaso de la Vega y llevada de modo paradigmático a la poesía religiosa por San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual, ayuda a otorgar al cuaderno un aire neoclásico de buena ley, que no entra en tensión con sus fuentes populares. El poeta culto se suma a la canturía campesina con sus mejores registros:

Miro tu luna quieta
Cómo se duerme abandonada y fina
Como un ave sujeta
(Porque tu alta sonrisa la domina)
O como sierva que a tus pies se inclina.
Miro todas las cosas
Que se consagran a tu Monarquía;
Las islas luminosas;
La piragua que al paso te salía
Y el lazo para atar la mar bravía.

Con Nuestra Señora del Mar, Ballagas comenzó un itinerario en la poesía religiosa que encontró sus momentos más altos en una parte de los sonetos de su libro póstumo Cielo en rehenes. En el artículo “Gritémosle: ¡Emilio!”, José Lezama Lima se refirió así a estas experiencias:

Los caminos de Dios hacia el hombre los esperó profundizando su palabra. Vio fluir la ternura de lo divino como una sangre, como una sangre que levantará las raíces y los ramajes del árbol que le dará sombra a la interrogante y perdurable gracia de su poesía, más allá de la sombría morada del fuego y del vacío.


Legendarias y sublimes transgresoras admiradas en el recuerdo público



Por Gerardo E. Chávez Spínola

La configuración de la sociedad cubana en la época colonial, estipulaba la reclusión de la mujer al interior de la casa. Atender al marido, brindarle herederos saludables, cocinar, fregar, lavar y cuidar de los hijos, eran sus deberes sagrados.

La participación activa y señalada de las mujeres cubanas en la última etapa de la Guerra de Independencia permitió más tarde su incorporación a las lides políticas (derecho al voto, etc.) y también de otras pocas concesiones hasta ese momento, “socialmente reprobables”, con la formación de clubes femeninos pertenecientes al Partido Revolucionario Cubano. Pero, en su mayoría, este tipo de asociaciones seguirían los patrones conservadores de la época. De manera que las féminas proseguirían sus intentos individuales de liberación social.

Estas corrientes feministas comenzaron como tenues brisas al despertar del siglo XX, para luego alcanzar fuerza de huracán al final de la centuria. Antes, durante y después de este período histórico-social, algunas cubanas pragmáticas hicieron la diferencia. Su actitud ante la vida, o los acontecimientos en que se vieron involucradas a causa de esta, les llevaron a convertirse ante la opinión popular en el arquetipo añorado por sus respectivas épocas.

Las curiosas aventuras y desventuras en que se vieron envueltas aquellas “sublimes transgresoras” les colocaron de manera inusitada en el recuerdo público de este controvertido, intuitivo y fusionado pueblo cubano, convirtiéndolas en leyendas.

A continuación intentamos presentar una selección no representativa, abrupta, arriesgada y siempre trunca e incompleta, que brinda una idea del cómo y el por qué llegaron no pocas de ellas a ser estas sublimes transgresoras admiradas en el recuerdo público.

La Madre Melchora
Durante la época colonial y a partir del primer tercio del siglo XVI, los negros africanos escapados de la esclavitud fueron denominados en Cuba peyorativamente jíbaros o cimarrones. A los sitios donde se establecían, siempre en lo más intrincado y agreste del monte, se les llamaban Palenques, y a los que allí convivían, cimarrones “apalencados”.

Existió en el siglo XIX, en la zona de Vuelta Abajo, en la provincia de Pinar del Río, una negra cimarrona, de gran astucia y habilidad que llegó a comandar palenques. Todos le llamaban Madre Melchora y es posible que su nombre verdadero se haya perdido en el tiempo.

Durante varios años mantuvo irreductibles los sitios de vivaqueo de alrededor de cuarenta esclavos apalencados en los lomeríos de la Sierra del Rosario. Por supuesto que debían mudar de ubicación con cierta regularidad su campamento, so pena de ser rastreados por los rancheadores, que eran especializados perseguidores a sueldo de los hacendados.

De Madre Melchora se cuenta que sabía cada rincón de la agreste Sierra; cada oquedad protectora en el lomerío; o recodo del río, o de ojo de agua, de donde se podía recoger el preciado líquido; de los trucos para perderle el rastro a los perros; de las propiedades medicinales de las yerbas para sanar enfermedades y los más ocultos secretos de la manigua.

Así eran comentadas sus hazañas entre los esclavos de las dotaciones pertenecientes a las haciendas pinareñas, aunque en poco tiempo su fama llegó a La Habana. La Madre Melchora nunca fue atrapada, murió en el monte y pasó a ser una de las primeras mujeres transgresoras que en Cuba, se convirtió en leyenda.

Titina
Cuando aún ni siquiera soñábamos con salir del androcentrismo social que regenteó por siglos nuestra Isla, una soleada mañana del 12 de noviembre de 1894, el atrevimiento de Antonia Martínez, más conocida por Titina, sacó de sus casillas al mundillo sociocultural habanero, al hacer uso público de una bicicleta.

Burlas, insultos, groserías y agresiones le llovieron a la primada del pedal en La Habana, pero nadie pudo evitar que otras “adelantadas” sacaran biciclos a la calle e hiciesen gala de su manejo, con desobedientes intenciones. El semanario La Carta del Sábado, colocó en portada una seria advertencia a tan osado libertinaje. Mientras otros órganos de prensa arremetían en furiosa embestida con beligerantes declaraciones contra esta subversiva moda feminista.

Titina, había nacido en Galicia y pasó a ser leyenda en La Habana, pero no por su temprana osadía feminista, sino porque en tono de burla le dedicaron una cancioncilla que se puso de moda, cuyo estribillo decía más o menos así: Titinia, oh Titina/montando bicicleta/al doblar una esquina/se le ponchó una teta…

A partir de 1898, con los primeros intentos de intervención del gobierno de los Estados Unidos en la política y la vida social de los cubanos, la imagen liberal de la mujer norteamericana fue utilizada como antimodelo por las corrientes conservadoras remanentes. Pero la emancipación femenina era ya irrefrenable. Cubanas pragmáticas no solo montaban bicicleta, sino que se cortaban el pelo; mostraban “desvergonzadamente” sus brazos, con blusas de mangas cortas; “escandalosos” zapatos bajos, que dejaban ver los tobillos “descaradamente”; y hasta fumaban cigarrillos en público. Pero pocas de ellas llegaron a ser leyenda con un estribillo tan jacarandoso, como Titina.

Evangelina Cossío Cisneros
La historia de La Cisneros es tan parecida a una película de Hollywood, que algunos dudan de su autenticidad. Pero muchas veces confirmada e investigada, aunque con multitud de variantes en determinados segmentos oscuros, la fuga de Evangelina Cossío Cisneros de la Casa de Recogidas de La Habana San Juan de Nepomuceno, fue total y completamente cierta.

Todo comenzó cuando Evangelina llegó a Isla de Pinos en 1896, haciéndole compañía a su padre, quien había sido deportado por las autoridades españolas. Tenía diecisiete años y era una joven de extraordinaria belleza, lo que despertaba los apetitos lascivos del coronel José Berriz, quien gobernaba la mencionada ínsula, por aquel entonces estrenada como Isla Prisión, al estilo como lo hicieron los británicos con su colonia de Australia.

Unos dicen que Evangelina realmente participaba en una conspiración, que tenía como objetivo tomar de rehén a Berritz, ocupar la Isla y liberar a todos los prisioneros; otros respaldan la idea que el militarote fue a la vivienda de la joven de improvisto, trató de forzarla y a sus gritos acudieron algunos amigos y dominaron al Coronel, quién a viva voz atrajo a los guardias. Todo esto produce un tiroteo donde hay varios heridos. Como resultado, la adolescente fue enjuiciada, hallada culpable y condenada a veinticuatro años de prisión en Ceuta, que no llegó a cumplir, pues estando en la Casa de Recogidas de La Habana, de inusitada forma la prensa norteamericana se hizo eco del asunto y muy pronto altas personalidades de la sociedad norteña, entre ellas la madre del entonces presidente de los Estados Unidos de América, dieron muestras de apoyo.

El señor William Randolph Hearst, dueño de la más importante cadena de periódicos de los EU, percibió la posibilidad de un reportaje formidable y envió en agosto de 1897 al Sr. Karl Decaer con instrucciones de rescatar a Evangelina de la cárcel. Lo que éste llevó a cabo en la madrugada del 7 de octubre de 1897, desde una casa colindante al recito penitenciario, apoyándose en una escalera, dos cómplices y el soborno de varios guardias. Luego Evangelina estuvo escondida en la ciudad por unos días, hasta que logró salir del país vestida de muchacho con nombre y pasaporte falsos, a bordo del vapor Seneca, que la llevó a Nueva York el 13 de octubre del propio año.

Se hizo leyenda internacional su aventura, gracias al surgimiento de un nuevo tipo de periodismo sensacionalista en los Estados Unidos, conocido como “la prensa amarilla”, bajo los auspicios del señor Hearst, quien patrocinó y orquestó el suceso con pericia. También se cuenta que existen documentos probatorios de la participación directa en esta operación, de personal de la embajada norteamericana, Acción magistral que predispuso a la opinión pública norteamericana, en contra del gobierno español y a favor de los patriotas cubanos, preparando el escenario para lo que vendría después.

Entre los protectores de la joven Cossío, que la escondieron a riesgo de sus vidas mientras las tropas de Weiler registraban La Habana de arriba a abajo, estaba Carlos F. Carbonell. Algunos creen que era militar (o se convirtió después), para luego servir bajo las órdenes del General Lee, en los E.U.; para otros, era un dentista radicado en la capital cubana y para algunos más, un poderoso banquero. Según cuentan, la historia termina en la boda de Evangelina con el señor Carbonell. También se afirma que la transgresora heroína falleció a los 98 años y pudo ver el triunfo de la Revolución.

Catalina Laza
Le decían “La maga halagadora” y era una de las mujeres más hermosas y cautivantes de la alta sociedad habanera. En una fiesta de esta aristocracia capitalina, conoce a Pedro Baró, cubano recién llegado de París, quien la cautiva con su mirada profunda y acento francés, al extremo de romper con el equilibrio de su matrimonio. Catalina solicitó la separación a su esposo, Luis Estévez Abreu, hijo del primer vicepresidente de la República. Por supuesto que le fue denegado y, en respuesta, ella decidió irse a vivir con su amado.

El indignado marido hizo que sus abogados levantasen contra ella un expediente judicial donde se la acusó de los peores delitos, entre ellos, el de bigamia. La misma sociedad que antes le mimase, no consintió tal manifestación liberal y le repudiaba en cada lugar de La Habana que llegase la nueva pareja. Se cuenta que una vez fueron al teatro y los asistentes (todos de alta clase social) optaron por retirarse masivamente, con la intención de avergonzarlos. Pero los actores, representaron la obra como si estuviese todo el auditorio. Muchos afirman que Catalina, agradecida, al terminar la función, lanzó todas sus joyas al escenario.

Catalina y Juan Pedro llegaron hasta El Vaticano a entrevistarse con el Papa, a quien hicieron conocer sus desdichas. Se cuenta que el Sumo Pontífice les bendijo y dispuso la anulación por la iglesia, del matrimonio anterior de Catalina. En 1917 el presidente Menocal firmaba la ley del divorcio. Ese mismo año es registrada la separación legal de Catalina con Luís Estévez. Lo que la convirtió en una de las primeras mujeres divorciadas de Cuba.

En el número 406 de la calle Paseo en el Vedado, se encuentra todavía la mansión en la que Pedro Baró invirtió un millón de pesos. Se cuenta que toda la arena para las mezclas cementeras de la casa, fueron traídas desde Egipto. El día de su inauguración Catalina recibió de su nuevo esposo, una rosa que ostentaba sus colores preferidos, el rosa y amarillo, cuyo injerto fuera encargado al jardín El Fénix. La juventud de aquella época idolatraba al ejemplo de mujer rebelde que lo afrontó todo por su amor. La Rosa Catalina sustituyó al tradicional ramo del atuendo nupcial femenino y comenzó a sembrarse en muchos jardines de La Habana, como señal de apoyo a tal actitud.

Pero la felicidad no solo dura poco en casa del pobre, Catalina enfermó de un mal extraño y su belleza se marchitó de tal manera, que, según cuentan, los criados debían salir de la casa para evitar que la vieran cuando bajaba de sus aposentos. Pedro la llevó a Francia, donde a pesar de todos los cuidados falleció el 3 de diciembre de 1930. Otra versión afirma que murió en La Habana. Su amante esposo mandó a embalsamar el cadáver y así fue sepultada en el lujoso panteón frente al monumento de los bomberos, en la Necrópolis del Cementerio de Colón.

Por supuesto que hay muchas más féminas transgresoras admiradas en el recuerdo público que, en su momento, pasaron a ser leyendas. Así como también las hubo santificadas y bendecidas, endemoniadas y maldecidas que aún prevalecen en el recuerdo de la memoria social. Pero eso bien puede ser tema de otro encuentro, con el amplio y nutrido catálogo de seres legendarios del imaginario popular cubano.

Bibliografía
• Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, Cuba. 2005.
• Julio César González Pagés: “Titina, montando bicicleta”, Revista Mujeres.
• George Clarke Musgrave: Under Three Flags in Cuba, Boston, Little, Brown, and Company, 1899.


Simbolismo de la ceiba en el folclor cubano



El culto al árbol ha podido comprobarse desde las edades más tempranas del hombre. En una mirada retrospectiva al desarrollo cultural de la humanidad, puede apreciarse cómo la concepción simbólica del árbol ha dejado huellas en numerosas ideas cosmológicas, antropogénicas, religiosas y mitológicas, pues de todas las creaciones de la naturaleza, esta tiene el privilegio de representar, en su visión metafísica, el lugar donde se relacionan el Universo y el hombre. «Imagen que atestigua la integridad de la visión del mundo y la definición del lugar humano en el mismo».1


Así ha llegado a ser el árbol, alegoría plenamente identificable con una concepción universal, que se ha representado en diversas variantes: Árbol de la vida, Árbol de la fecundidad, Árbol del conocimiento, Árbol de la ascensión, Árbol del cielo, Árbol místico, Árbol chamánico, Árbol de la muerte, Árbol del centro y otros, convirtiéndoles en mitologemas que como puente natural, tienen la capacidad de unir la pequeñez del hombre en lo bajo, con la sublime inmensidad de sus dioses en lo alto. 2

Cada pueblo del mundo, escoge cual especie arbórea ha de servir a sus necesidades mitopoéticas. Entre los celtas, era conocido el culto de los druidas al Roble; en la Grecia antigua, había un santuario en el que estaba prohibido bajo multa cortar un Ciprés; en el foro romano, se dio culto a la Higuera sagrada de Rómulo.3 En muchas partes del África meridional, lo es el Baobab; pero en el África occidental, desde Senegal, hasta Nigeria, ha sido la Ceiba por siglos mirada con reverencia, pues creen en estas regiones, que en ella habita un espíritu. Entre los pueblos de lenguaje ewe, en la Costa de los Esclavos, dicho morador del árbol es llamado huntin. Los ejemplares donde este vive, están rondados por un cinturón de hojas de palmeras y en ocasiones le eran entregadas víctimas sacrificadas, que se arrojaban a los píes del mencionado vegetal.4

El culto a los árboles se practicó también en la Grecia antigua y en Italia. En Lituania reverenciaban al roble, como lo hacían los antiguos druidas. Pero en todo el sistema mitológico de la América precolombina, fue también la Ceiba que ocupó este simbólico sitio. Un mito de los wapisana (arawacos) cuenta que el héroe Duid proveía a los primeros hombres de alimentos con los frutos de una planta maravillosa, pero al descubrir ellos el árbol, pretenden sustentarse de éste sin la intervención de la deidad. El númen enojado les castiga con el derribo de la planta mágica, pero antes les permite que corten cada uno una rama, para iniciar su cultivo. Otro mito de los macushí (caribes), relata sobre el hallazgo de un árbol gigantesco por un par de hermanos míticos, en el bosque, el cual contenía todas las frutas y legumbres que este grupo étnico cultivaba. Ellos lo derribaron, pero el árbol al caer, arrancó el sol del cielo.5

En Guatemala, por su ascendencia folclórica y cultural, desde 1955 la Ceiba fue declarada Árbol Nacional. Para los antiguos Mayas, también representaba la comunicación entre el cielo y el inframundo, mientras que actualmente, sus descendientes la respetan cómo sinónimo de sabiduría y resistencia. Según ellos, el reverenciado árboreo abre sus ramas mayores hacia los cuatros puntos cardinales y de esta manera se une a la cuádruple deidad, que rige los vientos y las lluvias.

En Cuba la Ceiba (Ceiba pentandra), suele adornar con frecuencia parques y jardines de las ciudades. Muchos le ven como un árbol protector, al cual se le atribuye la propiedad de brindar fuerza a quien se bañe bajo su sombra, No pocos aseguran que por sus cualidades es respetada por el rayo, lo que la hermana en esta creencia con el baobab africano y se tiene como superstición, que recibirá un fuerte castigo quien la corte. Tal vez lo que más impresione de este árbol, es que en ocasiones su tronco presenta rostros, sexos y otros rasgos humanos perfectamente delineados, configurados al detalle por la propia naturaleza, como queriendo advertir a todos de su proximidad al hombre y su carácter sagrado. Cuenta una leyenda, que los indocubanos bailaban en derredor de su fuste, pues aseguraban que representaba al sol. Actualmente, muchos consideran a éste árbol, es el más importante de toda la flora utilizada en los cultos mágico-religiosos cubanos.

En las tradiciones populares

Cada 16 de noviembre la población habanera ha convertido en tradición, acudir a dar tres vueltas en derredor de la Ceiba sembrada en el Templete, frente a la Plaza de Armas, en el llamado Casco Histórico, situado en la parte más antigua de la ciudad, que para algunos es el lugar donde se celebró la primera misa en honor a la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana. El publico hace allí largas colas para cumplimentar esta ceremonia y en sano ambiente festivo pedir tres deseos. La Ceiba actual del Templete, tiene más de cuatro décadas de sembrada y es la séptima que allí se planta. La primera  fue asentada allí, por el gobernador Francisco Cagial de la Vega en el año 1754, para inmortalizar el lugar de fundación de la villa.6

En muchas regiones rurales de Cuba, el mito de misteriosos duendes nocturnos estuvo regularmente asociado a este árbol en innumerables leyendas populares. En algunas zonas de  la provincia de Camagüey se contaba que, si a las doce de la noche se daban doce vueltas al tronco de una Ceiba, saldrían los chicherecúes, especie de pequeños duendes negros, unas veces castigadores, otras jaraneros, quienes propinarán golpes a los intrusos que perturben su descanso. De la misma forma que es común ver, sobre todo en las ciudades, al pié del fuste de cualquier Ceiba, frutas con cintas rojas, “calabazas cargadas” y los más diversos artículos y bultos, resultados de “trabajos” de cualquiera de los cultos mágico-religiosos de origen afrodescendiente.7

Para algunos, quien tenga la osadía a pisar su sombra sin permiso, o tomar de sus hojas sin pagar tributo (poner monedas en el tronco), recibirá un castigo. Y es de los creyentes conocido que, todo aquel se atreva a cortarla, morirá. De la misma manera, entre los requisitos fundamentales para sembrar una Ceiba, debe tenerse en cuenta después de la excavación, que es preciso el enriquecimiento con tierras de varios lugares distintos dentro del hueco, cantar los ensalmos adecuados y verter suficientes monedas, entre otros elementos, todo lo cual debe realizarse el 16 de noviembre, día de Aggayú. A partir de su desarrollo, hay que atenderle y venerarla, porque según la tradición, de este árbol dependerá la salud y la suerte de su sembrador.8

En Caobillas, poblado al borde de la misma Ciénaga de Zapata, se afirma que brota del tronco de una Ceiba, un potente manantial; del cual dice la tradición que si alguien va acompañado de una mujer embarazada y bebe de esa agua con ella, sellarán una amistad perecedera. También se conoce que en Banes, al norte de la provincia de Holguín, hay otra de la cual se asegura, que salen misteriosamente del interior del tronco, a las doce de la noche, una gallina sale con su cría. Otra superstición afirma que si el Viernes Santo a las doce de la noche, quien diga una mentira delante de una Ceiba, recibirá un bofetón. También en Cuba se acostumbra por algunos creyentes, a ofrendarles sacrificios de aves a este árbol.9

En los cultos mágico-religiosos cubanos

Entre las comunidades descendientes de la étnia arará en Cuba, según testimonia Francisca Quevedo (1922), al llegar a Cuba ellos escogen la Ceiba como árbol sagrado porque se parecía mucho al que ellos tenían reverenciado en su tierra. Aun se le denomina Loko en lengua ewé fon y sirve de refugio a deidades en peligro, como San Lázaro.10 Aunque también, por otra versión le tenemos como Iggi-Olorun, que es Árbol de Dios en la lengua de los ewé-fon. Para otros la Ceiba, es donde vive el fodú Arému, una deidad muy identificada con la Obatalá lucumí, que aquí sustituye al Baobab africano. A su lado pernocta Yemmú. Para ellos, la Ceiba fue el único árbol que el diluvio respetó y el primer morador del preciado vegetal fue Changó, el Hebioso arará. Otro numen que vive en esta alta residencia del monte, es Bóku: de la misma manera, otros arará afirman que también Obbá-Lomi, una diosa muy antigua, es habitante de este árbol sagrado. En los rituales congos, se le conoce como Congo Azueca. Los ararás consideran que, a quien dañe o corte una Ceiba, tendrá el castigo eterno de Oloffi.

En el sistema de creencia ewé fon, de la etnia arará, el mencionado investigador beninés, Hippolyte Brice Sogbossi, nos ilustra más sobre el simbolismo de la Ceiba para las creencias del mencionado grupo social, con un canto recogido a una de sus fuentes, Francisca Quevedo, en diciembre de 1992, que narra: ­“San Lázaro tenía una guerra. Como él era cojo y no tenía píe, llamó a Ogún, que no vaciló en manifestar su disposición de servirle de caballo; Ogún se le echó y los montó. Pudo San Lázaro llegar a donde tenía que ganar la guerra frente a otro santo bravo. Cuando llegaron allí, Ogún apeó a San Lázaro al pie de Iroko (la Ceiba). Cuando esta sacó el canto: azanmado sunu gaja iroko yi gbe e loo, enarbolando el machete, enseguida se abrió Iroko, así San Lázaro entró: pensó (Ogún) que había perdido la guerra porque se  quedó trancado dentro de la Ceiba. Al volver a sacar el canto, enseguida Iroko se abrió de nuevo y salió San Lázaro enarbolando su machete y cantando el mismo canto. Iroko se asombró. San Lázaro había ganado gracias a Ogún. Por eso Ogún y él son compadres y no pelean” (sic).

Para los mayomberos (Regla Palo Monte), Mamaengundo es la Ceiba. La nganga, es el recipiente contenedor de la sacripotencia, que debe enterrarse cierto tiempo bajo una Ceiba durante su preparación.11 Del mencionado vegetal, los sacerdotes mayomberos utilizan todo para sus artes. En el tronco, ejecuta los amarres; la sombra, que le ayuda para llamar a los espíritus y baña con su efluvios poderosísimos a las “Ngangas” y a los diversos “protectores” (amuletos resguardos) que procesa el brujo y que a semejanza de pequeños santos, hacen de guardieros que tienen la misión de defender a su dueño. Las raíces colosales, para ellos llamadas: “los estribos de Mamá Ungundu”, que se hunden en la tierra, llegan hasta muy lejos, como significante que los poderes de sus “trabajos” tendrán lejanos alcances.

En las zonas rurales, es costumbre que los mayomberos (practicantes de la regla Palo Monte), guarden sus “prendas” bajo las Ceibas. Éstas iniciaciones se celebran en el monte, allí se colocan de hinojos y entonan un primer ensalmo, para ellos: mambó bangara mboyá pánguiamo con que el brujo invoca a sus antecesores difuntos, al “palo”, al espíritu del muerto subordinado y a su padrino.

Para el sistema de creencias de los descendientes yorubas (Regla de Osha), uno de sus orichas, Iroko, reside en la Ceiba. En la mitología de este grupo social, para alguno sería posible observar indicios de elementos iniciáticos, en el mito de Orula, deidad que debió pasar largos años enterrado hasta los hombros (para otros “hasta la cintura”) frente a este árbol, condenado por su padre, debido a que cometió incesto con su madre, pero al final es perdonado y regresa de su exilio, dotado del poder de las predicciones. La presencia de la Ceiba durante está prueba no es casual, pues de su madera se fabricaría el primer tablero de Ifá (sistema de adivinación), lo que sin dudas en este caso, le califica como un árbol del conocimiento.12

Pero nadie piense que la Ceiba, como integrante de la flora devocional, está reservada en Cuba solo para las deidades de las creencias de origen afrodescendiente. Existe una peculiar línea devocional, que bien puede ser tomada en cuenta como de origen cubano, pero que ha surgido en culto solo practicado por determinados grupos de asiáticos, llegados hace ya mucho tiempo a este país, por diferentes razones. Se trata de la devoción a San Fan Kong.13

Ser mítico, protector de los inmigrantes chinos en Cuba. Cuyo origen parece estar asociado con el mito creado hace muchos años en el poblado de Cimarrones, antigua provincia de Matanzas, donde Kuan Kong o Cuan Cung (que actualmente es adorado en un altar en el Casino Chung Wah, en el barrio chino habanero), legendario personaje del país asiático, brinda las bases a esta tradición. El nombre de San Fan Kon no es conocido como deidad religiosa en ninguna región de China, ni en otras comunidades orientales de ultramar. Según hace constar Antón Chuffat, en su libro Apunte histórico de los chinos en Cuba, desde el año 1880 hay constancia de la veneración a Kuan Kong en la mencionada villa matancera, la cual proviene de la historia del héroe chino Kuan Kong, que se remonta al año 220 de nuestra era, durante el combate entre las facciones de la dinastía Han, en la lucha por el trono imperial.14

El culto se instaló en La Habana y permaneció solidamente instaurado, basándose en la fe de los antepasados. Los chinos de Cuba, tienen por costumbre quemar inciensos y reverenciarlo hincándose de rodillas ante la imagen del venerado, que se representa con el rostro pintado de rojo púrpura, color que para ellos simboliza la lealtad, la fidelidad y la vida. El culto a Kuan Kong se extendió en Cuba, por medio de estas comunidades que se establecieron en la Isla, con lo cual es de suponer que muchos de estos chinos se iniciaron también en los cultos sincréticos afrocubanos, simultaneando algunos de ellos estas prácticas, con la ejecución de sus rituales tradicionales; de manera que no es casual que para algunos de sus seguidores, el venerado San Fan Kong, también viva en la Ceiba.15

Imágenes, similitudes y paralelismos

Durante el desarrollo cultural de la humanidad, la concepción mitopoética del árbol se ha reflejado en el lenguaje, en las imágenes líricas, las artes plásticas, la arquitectura, el trazado de asentamientos poblacionales, los ritos, los juegos, las estructuras sociales y otras muchas actividades humanas.16 Así el esquema arbóreo fuera ampliamente utilizado y aun lo es, para ilustrar una totalidad compuesta de muchos elementos jerarquizados en varios planos, y esquemas de dirección, subordinación y dependencia empleados en la actualidad.17

Notables similitudes y paralelismos se producen entre las mitologías del mundo, cuando adoptamos la visión del árbol como símbolo. Así ocurre con el ya narrado mito del Orula de la Santería cubana, que fuera enterrado hasta los hombros frente a una Ceiba y el de Odín de los vikingos, que debió pender de un árbol durante nueve días con sus noches. El Orula cubano regresó de su exilio ya perdonado, con el poder de las predicciones (mediante el tablero de Ifá). El Odín vikingo, retornó con el secreto de conocer el futuro (por medio de las runas).18

Es así que una vez más comprobamos, como ésta comunicación alegórica de lo oculto y lo secreto, se torna manifestación de verdades reveladas de manera sutil y misteriosa a través de los símbolos. Brindando la impresión que, desde el principio de los tiempos hasta hoy, entre el hombre y la naturaleza siempre ha estado como suprema mediadora, el alma.

  Gerardo E. Chávez Spínola, 24 de marzo de 2014